El planeta Azul de Juan Mayorga

El dramaturgo vuelve a dirigir una pieza propia. Esta vez se remanga la camisa en una ficción en la que recuerda cuando se rompió las gafas de miope y tuvo que hacer vida con las de natación, para desgracia de sus hijos.

«Mi hija pequeña me ha pedido que no vaya a ver sus partidos de baloncesto con gafas de nadar. Al explicarle que con ellas por fin entiendo las reglas e interpreto correctamente las jugadas, me ha respondido que puedo seguir yendo a sus partidos con gafas de nadar siempre que no me siente junto a los otros padres», escribe Juan Mayorga en «Intensamente azules». Habla desde su «alter ego» –«desde luego se parece a mí, pero es más simpático y tiene mucha más gracia y salero que yo»– porque el autor real sí se sienta con los demás. Esta vez le ha tocado ir hasta Avilés para seguir a la «pequeñaja», dice, aunque sea sin esas gafas azules de nadar que desencadenaron la tormenta.

Fue hace dos Semanas Santas cuando «en un pueblo andaluz muy bonito», se resiste a decir dónde, se levantó y encontró las gafas (de miope) rotas en el suelo, así que no dudó en ponerse las otras que tenía graduadas, las de nadar, para seguir con su rutina. Pensó que no sería más que un rato, pero en la farmacia comprobó que las que allí venden son para ver de cerca «y en la óptica hasta después del Domingo de Resurrección no había movimiento», así que tuvo que completar las vacaciones con su nueva visión: «Empecé a moverme con ellas por la casa para sorpresa de mis hijos, no de mi mujer, pero fue en el súper donde me di cuenta de que, tanto el modo en que yo veía a la gente, cambiaba la manera en que esta gente me veía a mí». De aquella anécdota saldría un texto que, tras echar a rodar en Torrelodones y el País Vasco, el dramaturgo lleva ahora hasta la Abadía –del 10 de enero al 10 de febrero– y en el que cuenta cómo se ve el mundo de color azul: «Invito a cualquiera que lo haga. Te fijas en cosas que antes no hacías y ahí está lo fundamental del asunto. Cuando te pones a mirar con otro color, de algún modo, la conciencia se altera, y me atrevería a decir que hasta el cuerpo. De pronto ves las cosas de otro modo». Te ayuda a ver todo por primera vez, como dice César Sarachu –que repite trabajo con Mayorga desde que actuara en «Reikiavik»– en la función: «Es una mirada nueva. Te preguntas cosas diferentes. Incluso, no solo cambia la vista, sino que caes en situaciones que no te esperabas y es interesante ver las reacciones de la gente», cuenta el intérprete.

Así le pasó a Mayorga cuando puso un pie en la calle de esa guisa. Sintió tanto rechazo como ayuda. «Algo tan elemental como ponerse unas gafas se convierte en toda una experiencia. Por un lado, te das cuenta de que hay muchos que se apartan de ti porque no se les ocurre que vas así para no caerte. Se piensan que eres un tipo peligroso, un provocador. Y luego están los que se te acercan con ganas de ayudarte, te prestan una atención que jamás te dieron. Y son estos últimos con los que hay que tener más cuidado. No se conforman con la explicación más sencilla. Si les digo que llevo esto para no tropezarme piensan que hay algún tipo de daño en tu alma y buscan aliviarte», recuerda el autor. Pero, además, comprobó que existían unas terceras personas que le hicieron sentirse «como un ángel»: «Son aquellos que prefieren no mirarte. Hacer que no estás ahí. Te conviertes en una presencia invisible, como un ángel, para ellos. Puedes estar entre un montón de gente y estos harán como que no existes».

Vuelve Mayorga a los escenarios y, como ya hizo recientemente en «El mago», lo hace por partida doble, como autor, pero también como director. Ya son cinco los «intentos», como lo llama él apoyado en la máxima de Beckett de «fracasa de nuevo, fracasa mejor»: «No es falsa modestia, pero es que tengo muchas dudas sobre mi competencia. También como dramaturgo, lo que pasa es que en este aspecto llevo más tiempo intentándolo. Como autor creo que he aprendido más. Me quedan muchas cosas por aprender en la dirección, pero seguiré intentándolo». Se atreve el autor con la dirección de un texto narrativo «que de algún modo me pedía la oralidad desde que lo estaba escribiendo. En cierta manera todo lo veo bajo el aura del teatro, así que “Intensamente azules” tenía esa palabra que quería ser pronunciada». Para Sarachu, «un actor fuera de catálogo» en palabras de Mayorga, el trabajo en la dirección «es como todo lo de Juan, muy abierto. Esa imaginación, los planteamientos, esa búsqueda constante de nuevos ángulos, el no dar un texto por acabado... También está en su dirección. Pero lo esencial es que lo entiende como un trabajo de equipo», explica.

Notas en un DIN A7

Traslada así Juan Mayorga una anécdota a los escenarios. De nuevo es su experiencia personal la que le lleva a teatralizar la cotidianeidad. De la realidad a su bloc de notas DIN A7, «es muy divertido verle apuntar», cuenta Sarachu, y de ahí a un texto editado por La uÑa Rota que ahora toma forma en la Sala José Luis Alonso de la Abadía. Cuesta imaginar a todo un académico de la RAE haciendo vida con las gafas azules de nadar, pero ese es Mayorga, un tipo especial... para desgracia de su hijo mayor: «Me pide una reunión en el pasillo para hablar “sobre algo que nos importa” (...) “Voy a hablar en nombre de todos”. Luego utiliza la expresión “líneas rojas”. Se refiere a que no usaré mis ganas de nadar en bodas, bautizos y funerales», escribe.