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Cuando lo que hay en el plato importa poco

Thomson Philip/ Voluntario neozelandés que, junto a otros 11 jóvenes, pudo compartir almuerzo con el Papa

«Jovem», en castellano «joven», es una de las palabras que más líneas han copado en los discurso del Papa durante la Jornada Mundial de la Juventud. De hecho, el pasado miércoles en Aparecida se dirigió a la juventud como «los artífices de un mundo más justo». Y el Santo Padre quiso sentarse a la mesa con quienes serán los protagonistas de tan loable acción. El Palacio Apostólico de Sumaré, situado en el norte de la ciudad de Río, fue el escenario elegido para que doce muchachos compartiesen mantel con Su Santidad. Desde la organización, idearon que la docena de jóvenes –dos por cada continente y dos brasileños– representasen a todos los peregrinos que estos días festejan los actos de la JMJ y, también, a quienes no han podido trasladarse hasta Brasil. En el salón, los asistentes, sin palabras ante el emotivo encuentro, se sentaron en torno a una mesa rectangular presidida por el Papa y el arzobispo de Río, Orani João Tempesta. Antes de que las legumbres y el escalope fuesen servidos, Francisco ya se había ganado a los invitados. «¿Por qué están ustedes tan callados?», les preguntó. «Será porque no todos los días almorzamos con un Papa», le respondió Marcelo Galeano, argentino y traductor voluntario en la JMJ. Marcelo no era el único convidado de habla hispana. Paula García, colombiana, y el mexicano Luis Edmundo Martínez, pudieron conversar con Francisco en la lenga materna del Santo Padre. La joven narró que, a pesar de que estaba nerviosa, se atrevió a entregarle al Pontífice un mensaje especial. «Una amiga me pidió que si, ocurría finalmente el milagro, le entregase una carta al Papa en la que le agradece la defensa de la vida y le invita a que se organice un encuentro similar al de la juventud pero para los ancianos», explicó. A sabiendas de que desde Juan Pablo II, ningún heredero de San Pedro ha visitado a los cristianos de Nueva Zelanda, Francisco quiso tener un gesto con ellos. A su izquierda se sentó Thomson Philip, un ingeniero indio residente en el país insular de Oceanía. Thomson describió a ACI que el poder estar junto al Santo ha sido «una gran oportunidad en la que, además, nos pidió difundir la esperanza de Cristo». «No importaba qué íbamos a comer, sino el mensaje que nos iba a trasladar», añadió el neozelandés. Aunque el joven hablaba inglés, el Papa se esforzó en entenderle. «Me pidió que hablase despacio y también nos comentó tenemos que trabajar en comunidad. No nos ha pedido hacer grandes cosas, sino hacer bien lo que nos toca hacer».