Del encierro a la luz

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Cordero.
Cordero.Manolo Guallart

Dichosos los que crean sin haber visto (Juan 20, 29). Nuestro actual estado de incertidumbre, desconfianza y miedo es iluminado por la Pascua que estamos viviendo. Solo la fe nos hace pasar del desaliento a la fortaleza y del miedo a la confianza. El evangelio de este domingo, en que Cristo resucitado muestra a Tomás las heridas de su pasión, revela este recorrido que nos lleva siempre más allá de lo que podíamos prever.

Después del viernes santo los discípulos han quedado descorazonados. Ha sido una verdadera tragedia perder al Maestro de la manera más afrentosa. Con él han muerto también las expectativas del reino que anunció. Además, tienen miedo de sufrir su misma suerte. ¿Dónde está Tomás? Quién sabe, quizá deambula sin sentido, buscando un refugio más recóndito o cómo escapar del desengaño. Él es imagen de la dispersión interior y exterior de los discípulos, que, aunque están confinados juntos, ya no logran confiar en Dios ni en sus compañeros ni en sí mismos ¿Pueden acaso hacerlo después de la gran decepción de la cruz y la huida de todos? ¿Puede Tomás creer ahora a los que le dicen que han visto a Jesús resucitado? Él necesita su propia experiencia, porque la fe puede anunciarse, mas no transferirse. Él podía escuchar el testimonio de los demás, pero necesitaba vivir su propio encuentro con el Resucitado, quien no tardará en ofrecérselo. Una semana después –tiempo suficiente para que Tomás reflexione y atesore el deseo de reencontrar al Maestro- este aparece y le muestra las “pruebas” que pedía: las marcas de los clavos y la lanza. Así Tomás llega a profesar su fe y se rinde en adoración al Dios cercano, vivo y vivificante que sale a su encuentro. Así el evangelio nos presenta en pocas líneas el itinerario interior y exterior que ha de vivir el creyente de todo tiempo; también nosotros en nuestra inédita circunstancia actual.

Con la salud física, económica y social amenazada, pareciera que nuestras seguridades y expectativas se derrumban como las de los discípulos el viernes santo. En nuestro miedo, desorientación y amenazas resuena el eco de lo que ellos habrían experimentado con cada azote y cada clavo sobre Cristo. Ciertamente nuestro confinamiento es una medida necesaria y responsable, pero el riesgo es que se nos instale aún más adentro, en nuestra propia alma, si perdemos la confianza en Dios y nos alejamos de las necesidades de los demás. Porque quizá hasta ahora hemos sostenido nuestras vidas, como Tomás, más por expectativas que por verdadera esperanza. ¿Y cuál es la diferencia? Ex-spectare se refiere a proyectar el futuro hacia lo que se puede ver y calcular. Implica más la razón que el corazón y pone más la confianza en los propios medios que en la intervención de Dios. En cambio, la esperanza nos viene como don

teologal, es decir, regalo suyo; por eso está vinculada a la fe como certeza de lo que no se ve. Y no se ve sencillamente porque nuestros ojos alcanzan solo hasta un límite, no al infinito. Sabemos que los demás discípulos también tendían a compartir estas expectativas a corto plazo y según sus criterios. Sería su resurrección lo que despertaría en ellos el sentido de eternidad. Es lo que también puede estar en el origen de nuestro desánimo ahora mismo, cuando corremos el riesgo de que el distanciamiento social derive también en distanciamiento espiritual. Porque nos conformamos con tener a Dios solo como una referencia por lo bueno que nos pasa o para pedirle que nos evite males, nos quedamos muy distantes de lo que Él puede y quiere ofrecernos. Solo la fe y la esperanza nos abren hacia algo más que lo previsible y manejable a nuestro arbitrio. Por eso implican riesgo y confianza, valentía y rendición de amor.

Las heridas que el Resucitado muestra a Tomás no solo le comprueban que su Maestro sigue siendo el mismo de la cruz, sino que es mucho más. Es decir, que no solo se ajusta a lo que él hubiera esperado, sino que le mueve a reconocer que la trascendencia ha salido a su encuentro. Las pruebas que recibe demuestran mucho más de lo que pedía. Y a nosotros esto nos dice que no solo se puede sacar algo bueno de lo negativo, sino que quien cree puede esperar lo imposible. También nos habla de la necesidad que tenemos de experimentar a Cristo así: vivo, cercano y transformador. Nuestra fe no es el recuerdo de un pasado que nos hacía sentir seguros. Es actual y se manifiesta en la respuesta coherente, solidaria y creativa que también nosotros ofrezcamos hoy. ¿Qué clase de discípulos seremos los quejumbrosos, cerrados por el miedo, anclados a unas expectativas fracasadas? ¿Permaneceremos cautivos de nuestros propios cálculos tan faltos de esperanza? Como Tomás, dejemos de pedir demostraciones y rindámonos en adoración y confianza, aun cuando nos cueste entender el porqué de tantas cosas. Nuestro encierro interior se puede abrir a la dicha si nos disponemos a creer aunque no veamos nada cierto todavía.

Señor de lo imprevisible, me rindo ante ti.

Confío en que tu gloria alcanza mucho más allá de lo que puedo ver en este momento.

La fatalidad y el peligro que nos cercan no me alejan de tu amor,

sino que son la oportunidad de adentrarme en tus heridas

por medio de mis propias heridas y las del prójimo que me necesita.

Que la luz de tu resurrección venza la oscuridad de mi aislamiento

y así pueda pasar de mi encierro al esplendor de la esperanza

que tú has encendido en nosotros, Señor mío y Dios mío.