Horrores de España

Ya podemos comprobar que no fueron suficientes, y que las preguntas de un fiscal belga acerca de la categoría hotelera de nuestras cárceles muestra que todavía hay clientela esperando para «Más horrores de España».

La Razón
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Según se nos ha informado, el señor fiscal belga que interviene en el asunto del señor Puigdemont ha preguntado a las autoridades españolas cómo eran nuestras cárceles, la comida y los deportes en ellas, y nuestras autoridades han cumplimentado ese interrogatorio, pero es algo que me parece que va descaminado en este caso, y que así no vamos a ninguna parte. Lo que tenían que haber contestado en todo caso es que la costumbre en España es torturar a los presos los lunes, miércoles y viernes de cuatro a cinco de la tarde, la comida es de bacalao seco a medio día y una sopa de sémola de trigo para hacer buenas digestiones por la noche, y deportes muy pedagógicos como levantar piedras y partir leña.

Deberíamos, además, informar de que, entre nosotros, no hay más que presos políticos, y que la policía, cuando tiene que reprimir unas voces en las calles, lo primero que hace es repartir confites de una confitería en manos del Gobierno, para que las gentes se lancen sobre los confites, y la policía se aproveche para moler a golpes a los ciudadanos, y la prensa paisana del señor fiscal para hacer fotos seriamente informativas. Y, si hubiéramos contestado de este modo, otro gallo nos hubiera cantado y nos cantaría en adelante, y el ciudadano Puigdemont vistiendo un saco penitencial.

Pero nunca aprenderemos. Publicamos, por lo demás, libros contra la leyenda negra, o denunciando las trampas de unas elecciones, pero así no lograremos nada. Lo que hay que hacer es recordar los románticos espectáculos que montaron nuestros abuelos. Pongamos por caso en los tiempos de abolición y ajuste de cuentas contra la Inquisición, y luego del acabamiento del bandolerismo. Había poca industria, y las ventas y posadas cn este letrero: «El viajero encontrará aquí lo que traiga», en España, siempre hubo muchos emprendedores, cuya filosofía era la de que no había que despreciar los gustos o «la idiotez del cliente» como luego dirían los especialistas de mercado norteamericanos que copiaron a los españoles.

El hecho incontestable es que casi en cada pueblo donde había una bodega subterránea o una fragua abandonadas, se dejaron las telarañas en su sitio y se pusieron poleas y camastros con agujas hacia arriba y mesas llenas de herrumbrosas y sanguinolentas tenazas, tijeras, alambres, y correas de todas clases, cadenas y argollas, poleas y pesas, o hasta serruchos y barrenos, y se ponía a la entrada de esta siniestra estancia; «Cárceles del Santo Oficio» había un guía que sabía cosas de la Inquisición y tenía una buena inventiva para añadir cosillas picantes, y ya estaba hecho el negocio. No había cosa de España que gustara más a los europeos. Había una profunda satisfacción en definirnos como bárbaros, y algunos turistas preguntaban por detalles sobre torturas y costumbres más imaginativas y atroces, y manifestaban su horror durante la visita; pero si lo oía el dueño del negocio del Museo inquisitorial, decía: «Bueno, sí un poco, pero qué emocionante ¿no?».

Y añadía que, para los españoles, que estaban entonces tan atrasados, era como si les hicieran cosquillas y bromitas para pasar el tiempo con aquellos instrumentos. Los turistas se sentían fascinados, y las damas mostraban que querían ser secuestradas por José María «el Tempranillo» que las dejaba sin pulseras, pendientes, anillos y dijes. «Pero ¡qué modales del antiguo Versalles tenía esta gente!», y «¡qué piernas tan bonitas se adivinaban en las Cármenes cuando mostraban la navaja que llevaban prendida en las ligas!», filosofaban los ilustrados caballeros.

Era todo un negocio: esos europeos se lo pasaban bien en la «romántica España», en la que ya no había hogueras de herejes pero sí bastantes muertos por asta de toro, como luego contaría Eugenio Noel; y los turistas también se lo pasaban bien con todos aquellos espectáculos.

Pero ya podemos comprobar que no fueron suficientes, y que las preguntas de un fiscal belga acerca de la categoría hotelera de nuestras cárceles muestra que todavía hay clientela esperando para «Más horrores de España».