La chimenea francesa

La siesta, en efecto, tiene hoy una fama y ofrece un «look» cultural nada honorable, e incluso verdaderamente despreciable, aunque no tanto como la lectura, así de estudios como de hermosuras literarias

Los órdenes de la arquitectura clásica son: dórico, jónico, corintio y... chimenea francesa. Todos bien respetables, por cierto. Este último surgió con la remodelación de París, promovida por el barón Haussmann, junto a la aparición de los bulevares y de las bellas y armoniosas perspectivas urbanas. Todos los edificios iguales, incluso por dentro.

Antañazo se hacía fuego en todas las habitaciones de la morada, con evidente peligro de incendios. En su famosa novela «Grandes esperanzas», Charles Dickens hace morir quemada a la misteriosa y vieja señorita miss Havisham, a quien el novio abandonó el mismo día de la boda. Desde entonces, la interfecta conservaba intacto el banquete nupcial. Bueno, no totalmente intacto, pues las ratas se habían comido gran parte de la tarta de bodas. Un tronco desprendido de la chimenea francesa hace quemarse viva a la desgraciada miss Havisham.

Todo es poco para evitar incendios, y así surgió la idea de incorporar a dicho modelo de chimenea una salamandra de hierro que se alimentaba con bolitas de carbón mineral. Una bien acertada disposición, mejor que el extintor de la actualidad. La chimenea francesa se acuñó indeleblemente como una moneda de curso legal e infinito en América del Norte, en América del Sur, en Japón, en China y, si esperamos un poco, también en la Luna y en Marte. No vamos por ninguna parte en donde no encontremos chimeneas francesas a todo pasto, en edificios oficiales y privados, en todas partes digo.

Al hilo de esta divagación, me viene el recuerdo de algo que me resulta bien desagradable de evocar: Entre nuestros compañeros del estudio de Chicharro, en Madrid, contaba un llamado Joaquín Ramo, sobrenombrado Capitán, o Capi, que se había casado con Tita Guinard, la hija del muy respetable director del Instituto Francés. Capitán vivía en París y no encontraba otro trabajo que desmontar chimeneas francesas en los pisos en donde ya se había instalado la calefacción central, y tuvo la idea de reproducir en relieve la parte superior de dicho elemento, tan prosaico y vulgar como una lata de sardinas. Un idea digna del mismísimo Duchamp. A mí me parecía la resurrección de un pasado muerto, en el fondo bastante interesante. Expuso su trabajo en la galería Malborough, en Madrid, sin encontrar gran resonancia, salvo en algunos amigos del grupo de Antonio López, que echaron las campanas al vuelo, asegurando que aquello era un hallazgo muy acertado y feliz. No era para tanto, pero un pequeño interés sí guardaba. Era una evocación fantasmal y un tanto inquietante; lo debo, al fin, reconocer. Pero Capitán siguió destruyendo chimeneas francesas en París. Muchas veces me encontraba por la calle montones de restos que provenían de las casas en donde esos elementos molestaban para la decoración de interiores modernos.

Su suegro, el eminente Guinard, había consagrado toda su vida a la indagación de la biografía de Zurbarán, con muy acertadas intuiciones y la explicación de por qué «Los trabajos de Hércules» figuraban en el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, todo por la intervención de su amigo Velázquez. Se puso de acuerdo con la eminente editorial Skira, y se publicó con gran lujo de reproducciones a todo color. Pero antes, hubo de suceder algo que soliviantaría en grande al importante investigador. Tuvo noticia de un librillo mío, listo para publicarse –en francés y traducido por Robert Marrast–, en el que ya figuraba la partida real de bautismo del maestro extremeño, recién encontrada. Guinard examinó mi libro con gran disgusto y, finalmente, acordó con sus ilustres amigachos de la Sorbona concederme el prestigioso Premio Singer-Polignac, a título de accésit, por el conjunto de mi obra, que aún no existía, por lo que no había conjunto alguno que premiar. Todo a condición de no publicar antes de su monumental trabajo para Skira mi librillo titulado «Zurbarán por sí mismo». Aquella vez se otorgó el premio a Nadia Boulanger, una eminente musicóloga francesa, y antes se le había concedido a Manuel de Falla. El prestigio del galardón me cegó, y retiré por completo mi libro sobre Zurbarán; con lo cual, recibí el premio más prestigioso y más inmerecido de mi carrera artística.

Estos enjuagues entre ilustres y poderosos amigachos ha sido corriente en todo tiempo. Carlos Bousoño se propuso escribir una historia de las famas y los éxitos, en la que podrían encontrarse multitud de artificios y gachuperios de lo más parecidos al mío. Cualquiera sabe cuánta gloria deben muchos artistas a artimañas ajenas al arte. No fue mi caso, pues quedó en una simple anécdota. Pero reconozco que, aunque he presumido a menudo de dicho premio, siento por ello una interior vergüenza. Al final, he de admitir como cierto el dicho más recurrente de Picasso: «La verdad es una mentira».