¿Historia de un español?

De un partido cuyos líderes no esconden sus querencias bolcheviques, obviamente nada bueno podemos esperar quienes hemos jurado la Constitución y creemos en el Estado de Derecho

La Razón
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Cuando leo columnas de opinión o, más aún, oigo a opinadores radiofónicos presumo la seriedad de sus pareceres. Pero en alguna ocasión les he oído o leído opinar sobre hechos que he conocido de primera mano, unos incluso protagonizados; otros vividos como actor de reparto, y algunos de extra, y ante sus desatinos me he preguntado: ¿están hablando de eso que conozco bien? Esa pregunta surge porque entiendo que el opinador habla al tun-tun, sin fundamento. Y la consecuencia cae por sí sola: si en lo que bien conozco este opinador habla sin saber de lo que habla, ¿no pasará otro tanto cuando opina sobre hechos que desconozco? La respuesta es fácil: seguramente sí. En estos caso abandono la presunción de veracidad y seriedad y lo clasifico en la categoría de cantamañanas.

Algo parecido me ha pasado con las ideas que alberga Podemos sobre la Justicia, fuerza que no merecería especial atención si no fuera porque hay algún partido empeñado en lograr su apoyo para gobernar, incluso cediéndoles poder. Hace meses valoré sus planteamientos sobre política judicial y señalé que, de un partido cuyos líderes no esconden sus querencias bolcheviques, obviamente nada bueno podemos esperar quienes hemos jurado la Constitución y creemos en el Estado de Derecho. También me preguntaba qué sería si cayese en manos de semejante partido un sistema de gobierno judicial diseñado para mantener el ascendiente del poder político sobre la Justicia. Podemos no tardó en mostrarse tal cual es al fijar sus condiciones para un pacto de gobierno, y que pasaba por exigir una Judicatura comprometida e identificada con el partido gobernante. Causa náuseas, pero es así.

Hubo gran escándalo y Podemos apaciguó a las almas sensibles eliminando esa exigencia. Y aquí empieza el problema: ¿ese partido carece de ideas, de principios o hace de la hipocresía su arma habitual diciendo una cosa y luego otra sin pestañear, simplemente porque conviene? Me temo que lo segundo, al ser consustancial a los comunistas esa perversión moral que pasa por la manipulación más grosera y a conveniencia de la realidad; por eso nunca mienten porque no hay verdad ni mentira sino interés para su fin ideológico, de poder. Ahí está la rueda de prensa de Raúl Castro con Obama: ante el mundo entero y sin pestañear niega que en Cuba haya presos políticos o represión.

Me pasa como con los opinadores: si en lo que conozco –la Justicia– mutan su pensamiento, ¿qué no pasará en otros ámbitos?, ¿cuántas promesas que han captado a tanta gente alterarán a conveniencia? Un pequeño ejemplo para calibrar su sinceridad regeneradora, muy pegado a un asunto judicial, es la reacción ante la condena de la portavoz del Ayuntamiento madrileño, la asaltacapillas para entendernos. Es una delincuente a quien no sólo no se la exige dimitir, sino que es elogiada. O su solidaridad con las víctimas del terrorismo: ¿es sincera o táctica?. Que cada uno responda a la vista de su simpatía hacia partidos filo o paraterroristas. Me pregunto qué ocurrirá si algún descerebrado le da opciones reales de cogobernar: ¿qué haría ante el terrorismo yihadista?, ¿se mantendrían las estructuras de inteligencia e investigación policial?

Recuerdo una tertulia de estudiantes a la que asistí hace muchos años. Era víspera electoral en Italia, años de pugna entre la Democracia Cristiana y aquel Partido Comunista de Berlinguer cuajado del eurocomunismo gramsciano, tan próximo a Podemos. Las opciones de gobernar del PCI eran reales y un periodista nos comentaba que los italianos se jugaban su libertad. Me alarmé. El PCI perdió y olvidé aquello. Ahora le toca el turno a España y aquel recuerdo me ha llevado a releer «Historia de un alemán», la autobiografía de Sebastián Haffner.

Narra el ambiente que vio y vivió en Alemania hasta el ascenso de Hitler al poder, y veo la España de hoy. Haffner veía lo que se venía encima ante la complacencia e idiocia de muchos compatriotas, veía cómo dirigentes vulgares, chulescos y mendaces de un partido totalitario se iban a hacer con el poder y cómo los socialdemócratas –siempre ahí– aplaudían al monstruo. La historia está escrita, sobran ejemplos para escarmentar y estar avisados. Sólo deseo que no haya que escribir una suerte de «Historia de un español».