El paso que solo puedes dar tú

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Arco.
Arco.Manolo Guallart (nombre del dueño)

“Donde yo voy no podéis venir vosotros”, dice Jesús a sus discípulos después de lavar sus pies (Juan 13, 33). Él, que ha venido a revelar al Dios amigo del hombre. El mismo que ha gustado compartir y repartir el pan, las travesías en la barca y los diálogos inusitados en el brocal del pozo. El que ha ofrecido el vino en abundancia y se ha mezclado entre las multitudes, es el que ahora dice a los suyos que hay un paso que ha de dar solo. Porque existe un ámbito donde cada uno, llevando en su corazón a todos los que ama, ha de entrar personalmente. Hay un umbral que solo puedes pasar tú.

El don de Dios es universal, pero acogerlo y vivir en consecuencia es una decisión personalísima. Cristo ha sido el primero en dar el paso decisivo cuando, suspendido entre el cielo y la tierra, ha extendido sus brazos en la cruz por la redención de todos. Sin embargo, él no obliga a nadie a acoger su gracia. Su costado abierto es el manantial que salta hasta la vida eterna, aunque siempre haya quien pueda negarse a beber del agua más límpida incluso desfalleciendo de sed. Porque aquí nos topamos con el encuentro entre las dos libertades: la de Dios, quien nos ha abierto el camino, y la del hombre, que debe recorrerlo dando el paso que toca dar a cada uno personalmente.

Esta decisión de amor entre Dios y el hombre se despliega en un camino marcado por instantes de luz y pruebas cruciales. Por eso cuando Pedro pide a Jesús acompañarle allí donde se dispone a ir, el Maestro le responde: “adonde yo voy no me puedes seguir ahora. Me seguirás más tarde” (v. 36). Cristo debía franquear el abismo de la muerte a la vida, y tendernos el puente. Pero no para que lo atravesemos a remolque, sino dando el paso de amor en el que convergen la promesa y la esperanza, el don y la tarea, la gracia y el sudor del que se compromete. Es el paso de amor que sólo puedes dar tú. Aunque es posible que damos también más de un paso en falso, como Pedro, vacilando entre los arrebatos de amor a Cristo a negarle tres y hasta más veces. Pero también a nosotros él nos podrá invitar a amarle de forma nueva para que le sigamos adonde antes no estuvimos preparados.

En la Semana Santa, cuando a través de los actos de piedad, la meditación y la toma de conciencia, acompañamos a Cristo hasta el Calvario y exultamos con el anuncio de su resurrección, nos vamos haciendo más capaces de dar con él nuestro paso decisivo. Ciertamente exigente, porque implica riesgo, lucha y despojamiento de uno mismo. Pero solo así nos encontrarnos con la verdad que hace libres. Nos hacemos capaces de entrar en ese ámbito de nuestro ser que no podemos delegar en nadie más, precisamente porque allí nos purificamos para dar lo mejor de lo que somos a los que amamos.