Popular Culture!

Hablar de «cultura popular» y fijarse en Gramsci viene a ser algo así como mencionar la palabra «teléfono» y fijarse en la foto de un teléfono de Graham Bell sin aportar en cambio una foto de un móvil como el que todos llevamos en el bolsillo

Quien seguramente más habló de «cultura popular» fue Antonio Gramsci, el héroe de «Podemos» por cierto, ya que Pablo Iglesias y el doctor Errejón se basan en él continuamente en diversos medios. Pues bien, el asunto que voy a comentar es realmente curioso o paradójico, como veremos, y no exento de mucho fondo.

El caso es que para el marxista Gramsci existe una hegemonía cultural de una clase social que desarrolla modos culturales para dominar a otros sujetos, y para beneficiarse así como clase dominante.

Todo esto pudo tener quizás un sentido hace cien años, que es cuando se desarrollan estas ideas. Puede entenderse que alguien escribiera cosas así, en una época en que no estaban para nada lejanos en el tiempo escritos como por ejemplo los de un M. Proust descriptivos de salones de mesdames y princesses que, así todo, estaban dejando de ser protagonistas del escenario cultural. «Así todo» podemos entender a Gramsci. Lo que en cambio no comprendo bien es que en el tiempo en el que vivimos se pueda seguir manteniendo con tanto énfasis eso de la «cultura popular» en el sentido marxista expuesto, y no tanto por posibles debates de tipo ideológico como por simples postulados de lógica. Y es que hablar de «cultura popular» y fijarse en Gramsci viene a ser algo así como mencionar la palabra «teléfono» y fijarse en la foto de un teléfono de Graham Bell sin aportar en cambio una foto de un móvil como el que todos llevamos en el bolsillo. Algo, pues, no ideológico, sino simplemente ridículo. El concepto «cultura popular», sin perjuicio de tener posible relación con esa concepción marxista, hoy es ante todo la «popular culture», es decir esas formas culturales que caracterizan al pueblo y que le gustan, la «música pop», por ejemplo. Es decir, fijarse en el marxismo, en torno a un concepto como este de cultura por la que una clase domina otra, es simplemente algo erróneo en términos de discurso racional cuando resulta que hay un nuevo concepto como el de cultura pop que lejos de servir para dominar al pueblo es vehículo de expresión del propio pueblo.

Resulta que todo esto que estoy contando viene a cuento de una serie de libros que he venido publicando (en el fondo, todos ellos sobre el concepto de cultura) en los que doy incluso por hecho que la cultura, precisamente por ser un reflejo del nuevo poder popular, podría estar dejando de ser cultura. Las cosas han cambiado en cien años: el pueblo se ha ido consagrando como sujeto de derechos y, en coherencia, se ha desarrollado y afianzado el concepto de soberanía popular, con la consecuencia de que la cultura ha pasado a ser un reflejo de toda esta corriente. El consumidor, con su poder como adquirente, marca aquello que va a ser o no cultura; no es el Estado o un grupo de ilustrados quienes marcan aquello que es cultura, sino el adquirente con su poder de compra. Es decir, el quid es que, habiendo arraigado de tal forma el fenómeno de la cultura como «pop culture» que describo, el único posible debate sería –en su caso– si (en lo opuesto precisamente de la idea de hegemonía cultural), lo que tenemos más bien (como consecuencia del dominio, por el pueblo, de la cultura) es una «hegemonía» del gusto popular (que es lo que denomino en alguna novela y ensayo como la cultura del «gran bostezo») con respecto de otros posibles gustos más selectos o de mayor calidad, propiamente culturales. Yo, después de debatir en varias obras esta cuestión, llego a la conclusión de que las formas culturales populares son expresión de valores importantes de nuestro tiempo, de tipo democrático, que tienen más ventajas que desventajas. Precisamente, la única desventaja es la pérdida cultural, el resto es mejor. Pero en todo caso queda en las antípodas del nuevo concepto de cultura toda esa concepción marxista de Gramsci que defiende en España con ardor Podemos, ignorando todo este fenómeno que he comentado. No obstante, la izquierda sigue hablando de intelectualidad a veces, aunque pueda no dar en el clavo (caso que estoy comentando) mientras que la derecha sigue despreocupada por estas cuestiones que sin embargo me parecen esenciales.