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Cuba, la isla de los tres Papas

Cuba, la mayor de las Antillas, es ya la isla de los tres Papas, de los tres últimos Papas, un privilegio del que, en América Latina, sólo puede presumir Brasil. Tres visitas que se han producido en un periodo de 17 años y que han cambiado algunas cosas en el país, sobre todo en su relación con la Iglesia y con el exterior.

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Gran parte de este mérito lo tiene San Juan Pablo II, el primer Papa que aterrizó en una Cuba que desde 1969, años después de la revolución que llevó a Fidel Castro al poder, había suprimido las fiestas de Navidad; una Cuba que había sido declarada atea. La primera victoria de Wojtyla se produjo antes de aterrizar en La Habana, pues el régimen castrista restauró la Navidad y un mes antes de la llegada del Papa, a finales de enero de 1998, Jesús volvió a nacer en Cuba. El gesto se interpretó como un signo de bienvenida al Pontífice por parte de un régimen necesitado de aliados y agobiado por la crisis económica y el embargo norteamericano. El indulto de presos fue otro de los gestos, que se repetiría con Benedicto XVI y también con Francisco.

Cuando el 21 de enero de 1998 el Papa bajó las escalerillas que le llevarían a pisar suelo cubano, donde le esperaba Fidel Castro, el mundo se paró para ver juntos al Pontífice que tenía entre sus logros contribuir a la caída del Muro de Berlín y al líder de uno de los reductos comunistas del planeta. A Castro se le veía entusiasmado, tanto que en los días previos y los cinco que duró el viaje se produjeron cambios significativos. Él mismo pidió a los cubanos que recibieran con los brazos abiertos al Papa, permitió que el arzobispo de La Habana hablase en televisión, y no se opuso para que las plazas más emblemáticas se llenaran de alabanzas a Dios. Testigos fueron José Martí, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos, permanentemente en la Plaza de la Revolución de La Habana. En cualquier caso, lo más significativo es que permitió que los cubanos escucharan una voz distinta, crítica con el régimen, enérgica y templada a la vez. Tres fueron los mensajes fundamentales durante la visita: la defensa de los derechos humanos y de la libertad religiosa, la necesidad de apertura al exterior y la injusticia de las sanciones que ahogaban al pueblo cubano. «Cabe recordar que un Estado moderno no puede hacer del ateísmo o de la religión uno de sus ordenamientos políticos. El Estado, lejos de todo fanatismo o secularismo extremo, debe promover un sereno clima social y una legislación adecuada que permita a cada persona y a cada confesión religiosa vivir libremente su fe, expresarla en los ámbitos de la vida pública y contar con los medios y espacios suficientes para aportar a la vida nacional sus riquezas espirituales, morales y cívicas», dijo en concreto sobre la laicidad del Estado. Del mismo modo, hizo un llamamiento a conjugar libertad y justicia social sin que ninguna quedase en un plano inferior.

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Pero si hay una frase que ha quedado subrayada para siempre, ésa es la que pronunció Juan Pablo II pidiendo a Cuba mayor apertura: «Llamada a vencer el aislamiento, ha de abrirse al mundo y el mundo debe acercarse a Cuba, a su pueblo, a sus hijos, que son sin duda su mayor riqueza». El Papa insistía, tras haber pedido en la ceremonia de bienvenida, días atrás, que «Cuba se abra al mundo» y «el mundo se abra a Cuba». Así como Wojtyla puso los puntos sobre las íes al régimen de Castro, del mismo modo lo hizo con Estados Unidos poco antes de volver a Roma, cuando calificó de «injusto y éticamente inaceptable» el embargo, que llamó «medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera». Castro, antes de despedir a Wojtyla, le dijo: «Por todas sus palabras, aun con aquellas con las que pueda estar en desacuerdo, en nombre del pueblo de Cuba, le doy las gracias».

El viaje marcó un antes y un después en Cuba, aunque todavía quedaba mucho camino por recorrer. Ésa quizá fue la gran contribución de Juan Pablo II, haber cambiado la dinámica del país, haber colocado ante Cuba y la comunidad internacional un horizonte de esperanza. La Iglesia, entonces, logró mayor libertad, y a la Navidad se unió el reconocimiento de la festividad del Viernes Santo, como sucede en todos los países de tradición cristiana. La visita de Benedicto XVI, en mayo de 2012, fue más corta, pero no por ello menos intensa. De hecho, el pueblo cubano le recibió con enorme fervor. Llegaba a una Cuba diferente, sin Fidel Castro como líder supremo desde 2008; llegaba para celebrar el 400 aniversario de la aparición de la Virgen de la Caridad de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. Aunque con su estilo, Ratzinger tampoco desaprovechó la ocasión para recordar en una de sus homilías la importancia de que se respetase el derecho a la libertad religiosa, que, según dijo, «no es un privilegio». También reclamó la importancia de que la Iglesia pueda transmitir el saber que atesora a través de centros de enseñanza. Hoy, la situación es mejor.

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Antes, nada más pisar suelo caribeño, el Pontífice germano, hoy emérito, afirmó: «Queridos amigos, estoy convencido de que Cuba, en este momento especialmente importante de su historia, está mirando ya al mañana, y para ello se esfuerza por renovar y ensanchar sus horizontes, en lo que cooperara ese inmenso patrimonio de valores espirituales y morales que han ido conformando su identidad más genuina y que se encuentran esculpidos en la obra y en la vida de muchos insignes padres de la patria, como el beato Jose Olallo y Valdés, el siervo de Dios Félix Varela y el prócer José Martí».

Entre las visitas, las relaciones entre el Vaticano y Cuba nunca se detuvieron, avanzando lentamente pero con seguridad. Virtudes de la «finezza vaticana». Así, el último secretario de Estado del Vaticano, Tarsicio Bertone, y el actual, Pietro Parolin, han tenido un papel esencial en la vía diplomática. En el caso de Bertone, la visita se produjo con motivo del décimo aniversario de la visita de Juan Pablo II, justo dos días después de que Raúl Castro tomase el mando y comenzase un proceso de renovación en el régimen. En el de Pietro Parolin, su experiencia diplomática permitió al Papa encargarle la tarea de mediación que dio sus resultados en diciembre del año pasado con el restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Mención especial en las negociaciones merece el cardenal arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, que –criticado tanto por partidarios del régimen como opositores– supo mantener un equilibro que está dando sus frutos.