Desde el corazón del obispo de Roma

La Razón
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Una vez más, un título de un documento pontificio utiliza la palabra «alegría», signo distintivo del testimonio cristiano. Desde el principio hasta el final, el texto refleja el Vaticano II. De hecho, con las palabras «Gaudet mater ecclesia» (disfruta la madre Iglesia) comenzaba el memorable discurso de apertura con el que Juan XXIII presentó el Concilio y el texto «Gaudium et spes», la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, en cuyo prólogo se hace referencia a la felicidad y la esperanza que comparten los hombre y mujeres de nuestro tiempo. Diez años después del final del Vaticano II, el único texto papal que se dedica por completo a la alegría es la exhortación «Gaudete in Domino» de Pablo VI, que inicia con la invitación de la Epístola a los filipenses: «Alegraos en el Señor porque Él está siempre cerca de quien lo llama con corazón sincero». Entonces, no es casualidad que el texto de Montini sea el primero que el Papa cita en su «Evangelii gaudium», subrayando que ninguno está excluido de la alegría que trae el Señor. La exhortación apostólica, que cerró a modo de conclusión el Año de la Fe deseado por Benedicto XVI y que recordaba el Concilio que renovó la Iglesia, es un documento excepcional. Sobre todo, porque nace del corazón del obispo de Roma, fruto de su experiencia en primera línea y de su prolongada meditación sobre la urgencia de anunciar el Evangelio en el mundo actual. El contenido y el estilo inconfundible del Papa caracterizan el texto y atraen a quien lo lee.

En las páginas iniciales, el Pontífice recuerda el sínodo sobre la «nueva evangelización», reconoce que recoge su claridad (...), pero el documento expresa las preocupaciones «de la misión evangelizadora de la Iglesia en este momento». Sin embargo, no «es oportuno que el Papa sustituya a los episcopados locales en el discernimiento de todos los problemas que se presentan en sus territorios», y sí necesario «proceder hacia una saludable descentralización».

El obispo de Roma afirma que no ha tenido la intención de escribir un tratado teórico, sino de «enseñar el aspecto práctico» de los argumentos que se tratan en el texto. El objetivo es claro: ayudar a «delinear un determinado estilo de evangelización» que el Papa invita a incorporar «en cualquier actividad que se realice». Un estilo que se puede personificar en la imagen de una Iglesia sinceramente dispuesta a anunciar el Evangelio plasmando la humanidad de hoy «en todos sus procesos, por muy duros y largos que puedan ser».

Asombra la prosa cautivadora de esta «magna charta» a la Iglesia de hoy, un texto que afirma de forma explícita que «tiene un significado programático e importantes consecuencias» porque no es posible «dejar las cosas como están»; es el momento de convertirse en «un estado permanente de misiones». La finalidad, como se implora en la oración final a la Virgen, es «buscar nuevos caminos para que llegue a todos el regalo de la belleza que no se apaga».