Francisco y el aparcamiento

Siempre me ha sorprendido esa fijación con Dios, la Iglesia o el Papa que tienen ateos, descreídos o presuntos indiferentes; una actitud que equipararía a alguien que, entre nosotros, despotricase del alcalde de Sidney por la regulación del aparcamiento en esa ciudad, algo que, presumo, nos traerá al fresco

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Algunos han aprovechado el cuarto aniversario de la llegada de Francisco al Papado para ajustar cuentas con un Papa sospechoso. Un ejemplo es el curioso artículo que leí hace pocos días en «El País». Desde la superioridad moral e intelectual que se atribuye el laicismo clásico, propina un buen sopapo al Papa y, de paso, a quienes considera que en la izquierda populista le dan cancha. El articulista –Rubén Amón– atribuye a Francisco un estilo buenista, sus mensajes rezuman paz, amor y ecologismo; más que Pontífice, tiene maneras de cura de barrio o quizás del padre Ángel; irrita a ultracatólicos, pero arroba a unos ateos radicales, podemitas y sin embargo sensibleros, que han mordido el anzuelo pontificio. Y les advierte: Francisco no va en serio, es un embaucador (sic), tiene hechuras de telepredicador (sic), su mensaje es cosmético (sic) y vive instalado en las formas, en las apariencias. Tras esa suave descripción del pontificado llega la sentencia: es un buen hombre, pero esa otra izquierda laicista, y sin embargo populista, está canonizándolo en vida; y concluye: pese a todo Francisco no es un impostor, sí esos que se dejan embaucar. Por su torpeza el Papa gana terreno.

Este electroshock alerta de que Francisco es lampedusiano, no porque viajase a la isla de Lampedusa en medio del drama de los inmigrantes ahogados, sino porque pasa por reformista cuando no ha cambiado nada sobre lo que denomina «asuntos terrenales». Y ¿qué asuntos terrenales son esos? Pues el acceso de los divorciados a la comunión, el derecho a la vida o a la dignidad de la persona, la heterosexualidad del matrimonio, la fidelidad matrimonial y, cómo no, los derechos de los homosexuales. Lo que diga el Papa sobre esas menudencias terrenales es lo que inquieta, lo demás, su discurso social, fruslerías.

Como digo, aunque le dé un buen repaso Francisco comparte crítica con otros antagonistas. Dando por descontado que la Iglesia no se apartará de su doctrina, el cachete va dirigido a esa otra izquierda que se está apoderando del discurso progresista. De él cabría esperar coherencia con la modernidad, pero se ha dejado embaucar por este Papa, por lo que es impostora, crédula y sensiblera, incapaz de ver que Francisco es un bluf, un ultraconservador con apariencias podemitas. Menudo lío: la izquierda seria, racionalista que se creía con el monopolio del laicismo, denunciando por impostora a la populista cuyo laicismo es de postín y no capta qué es lo importante. Una pelea entre progres –las peores– y con el Papa en medio.

Siempre me ha sorprendido esa fijación con Dios, la Iglesia o el Papa que tienen ateos, descreídos o presuntos indiferentes; una actitud que equipararía a alguien que, entre nosotros, despotricase del alcalde de Sidney por la regulación del aparcamiento en esa ciudad, algo que, presumo, nos traerá al fresco. Pues otro tanto debería importarles a ateos, descreídos o indiferentes lo que haga o diga la Iglesia, pero la experiencia muestra que en su fijación suelen ser los que más piensan en Dios, para vergüenza de no pocos creyentes. Aunque quizás haya que matizar. No todos los ateos son laicistas, pero el laicismo sí se nutre de ateos o descreídos cuya agresividad se basa, sencillamente, en que pese a vivir a dieciocho mil kilómetros andan obsesionados con el aparcamiento en Sidney.

Que se viva a tantos kilómetros de la fe quizás explique lo simplista del artículo y el desconocimiento de un Papa cuyo discurso es muy exigente, nada meloso ni podemoso. Y pregunto a los dos bandos laicistas en liza ¿tanto cuesta dejar en paz a la Iglesia? En fin, unos y otros siguen al santo patrón del laicismo, a Herodes, en sus dos versiones. Unos a Herodes el Grande, que no era tonto, y captó que en su reino le había nacido un rey, un antagonista, luego ese otro rey sobraba, y quiso eliminarlo. Otros a su hijo, Herodes Antipas, un frívolo, que ignoraba que Jesús era ese rey que inquietó a su padre, tuvo curiosidad y quiso conocerlo hasta que descubrió que no tenía nada que hacer y acabó despreciándolo. Así llevan veinte siglos, no cambian y encima van de modernos.