Las bases de un verdadero diálogo que sea responsable

La Razón
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En las encuestas de los últimos años, alrededor de un 73% de españoles se suele declarar católico. Es un porcentaje aplastante que contrasta con el número de aquellos que se declaran católicos practicantes, en torno al 19%. (Los practicantes de otras religiones no alcanzan el 2% de la población). Como estos datos se han venido repitiendo, con pocos matices, durante mucho tiempo, se podría tener la impresión de que el panorama de la religión en nuestro país está estabilizado. Más aún, que la sociedad española se ha instalado en una suerte de estabilidad cómoda, que nos permite a muchos de nosotros declararnos católicos sin tener que responder a ninguna de las exigencias que esa declaración de fe plantea. De los muchos escenarios que se le abren a la Iglesia católica, y a la propia sociedad española, éste es, seguramente, el peor. Nos habla de dejadez, rutina, falta de iniciativa y de responsabilidad.

Sin embargo, no todo es tan sencillo, como nos lo indica la encuesta que hoy publica LA RAZÓN. Por debajo de ese conformismo hay otros movimientos y otras posiciones. Resulta notable, para empezar, que los encuestados se muestren tan sensibles como lo hacen a la distinción entre la esfera temporal (el Estado, o la política) y la espiritual (la Iglesia, o la religión). Así se explica el juicio muy equilibrado que merecen los ataques del PSOE a la Iglesia. Los encuestados se dividen a partes casi iguales, por otra parte, en cuanto a la necesidad de los acuerdos con la Santa Sede.

Considerar que estas respuestas vienen a respaldar una actitud militantemente laicista sería un error. En el terreno más abstracto de los valores, la mayoría de los encuestados relaciona los valores cristianos con la base misma de la sociedad y con la posible salida de la crisis. Esto equivale a otorgar a la religión y a la Iglesia una importancia relevante en el bien común, en la vida social. Esto va corroborado por el respaldo que obtiene la labor social de la Iglesia, algo que contrasta con la poca confianza que suscitan, en otras encuestas, otra clase de organizaciones sociales. Resulta abrumadora la valoración positiva de Cáritas, respaldada por un 89% de la población. Y tanto o más significativa resulta la exigencia explícita de que los sindicatos y partidos políticos se sometan al mismo régimen de transparencia que la Iglesia católica.

Como es lógico en la mentalidad española, esta valoración positiva de los valores, la acción y la actitud de la Iglesia se traduce en una petición muy mayoritaria de que el Estado siga apoyando la obra social de la Iglesia y también, aunque algo menor, de que continúe el sistema de aportación voluntario a través de la declaración de la renta.

Lo que parece reflejarse aquí es que la relación entre el Estado y la Iglesia debe continuar (en contra de cualquier afirmación radical o demagógica), pero también que debería ser sometida a un cierto debate. O tal vez –y esto no es contradictorio con lo anterior, más bien al revés– que los españoles están cada vez más lejos de la rutina que les induce a declararse afiliados a una religión de la que esperan poco y que a su vez no les exige demasiado. Lo que se dibuja, en realidad, es un panorama en el que las posiciones ante el cristianismo y ante la Iglesia se vuelven cada vez más reflexivas y más conscientes. En un sentido y en otro.

En esta perspectiva, la valoración sobre el Papa Francisco revela hasta qué punto el nuevo Pontífice ha suscitado una expectación general. Nadie permanece indiferente ante sus gestos y sus mensajes. Esta nueva y progresiva toma de conciencia de lo que el hecho religioso significa no debería llevar a radicalizar las posiciones, en particular a intentar reanudar un anticlericalismo de otros tiempos. Más bien sienta las bases de un verdadero diálogo, entre personas que saben el alcance de sus creencias y la responsabilidad que les corresponde.