Espontáneo con los curas y cariñoso con los enfermos

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La espontaneidad de este Papa, que es un regalo de Dios, hizo que durante la ceremonia con los seminaristas y religiosos prefiriera entregarle la homilía al cardenal Ortega y se atreviese a hacer una catequesis preciosa sobre la esperanza, la alegría y el amor, mensajes que ha repetido durante su viaje a Cuba.

Antes de entrar en la catedral de La Habana, el Papa se apartó del protocolo y se lanzó, para desesperación de sus escoltas, a saludar a dos periodistas argentinos que trabajaban con él cuando era el responsable de la Iglesia en Buenos Aires. Flavio y Florencia se quedaron sorprendidos y la joven periodista argentina no pudo frenar las lágrimas cuando el Pontífice le dio su mano como señal de afecto.

En la catequesis habló a las religiosas con ese tono familiar que utiliza en sus discursos –«no me sean lloronas»–. Agradeció su esfuerzo, que hacen en condiciones nada fáciles, y los animó, igual que al resto de sacerdotes, a trabajar en beneficio de los demás. «Servicio» es la palabra que más repite el Papa en este viaje.

Hubo momentos emocionantes, como cuando se acercó a los sacerdotes enfermos. Allí abrazó a uno de los hermanos que vive en nuestra residencia para mayores en La Habana. Le cortaron una pierna tras una intervención quirúrgica, pero no le falta fe para continuar su vida apostólica. Ahora, su palabra se escucha más bajita, pero con la misma fuerza espiritual.

El Papa conoce la residencia de Mensajeros de la Paz para mayores de Buenos Aires, donde le acompañamos en Metro a visitar a los ancianos. Les llevaba tabaco a escondidas. Y su acto de tocar y animar a los sacerdotes en la catedral de La Habana nos recordó esas visitas a los mayores que necesitan el apoyo de sus compañeros cuando caen enfermos y quedan solos.

Sus discursos en este viaje demuestran lo que hemos dicho varias veces, y es que Francisco tiene los pies en la tierra y la mirada en el cielo. Cree en Dios, pero también en los hombres. El cardenal Tarancón me dijo en una ocasión que había que creer en Dios, pero también en los hombres. El Papa piensa lo mismo que decía Tarancón, al que conoció y lo definió como un gran obispo, un gran párroco y un magnífico pastor.

Personalmente me hubiera gustado que hubiera mantenido su nombre Jorge, como le llamaban en Argentina. Nos encontramos en este viaje con la presidenta argentina, Cristina Fernández, en la salida de uno de los actos a los que han venido también muchos argentinos. Nos han dicho que le esperan pronto en su país.

Cuando el Papa ha hablado frente a los jóvenes, les citó el paro. Y pensé que iba a hablar de España cuando comentó cifras del 40 y 50% de jóvenes sin empleo. Se quedó sin dar los nombres de las naciones para no sacar los colores a los gobernantes. No hay derecho a que personas que se han preparado, algunos incluso con carreras universitarias, se queden en paro. Algunos se desesperan, como nos dijo el Papa, al que le duele esta situación que castiga la dignidad de nuestra gente mejor preparada de la historia.

En Holguín, con gran entusiasmo en la calle, homenajeó a la Iglesia que lucha por sobrevivir en un medio difícil. Citó las casas de misión, lugares donde, ante la escasez de templos y sacerdotes, permiten tener un lugar de oración.