Orígenes de un protectorado

La Historia nos reserva sorpresas como éstas. Una vieja raíz de casi quinientos años fue la causa de que una de las dimensiones más importantes, protectorado sobre los Santos Lugares lograra una eficacia que nadie se esperaba. El tiempo trabaja para nosotros de modo muy singular

En 1489 los Reyes Católicos se hallaban cercando Baza, última de aquellas operaciones militares que llamamos guerra de Granada. Al campamento llegaron noticias de que mensajeros especiales enviados por Kayt Bey Soldán de Egipto estaban en camino. Las relaciones entre la Corona de Aragon y aquel reino musulmán eran muy estrechas; no en balde Cataluña poseía una especie de barrio (fonduk) en Alexandria esencial para el comercio mediterráneo. Pero a los monarcas españoles aguardaba una inesperada sorpresa. Esta vez los enviados eran franciscanos responsables del culto católicos en los Santos Lugares del que se hicieran cargo por mandato supremo de su fundador que había decidido suspender el uso de las espadas para obtener a cambio una tolerancia. Lo que los frailes venían a explicar era que Egipto corría peligro de caer en manos otomanas y que en este caso ellos se encontrarían en peligro de extinción. Kayt pedía ayuda militar y los franciscanos rogaban que se la prestasen por su propio bien.

En cuanto rey de Sicilia Fernando había heredado de Federico II Hohenstaufen un título de rey de Jerusalem conservado en la lista aunque ahora desprovisto de poder. Llegó a un acuerdo con el que a si mismo se titulaba Soldán de Babilonia del Nilo al que prestó ayuda decisiva. Setenta barcos pagados con dinero español retrasaron las ambiciones de los turcos. A cambio de esto Egipto aceptaba para ese título de rey de Jerusalem el ejercicio de un patronato sobre los Santos Lugares. No significaba poder ni autoridad, aunque sí mediación firme sobre los franciscanos y también sobre todos los peregrinos que seguían llegando a aquellos lugares. Curiosamente, cuando los turcos cumplieron su objetivo de extender sus dominios por todo el Egeo y parte del Norte de África aceptaron que dicho patronato se mantuviera ya que ellos sacaban también beneficio. Recordemos por ejemplo cómo San Ignacio de Loyola pudo hacer el viaje. Cada año una importante suma de dinero era enviada a Tierra Santa para conservar aquellos lugares y sobre todo para conseguir la permanencia de los franciscanos que aún siguen como protagonistas esenciales.

El patronato pasó a ser de este modo una de las dimensiones de la Monarquía española. Era imposible que aquellas primeras generaciones percibieran las insólitas consecuencias que con el tiempo llegaría a alcanzar. Destaquemos sin embargo la importancia que los monarcas españoles, con el paso de los siglos, reconocieron. En Madrid y dentro de los terrenos que rodeaban al Palacio Real se levantó esa monumental basílica que aun lleva del nombre de San Francisco el Grande a la que por esta razón los soberanos españoles acudían con preferencia cuando se trataba de actos religiosos relacionados con la Corona. Todavía hoy desempeña papeles decisivos aunque no tan importantes desde que el Pontificado decidiera en tiempos relativamente recientes, hacer de Madrid una sede episcopal. Nunca dejó de existir una relación diplomática. Incluso al establecerse el Estado de Israel que la Iglesia se negó en principio a reconocer, un diplomático se hallaba presente en Jerusalem. Cuando el Irgun voló el hotel Rey David en 1947 una de las noventa y tres víctimas era precisamente el representante español.

De este modo por encima de los intereses politicos el patronado y los Santos Lugares pudo ejercer una función cada vez más destacada en favor de los cristianos y especialmente de los españoles quienes amparaba el régimen de las capitulaciones que el Sultanato turco estableciera en defensa de sus propios intereses.

Llegamos así a la primera guerra mundial. Cuando los ingleses mandados por el héroe de Ondurman, se preparaban a ocupar Palestina en 1917 las autoridades turcas pretendieron expulsar a los judíos porque temía que mostraran aliados de Allenby. Alfonso XIII intervino: aquellos judíos descendientes de los sefardíes podían debían ser considerados como españoles y amparados por tanto dentro de los documentos firmados. Fue la primera contribución decisiva a este sector de población. Al término de la guerra y producido el cambio en la estructura del estado turco el dictador Primo de Rivera propuso al monarca la firma de un decreto que reconocía a los sefarditas descendientes de los expulsados en 1492 el derecho a solicitar documentación de los agentes diplomáticos que se presentara como de naturaleza española. Así se hizo sin fijar límites de tiempo. Se trataba de poner a salvo estas personas de las diferencias en que se incurría a veces. Ni el monarca ni el dictador podían entonces imaginar la trascendencia de ese decreto.

Este ha sido uno de los grandes servicios humanitarios que España estaría durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras la propaganda alemana dominaba en amplios sectores politicos y de la prensa impidiendo la difusión de la Mit brennder Sorge y haciendo referencias a una supuesta conspiración judeo masónica la Iglesia conseguía que el Gobierno se mostrara absolutamente contrario al antisemitismo. No sólo se trataba de abrir las puertas a los fugitivos que llegaban a España sino de proteger, sacar de campos de trabajo y traer a España más de cuarenta y cinco mil personas dotadas de documentación que les acreditaba como españoles. No se debe aminorar los méritos que entonces contrajeron los diplomáticos españoles hasta el punto de arriesgar su vida en algunos casos. Pero tampoco se debe olvidar que estaban recibiendo órdenes expresas del gobierno español que en 1944 ya en contacto directo con la Organización Judía Mundial, ante el desarrollo del holocausto empleó términos tan efices como éste: dar la documentación sin hacer consultas previas porque ya no hay tiempo.

La Historia nos reserva sorpresas como éstas. Una vieja raíz de casi quinientos años fue la causa de que una de las dimensiones más importantes, protectorado sobre los Santos Lugares lograra una eficacia que nadie se esperaba. El tiempo trabaja para nosotros de modo muy singular.