Tribulaciones trumpianas

A Trump hay que reconocerle su ilimitada capacidad para mantenerse a la cabeza de las noticias en su país y en el mundo. En las dos semanas anteriores a su viaje por Oriente Medio y Europa batió su propio récord. El viaje mismo no salió mal. No el desastre que sus acérrimos enemigos daban por descontado

A Trump hay que reconocerle su ilimitada capacidad para mantenerse a la cabeza de las noticias en su país y en el mundo. En las dos semanas anteriores a su viaje por Oriente Medio y Europa, batió su propio récord. El viaje mismo no salió mal. No el desastre que sus acérrimos enemigos daban por descontado. El discurso para el mundo árabo-islámico resultó pragmático y mejor que el de Obama en El Cairo. No hizo enemigos, sino que restableció lazos, bien es verdad que a costa de enterrar los dicterios al respecto que profirió ampliamente durante la campaña electoral, y dejando las intratables cuestiones de los derechos humanos «fuera de los límites». A los europeos, de la OTAN nos ha recordado que no cumplimos nuestros compromisos de gasto en defensa de hace dos años. Nada de lo que rasgarse las vestiduras, excepto que estamos históricamente acostumbrados a no cumplirlos, pero la diferencia es que ahora no existe una amenaza soviética de la que los americanos tenían que salvarnos a cualquier coste, sí o sí. La Rusia de Putin no es una potencia benigna, pero podríamos y debemos estar en condiciones de pararles los pies, en Ucrania primero, para que la cosa no llegue al Báltico. ¿Qué menos? Otras amenazas son compartidas por igual a ambos lados del Atlántico o nos conciernen de forma más directa e inmediata, como el terrorismo, Siria y las concomitantes oleadas de refugiados con los que no sabemos qué hacer.

En la reunión del G-7 Trump fue más fiel a sí mismo y escandalizó anunciando la retirada de los acuerdos climáticos de París, lo que acaba de cumplirse. Al margen de que no está completamente zanjado el debate científico-ideológico entre alarmistas y escépticos respecto al aumento de las temperaturas, las causas que la producen, las consecuencias previsible y sobre todo las soluciones y sus costos económicos, los cierto es que los Acuerdos de París, de observancia voluntaria y ampliamente ignorados, fueron una acto más bien simbólico para ocultar la magnitud de los desacuerdos. La incidencia práctica de la retirada es muy pequeña, pero ofrece un flanco muy apetecible al encono antitrumpista, mientras que esa misma rabieta es una importante satisfacción para los devotos del enfático presidente, que en esta ocasión muestra su capacidad de convertir palabras en hechos, por rupturistas que parezcan.

A su regreso al país, algunos de los incendios que había dejado ardiendo, han visto disminuir su intensidad. En el momento de su partida, el departamento de Justicia había echado mano del recurso extremo de nombrar un fiscal especial, responsable ante prácticamente nadie, para indagar el «rusiagate», en plena efervescencia. Se trata de las acusaciones de la izquierda de que hubo connivencia durante la campaña electoral entre gentes de Trump y los servicios de inteligencia rusos que revelaron emails procedentes de esa mina de interferencias ilegales que son los wiki-leaks y que ello influyó en los resultados. A este asunto está vinculada la destitución del director del FBI James Comey. ¿En qué medida tuvo lugar por su investigación en el caso, la presentación de la misma, las filtraciones? En ello Comey ha conseguido indisponerse con los dos grandes partidos, posiblemente por un esfuerzo de no influir en los resultados. Ahora la izquierda se frota las manos esperando que todo termine en «impeachment», el procedimiento parlamentario de recusación de un presidente. Estuvo a punto de suceder con Nixon, que dimitió preventivamente, y sometió a una gran humillación a Clinton, por el asunto de la Levinski, sin que llegase a la destitución, porque los demócratas votaron en bloque en contra de la misma, lo que nos recuerda que para que ahora se llegase a la destitución se necesitaría un buen número de votos republicanos, es decir, la escisión y posible hundimiento del partido. Mientras tanto, el fiscal especial calma las cosas. Su investigación será larga. Mientras tanto, cada vez parece más claro que el asunto no tiene sustancia, no hay indicios de delito y por mucho que la temible dinámica de los fiscales especiales es hacer sangre, encontrar acusaciones como sea, si no hay infracción manifiesta de leyes difícilmente podrá encontrarla.

Otra de las llamaradas que precedieron su viaje, la revelación al ministro de Exteriores ruso y a su embajador en Washington de informaciones sobre el Estado Islámico procedentes de la Inteligencia israelí, parece ya casi olvidada. El presidente no tiene límites legales en lo que puede revelar y a quien, aunque tratándose de fuentes extranjeras pudiera ser una violación, incluso grave, de los procedimientos habituales. La visita a Israel ha dulcificado las cosas.

Lo que no acaba de estabilizarse es la Casa Blanca, con turbulencias que sobrepasan ampliamente lo que es habitual en una presidencia que se estrena. El filtrador tuitero Trump no quiere filtraciones pero su fluido equipo no está bajo control. Menudean las declaraciones que pueden ser complementarias o contradictorias, ya parcial, ya totalmente, en las que el presidente se desdice a sí mismo y/o deja con las vergüenzas al aire a sus portavoces y altos cargos. Pero los defiende: «Como un presidente muy activo, con montones de cosas sucediendo, no es posible para mis subordinados presentarse en un pódium con absoluta exactitud... quizás lo mejor sería cancelar todas las futuras comparecencias de prensa y dar respuestas escritas, con vistas a la precisión». El pintoresquismo no acaba de remitir, y la presidencia Trump sigue siendo única en su género.

Manuel Coma es profesor (jub.) de Mundo Actual de la UNED