África

Hábitos modernos

Son mujeres de su tiempo que han decidido emprender un viaje por amor. Tienen distintas profesiones aunque comparten vocación: son religiosas

La Razón
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“Mi vida de antes era como montar en una bicicleta. He visitado paisajes preciosos y me encantaba ir en esa bici, pero ahora me han regalado un BMW moderno y además con chófer. Y voy a 200 por hora”. Son palabras de Olga. Cambió sus planes en Polonia para ser Hija del Amor Misericordioso. Tiene 32 años y llegó a España para acabar sus estudios de Ingeniería. “El motivo de mi visita era totalmente profesional, no religioso. Pero cuando estuve en España conocí a las monjas y cambiaron mi vida por completo”. Con nostalgia, Olga volvió a su país para terminar su formación. Pero todo había cambiado. La felicidad que experimentó en España había desaparecido. “En Polonia volví a un mundo gris. España me parecía un mundo de colores, con las monjas. En mi casa no tenía la misma felicidad. La alegría me volvía cuando pensaba en ellas”. Dispuesta a dejar atrás a su familia, la joven ingeniera abandonó al chico con quien tenía un proyecto de vida. Se había enamorado de otro Hombre. “El Señor empezó a actuar en mi vida y sin ser consciente de que estaba enamorada, viví el mayor enamoramiento de mi vida”. Él nunca lo supo ni lo sabrá. “Nunca se lo dije ni le di respuesta. Yo le quería mucho, pero en mí estaba ocurriendo algo mucho más fuerte y pensé que tenía que probarlo”, recuerda con tristeza.

Las Hijas del Amor Misericordioso son un instituto de vida consagrada muy reciente. Se fundó en 1983 y solo está presente en Madrid. Tienen vocaciones mexicanas, colombianas, francesas, americanas y polacas. No visten hábito tradicional ni velo, sino un uniforme de falda negra y blusa blanca. Conviven 40 hermanas en poco más de 140 metros cuadrados. Durante la noche, las mesas del salón se convierten en camas. “Esta casa es muy pequeña y las hermanas sufríamos porque no teníamos donde dormir” Confiesa Beata. Viven de la providencia y dejan en manos de Dios su porvenir diario. “Somos 17 estudiantes en la casa. La formación es muy cara, nuestra hermana economista lo sabe mejor que nadie. Pero Dios quiere que estudiemos todas y así lo dispone. Un día la madre superiora, Marimí, fue al banco para poder pagar todas las matrículas de la universidad, pero no había dinero suficiente. Al día siguiente, alguien había ingresado la cantidad exacta”, narra con entusiasmo. Dedican dos horas al día de oración personal y participan en la Eucaristía. Pero no solo rezan. Imparten ejercicios espirituales para los que se preparan estudiando las carreras de Teología y Filosofía, además de acompañar a enfermos y dar catequesis. Leen la prensa a diario y durante sus recreos se divierten con juegos de mesa. Beata tiene 28 años y aún está cursando Teología. Tras su mirada se esconde un pasado que nada tiene que ver con la vida consagrada. “Con 19 años cumplí mi deseo de irme de casa. Me fui a estudiar y hice carrera de Física en el norte de Polonia. Allí empecé a aprovechar mi libertad. Mi adolescencia se resume en tres palabras: fiesta, chicos y mucho alcohol. Así era cada día de mi vida”. Entre risas, se coloca su media melena rubia. Su adolescencia fue complicada. Ahogaba sus depresiones en el alcohol y conseguía olvidar por momentos la mala relación que tenía con sus padres. “Cuando bebía me reía mucho y me lo pasaba muy bien, pero después sentía un vacío por dentro enorme”. Cansada de relaciones de una noche, Beata buscaba un chico con quien compartir su vida, pero pronto se dio cuenta de que ese no sería su destino. Estaba a apunto de convertirse en lo que siempre había odiado. “No me gustaban nada las monjas, me parecían chicas feas y tristes que no tenían oportunidad de casarse. Cuando conocí a estas monjas mi imagen cambió. ¡Eran chicas normales!”. La historia se repite. Beata cogió un vuelo a España dejando en Polonia una expediente académico brillante. Se despidió del maquillaje y de esos de vaqueros que tanto le gustaban, pero no pudo decir adiós a sus padres. No le entendían “Mi madre se puso histérica, gritaba diciendo que no tenía su permiso. Mi padre lo paso muy mal. Me fui de una manera muy triste. Ellos no me apoyaron ni me acompañaron al aeropuerto. Así que salí de casa como siempre”. Beata y Olga además de compartir vocación, se entienden perfectamente. Años más tarde sus dos familias regresaron para presenciar sus votos perpetuos y la reconciliación fue el regalo.

El chándal es su segundo hábito. Tiene 47 años, nació en Alicante, es del Atlético de Madrid y su equipo de baloncesto preferido es el Estudiantes. Sor Inmaculada pertenece a una orden religiosa que se encarga de la educación: San José de Cluny. Es profesora de Educación Física en El Colegio San José de Cluny de Pozuelo, Madrid. “Soy submarinista, capitán de yate, monitora de windsurf, monitora a vela ligera, entrenadora de baloncesto, entrenadora de un equipo de segunda división de balonmano, entrenadora de natación, y de fútbol además de socorrista de primeros auxilios”. Así se define esta monja que cuando se pone el chándal, se convierte en Conchi. Ésta formación le permitió costearse durante su juventud el sueño de su vida. “Estudié Educación Física en Canarias, mientras trabajaba. Y allí monté una empresa de vela ligera”. Junto a cuatro compañeros, compró tres barcos de vela en Cádiz para crear su empresa. “Ser profesora de Educación Física era mi sueño, pero cuando lo conseguí, mi vida se quedó vacía”, confiesa con media sonrisa. Inmaculada, participó en los Juegos Olímpicos de Barcelona del 92 como voluntaria llevando la gestión de Alicante. Pero ha despeñado otras profesiones. “Durante una época de mi vida trabajé en una caja de ahorros. Y entre tener en tus manos dinero a tener personas hay un cambio bestial. No cambio a los niños por nada, dan mucha guerra pero son unos quita penas”. Conoció a las monjas de San José de Cluny porque le contrataron como profesora de Educación Física. “Yo no tenía contacto con las religiosas, hasta que me contrataron. Una vez empecé a trabajar en el colegio conocí lo que era el mundo de la vida religiosa y descubrí que había otra forma de vivir las cosas”, asegura. Compagina su pasión por los deportes con su vocación. Deja el hábito en casa y hace deporte una hora al día. En la congregación nadie le prohíbe ver los partidos de su equipo y confiesa que entre las monjas, el futbol también se discute. Su conversión sorprendió tanto a su familia que todos se aunaron a decir: “¡La Concha se ha vuelto loca!”. Y aunque de pequeña “quería ser jugadora de baloncesto, y negra porque siendo negra se salta más”, ahora su sitio está entre los niños. “Cuando me ven con el chándal me llaman Conchi y saben que si jugamos un partido de fútbol y hay un empujón, no pasa nada. Si llevo el hábito me convierto en Sor inmaculada y no hay ningún problema”.

Xiskya Valladares de 41 años, no solo tiene Whastaap, también tiene cuenta de Twitter. Es la monja Tuitera de origen nicaragüense y pertenece a la orden religiosa Pureza de María. Estuvo en la manifestación del 15-M en 2001 y se atrevió a mezclarse entre los convocados para conocer el movimiento. “Activé mi cuenta de Twitter a partir de aquel momento, para conocer qué se cocía y cuál era la estrategia del movimiento. Pregunté a algunos periodistas cómo funcionaba la red social y me ayudaron bastante”. Actualmente tiene 25.400 seguidores en Twitter y se ha convertido en un referente en las redes sociales. Considera que Twitter no es una herramienta, “es una plaza pública, un ambiente, un lugar. No se trata de evangelizar por Twitter, sino de vivir mi fe igual que la vivo en la calle, pero en el ágora pública digital”. Además de estar en red, es jefa del gabinete de comunicación de la Universidad de Mallorca y coordina un grupo de evangelización digital que se llama “Imison”. Escribe artículos y colabora con el diarios nacionales.

La pasión por la comunicación también la comparten las Hijas de San Pablo. Tienen una librería en Madrid con editorial propia: Editorial Paulinas. Son mujeres de antes adaptadas al mundo de ahora. En El Concilio Vaticano II, se les concedió deshacerse del hábito y desde entonces visten con falda. “Hace muchos años visitábamos a las familias casa por casa. Y recuerdo cuando íbamos por las playas con el hábito negro hasta el suelo y la gente nos decía que nos íbamos achicharrar”. A sus 73 años, Mari Luz, trabaja en la sección de cine de la librería. Y recuerda con muchísima felicidad sus comienzos como hermana paulina. Las Paulinas, evangelizan a través de los medios de comunicación social: libros, revistas, programas de radio, cine, televisión e internet. Durante siglos han llevado el evangelio puerta a puerta. Sor Teresa de la cruz tiene 70 años y ahora se encarga de la librería, junto a tres hermanas. Aunque ha pasado por la radio y la televisión, lo que nunca olvidará es su experiencia como misionera en África. Presenció atrocidades sobre las que está obligada a guardar en silencio. “Lo que ha sido inolvidable es mi viaje a África. Allí estuve durante 3 años. Y tengo una marca que llevo dentro”, muestra el anillo que porta en la mano derecha. “Cuando vas a África tienes que darlo todo porque allí vives con unas precariedades grandes, pero no las miras porque los otros tienen aún menos que tu”, cuenta. Sor Teresa emprendió ese viaje al continente africano como un proyecto. Abrieron una librería en Malabo, Guinea Ecuatorial y una biblioteca con el fin de “saciar el hambre de Dios”. La orden Paulina, está actualmente en cincuenta y dos naciones de los cinco continentes. “Una de las cosas más impresionantes fue ver que los libros en Malabo tenían moho, que no había luz y que la gente leía en las farolas. Y es gratificante ver que con nuestra labor ahora las parroquias de allí tienen libros en buen estado.

Mismo hábito distintas costumbres. Sor Beatriz es la madre superiora y tiene 92 años. Ingresó en clausura a los 30 años convencida de que seguía su sueño. “No me atraía nada del mundo y quería una cosa más recogida, quería estar con Dios”, confiesa. Las Concepcionistas Franciscanas son monjas de clausura dedicadas exclusivamente a la oración contemplativa. Su hábito consta de una túnica y un escapulario de color blanco, toca y medallón en el pecho. Encerradas en silencio y entre cuatro paredes, las hermanas concepcionistas no se sienten solas. El mundo de la clausura ha evolucionado. Ven la televisión para no sentirse alejadas de la realidad. A Sor triunfo le gustan las noticias, las películas y algunas series “La serie Isabel es muy bonita”, además del algún programa del corazón. Sor triunfo fue una niña traviesa. Cansada de trabajar como sirvienta en su juventud, decidió meterse a monja. “No dije nada a mis padres, ni una palabra me fui y se acabó. Dos años más tarde vinieron a visitarme y me dijeron “¡Anda como Jesús en el templo!”. Después de estar más de 50 años en clausura Sor Triunfo está feliz de haber elegido el camino correcto.