Tiempo de reflexiones

La Razón
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Ha habido atentados del llamado Estado Islámico en Barcelona y Cambrils, y siguen los viejos juegos nacionalistas pero en nuestro mundo superpolitizado y bastante deshumanizado en el que las palabras con que se noticia y se comenta todo suceso pierden rápidamente su sentido humano para armar un discurso político y ya no se puede pensar en otra cosa que en política y resignarnos a lo que parece en dotarnos del lenguaje más correcto y obsequioso, incluso para hablar de los hechos más terribles, y alzando los hombros ante la burla del Derecho, y confundiendo tragicómicamente el concepto primario de «dura est lex sed lex», esencia de la democracia, con cualquier ocurrencia voluntarista.

Y, efectivamente, la Europa y la España, democráticas, liberadas ya de su propia cultura, cedida ésta en buena parte a las convicciones y prácticas del darwinismo filosófico y al decadentismo liberal heredero de Weimar, pero también a las concepciones y prácticas de los dos últimos totalitarismos con lo que se trata de corromper el espíritu de la propia democracia, y que se llevan por delante las esencias y hasta las mínimas apariencias de ellas de aquella nuestra vieja cultura de las que Europa y España han renegado.

Ya no se tienen esperanzas, sino solamente proyectos económicos, se inventan libertades y desaprensiones, y el complejo ser humano queda reducido al banal juego de un «bit» mecánico o de animal de laboratorio de Pavlov, entrenado en el juego entre «fobia» y «filia», que grotescamente mostraría toda ausencia de rastro humano y racional en nuestras vidas.

En esta situación no es de extrañar que haya algo tan necio como creer que la barbarie se para con palabreo, y que la justicia no necesita la fuerza para realizarse, exactamente como la fuerza necesita la justicia para justificarse, según mostró Monsieur Pascal en sus «Pensées». Y es la ley así conformada la que extiende su normalidad jurídica por encima del Estado mismo, porque es la esencia de la democracia.

Pero no pocas gentes han heredado bastante cantidad de ideología y de práctica para convertir al Derecho en instrumento para la conquista del poder y su disfrute sobre una sociedad como sobre un hato de ganado, de manera que quienes componen ésta pierdan la propia conciencia de seres humanos que pertenecen a una comunidad social y a una Historia, y sustituyan ese pensamiento y ese sentimiento de hombres por un pensar, un sentir y un hablar colectivos que no son propios, sino de una ideología. Así que ya no se puede preguntar por el yo de cada uno porque ese yo, personas e individuos, ya no existe, o queda disuelto en un mero sentir voluntarista. Y entonces, tampoco se puede preguntar ya por la compasión, el odio a la violencia, o la reacción de defensa, porque estos hombres así destruidos, como los nacionalismos o los dos grandes totalitarismos de muestro tiempo nos han mostrado, no pueden pensar nada por sí mismos, sino que solamente pueden ofrecer actos reflejos de su ideología de grupo.

La situación socio-política europea necesita una conciencia que, como decía René Girard, vea claro que, en los adentros de la Historia, ahora mismo, no estamos en el tiempo de la industrialización tecnológica o de los «robots», sino más bien en el tiempo de asentar una coexistencia y convivencia, como la que hubo en la llamada «tolerancia constantinopolitana» entre cristianos e islámicos, aunque ahora sería entre el mundo musulmán y el más bien cristiano-renegado y ateo del occidente, lo que precisa una mayor comprensión y buena voluntad para retornar a nuestra antigua convivencia.

Pero tampoco estamos en el tiempo del veneno de la raza, la casta, el campanario, o el sentimentalismo y falseamiento histórico, en que consisten los nacionalismos disolventes de toda idea y sentimiento de unidad racional de las construcciones políticas, y con tan terribles consecuencias como prueba el hecho de que los nacionalismos fueron el pródromo de dos guerras mundiales, y causa de graves problemas que aún se agitan en Europa, y ahora en nuestra España.