Querer y hacerse querer

La Razón
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Uno de los artículos, en mi opinión, más profundos de las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas está referido curiosamente al empleo más elemental del escalafón, al cabo. La norma, a pesar de los varios intentos políticos por «desmilitarizarla», lleva en su articulado la esencia de siglos de vida militar, con sus luces y sus sombras. Recopiladas en tiempos de Carlos III sigue siendo el Rey Ilustrado su referente, aunque recogen experiencias, conceptos de liderazgo, relaciones humanas de siglos atrás y necesarias actualizaciones de nuestros tiempos. Diría que saben recoger sabiamente, más lecciones y experiencias de los fracasos y derrotas, que de los éxitos y victorias.

Se inicia el artículo 65 al que me refiero, con un: «El cabo como jefe más inmediato del soldado, se hará querer y respetar de él...». Resalto este orden: primero hacerse querer, luego respetar, entendiendo que en el primer concepto entran sentimientos y en el segundo obediencia debida, disciplina, antigüedad, grado y en último caso código.

Hay más artículos referidos al «hacerse querer» como el 31 que sencillamente estimula al militar a «ser abnegado y austero... y tener constante deseo de ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga». Es decir, hay una correlación clara entre el querer y el hacerse querer. El respeto se relega a un segundo lugar, fundado en otros parámetros.

Vivimos un delicado momento en el que sectores de la sociedad catalana no quieren a la España de todos y a la vez dicen no sentirse queridos, con lo que se crea una quiebra importante en nuestra vida política y social. De nada sirven los criterios de positiva reactivación económica de los que el tejido industrial y comercial catalán tiene mucho que ver; de nada sirve que todos pensemos que Europa, que ya conoció dos grandes confrontaciones en el siglo XX que le costaron 50 millones de muertos, se está construyendo a base de uniones; de nada sirve prever largas batallas contra el yihadismo, que precisamente en Cataluña tiene fuertes raíces, o contra la inmigración descontrolada; de nada sirven rigurosos estudios históricos, cuando determinados medios y manipuladas enseñanzas se enfrentan a nuestra propia Historia. Si falla esta relación «querer/hacerse querer», todos los argumentos jurídicos, políticos o históricos se desvanecen. Se eleva el tono, se amenaza, se crispa.

Este hacerse querer se hizo notar en nuestra vida reciente. Sobre personas de todo tipo y condición, se cimentó nuestra actual convivencia. Se hicieron querer en momentos difíciles desde el rey Juan Carlos o el presidente Suárez hasta aquellas Cortes franquistas que se hicieron el harakiri, el «president» Tarradellas o el propio Carrillo superando décadas de confrontación y exilio. Se hicieron querer tantas personas que superaron bandos, que hicieron del trabajo y el esfuerzo norma de vida y levantaron nuestra sociedad. Ahora pretenden ningunearlos quienes no han aportado ni aportan nada a nuestra convivencia. Son quienes no quieren –otra vez el querer– conocer las raíces de nuestra historia en períodos clave como el 1931-1936, desligitimadas unas elecciones como han demostrado recientemente los profesores Álvarez Tardío y Villa García (1), así como lo ocurrido en España a partir de 1975, en el tránsito hacia una nueva sociedad que tras el enorme sacrificio de varias generaciones alcanzó cotas importantes de bienestar social. Ahora parece que quienes desde niños se beneficiaron de este bienestar son los que mirando hacia atrás no ven más horizonte que el de 1931 o un nuevo Frente Popular, cuando estamos en 2017. Pero empujan y alimentan la ruptura independentista porque el medio natural en el que sólo saben vivir es el caos. No les interesa que haya recuperación, ni que se mitigue el paro, ni que vivamos unidos. El caos les proporciona indignación; esta, votos; los votos, poder. No merecen la consideración de ser queridos.

Cataluña necesita sobre todo que la quieran. Pero indiscutiblemente debe hacer méritos para ser querida. No podemos vivir día a día entre amenazas, decisiones unilaterales, ruptura clara de la ley en nombre de no sé qué tipo de democracia. Se ha demostrado recientemente este especial modelo, cesando fulminantemente a quien disiente –aunque sea moderadamente– del postulado oficial impuesto por unos pocos. Aquí radica el otro arco de iglesia: el creerse que unos votos legitiman para actuar en nombre de todos, no sólo de quienes les votaron, sino de quienes optaron por otras opciones o simplemente no votaron.

Einstein nos diría: «No podemos solucionar los problemas con el mismo tipo de pensamientos que teníamos cuando los creamos». Bien sé que el problema catalán viene de lejos –lean simplemente a Azaña o a Ortega y Gasset–. Pero somos muchos los que confiamos en que este «querer y hacerse querer» forma parte importante de la solución. Son demasiado dolorosas y costosas socialmente las otras alternativas.

(1) «1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular» Espasa.