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La Transfiguración

Joseph Ratzinger, junto a Pablo VI
Joseph Ratzinger, junto a Pablo VI

El cardenal Joseph Ratzinger, arzobispo de Múnich en 1978, celebró en la catedral de la capital bávara una misa por el Pontífice Pablo VI a los cuatro días de su muerte. Pronunció esta homilía hasta ahora sólo divulgada en el número 28 del boletín archidiocesano «Ordinariats-Korrespondenz». Ofrecemos la traducción de dicha homilía, publicada en el número especial que «L’Osservatore Romano» ha dedicado al Papa Montini en el 50º aniversario de su elección:

«Durante quince años, en la plegaria eucarística durante la santa misa, hemos pronunciado las palabras: ‘‘Celebramos en comunión con tu siervo, nuestro Papa Pablo’’. Desde el 7 de agosto esta frase está vacía. La unidad de la Iglesia en esta hora no tiene ningún nombre; su nombre está ahora en el recuerdo de quienes nos han precedido en el signo de la fe y duermen en la paz. El Papa Pablo ha sido llamado a la casa del Padre en la tarde de la fiesta de la Transfiguración del Señor, poco después de haber oído la santa misa y recibido los sacramentos. ‘‘Qué bueno es que estemos aquí’’, dijo Pedro a Jesús en el monte de la transfiguración. Quería quedarse. Lo que a él se le negó entonces, sin embargo, se le ha concedido a Pablo VI en esta fiesta de la Transfiguración de 1978: no ha tenido ya que bajar a la cotidianidad de la historia. Ha podido quedarse allí, donde el Señor eternamente está a la mesa con Moisés, Elías y los muchos que llegan de oriente y de occidente, desde el septentrión y desde el meridión. Su camino terreno ha concluido. En la Iglesia de Oriente, que tanto amó Pablo VI, la fiesta de la Transfiguración ocupa un lugar muy especial. No está considerada como un acontecimiento entre tantos, como un dogma entre dogmas, sino como la síntesis de todo: cruz y resurrección, presente y futuro de la creación se reúnen aquí. La fiesta de la Transfiguración es garantía del hecho de que el Señor no abandona la creación. Que no se desprende del cuerpo como si fuera un vestido y que no deja la historia como si fuera un papel teatral. A la sombra de la cruz, sabemos que precisamente así la creación va hacia la transfiguración.

Lo que nosotros indicamos como transfiguración, en el griego del Nuevo Testamento se llama metamorfosis («transformación»), y esto hace que emerja un hecho importante: la transfiguración no es algo muy lejano, que en perspectiva puede suceder. En el Cristo transfigurado se revela mucho más aquello que es la fe: transformación, que en el hombre acontece en el curso de toda la vida. Desde el punto de vista biológico, la vida es una metamorfosis, una transformación perenne que se concluye con la muerte. Vivir significa morir, significa metamorfosis hacia la muerte. El relato de la transfiguración del Señor añade algo nuevo: morir significa resucitar. La fe es una metamorfosis en la que el hombre madura en lo definitivo y se hace maduro para ser definitivo. Por esto el evangelista Juan define la cruz como glorificación, fundiendo la transfiguración y la cruz: en la última liberación de uno mismo la metamorfosis de la vida llega a su meta.

La transfiguración prometida por la fe como metamorfosis del hombre es ante todo camino de purificación, camino de sufrimiento. Pablo VI aceptó su servicio papal cada vez más como metamorfosis de la fe en el sufrimiento. Las últimas palabras del Señor resucitado a Pedro, después de haberle constituido pastor de su rebaño, fueron: ‘‘Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras (Juan 21, 18)’’. Era una alusión a la cruz que esperaba a Pedro al final de su camino. Era, en general, una alusión a la naturaleza de este servicio. Pablo VI se dejó llevar cada vez más adonde humanamente él solo no quería ir. Cada vez más el pontificado significó para él dejarse ceñir las vestiduras por otro y ser clavado en la cruz. Sabemos que antes de su 75º cumpleaños, y también antes del 80º, luchó intensamente con la idea de retirarse. Y podemos imaginar cuán pesado debió ser el pensamiento de no poder ya pertenecerse a sí mismo. De no tener ya un momento privado. De estar encadenado hasta el final, con el propio cuerpo que cede, a una tarea que exige, día tras día, el pleno y vivo empleo de todas las fuerzas de un hombre. ‘‘Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor (Romanos 14, 7-8)’’. Estas palabras de la lectura de hoy marcaron literalmente su vida. Él dio nuevo valor a la autoridad como servicio, llevándola como un sufrimiento. No experimentaba ningún placer en el poder, en la posición, en la carrera conseguida; y precisamente por esto, siendo la autoridad un encargo soportado –‘‘te llevará adonde no quieras’’–, ésta se hizo grande y creíble.

Pablo VI desempeñó su servicio por fe. De ahí se derivaban tanto su firmeza como su disponibilidad al compromiso. Por ambas tuvo que aceptar críticas, e igualmente en algunos comentarios tras su muerte no ha faltado el mal gusto. Pero un Papa que hoy no sufriera críticas fracasaría en su tarea ante este tiempo. Pablo VI resistió a la telecracia y a la demoscopia, las dos potencias dictatoriales del presente. Pudo hacerlo porque no tomaba como parámetro el éxito y la aprobación, sino la conciencia, que se mide según la verdad, según la fe. Es por esto que en muchas ocasiones buscó el acuerdo: la fe deja mucho abierto, ofrece un amplio espectro de decisiones, impone como parámetro el amor, que se siente en obligación hacia el todo y por lo tanto impone mucho respeto. Por ello pudo ser inflexible y decidido cuando lo que se ponía en juego era la tradición esencial de la Iglesia. En él esta dureza no se derivaba de la insensibilidad de aquellos cuyo camino lo dicta el placer del poder y el desprecio de las personas, sino de la profundidad de la fe, que le hizo capaz de soportar las oposiciones.

Pablo VI era, en lo profundo, un Papa espiritual, un hombre de fe. No por error un periódico le definió como el diplomático que había dejado a las espaldas la diplomacia. En el curso de su carrera curial había aprendido a dominar de modo virtuoso los instrumentos de la diplomacia. Pero estos pasaron cada vez más a un segundo plano en la metamorfosis de la fe a la que se sometió. En lo íntimo halló cada vez más el propio camino sencillamente en la llamada de la fe, en la oración, en el encuentro con Jesucristo. De tal manera se convirtió cada vez más en un hombre de bondad profunda, pura y madura. Quien le encontró en los últimos años pudo experimentar de modo directo la extraordinaria metamorfosis de la fe, su fuerza transfiguradora. Se podía ver cuánto el hombre, que por naturaleza era un intelectual, se entregaba día tras día a Cristo, cómo se dejaba cambiar, transformar, purificar por Él, y cómo ello le hacía cada vez más libre, cada vez más profundo, cada vez más bueno, perspicaz y sencillo.

La fe es una muerte, pero es también una metamorfosis para entrar en la vida auténtica, hacia la transfiguración. En el Papa Pablo VI se podía observar todo ello. La fe le dio valor. La fe le dio bondad. Y en él era también claro que la fe convencida no cierra, sino que abre. Al final, nuestra memoria conserva la imagen de un hombre que tiende la mano. Fue el primer Papa que viajó a todos los continentes, fijando así un itinerario del Espíritu, que tuvo comienzo en Jerusalén, fulcro del encuentro y de la separación de las tres grandes religiones monoteístas; después el viaje a las Naciones Unidas, el camino hasta Ginebra, el encuentro con la mayor cultura religiosa no monoteísta de la humanidad, la India, y la peregrinación a los pueblos que sufren de América Latina, de África, de Asia. La fe tiende manos. Su signo no es el puño, sino la mano abierta.

En la Carta a los Romanos de San Ignacio de Antioquía está escrita la maravillosa frase: ‘‘Es bello decaer al mundo por el Señor y resucitar con Él (II, 2)’’. El obispo mártir la escribió durante el viaje desde oriente hacia la tierra en la que se pone el sol, occidente. Allí, en el ocaso del martirio, esperaba recibir el surgimiento de la eternidad. El camino de Pablo VI se convirtió, año tras año, en un viaje cada vez más consciente de testimonio soportado, un viaje en el ocaso de la muerte, que le llamó en el día de la Transfiguración del Señor. Encomendamos su alma con confianza en las manos de la eterna misericordia de Dios para que sea para él aurora de vida eterna. Dejemos que su ejemplo sea un llamamiento y dé fruto en nuestra alma. Y oremos para que el Señor nos envíe otra vez a un Papa que cumpla de nuevo el mandato originario del Señor a Pedro: ‘‘Confirma a tus hermanos (Lucas 22, 32)’’».