«Privilegios son las subvenciones de los partidos y los sindicatos, no de la Iglesia»

Fernando Sebastián. Cardenal arzobispo emérito de Pamplona. El único purpurado español elegido por el Papa argentino en su primer consistorio recibe a LA RAZÓN: «El éxito de la renovación de Francisco depende más de nosotros que de él»

Fernando Sebastián. Cardenal arzobispo emérito de Pamplona
Fernando Sebastián. Cardenal arzobispo emérito de Pamplona

En unos días viajará a Roma para probarse la nueva sotana. Color púrpura. Hasta entonces, el único cardenal español nombrado por Francisco en su primer consistorio continúa con su día a día en la Casa de Espiritualidad de Málaga, a donde se retiró tras dejar Pamplona. Quienes le conocen saben que huye del boato y quienes le admiran le definen como el mayor intelectual del Episcopado español, aplaudiendo su papel en la Transición. Los que le juzgan, un día le etiquetan como «progre» y tres días después le tachan de conservador. «Con eso me he divertido mucho. Esos comentarios se llevan muy bien porque uno tiene el gusto de ser independiente. Parece que las opiniones están programadas, es uno de los grandes males de España: una ideologización del pensamiento en los partidos, en los sindicatos, en los medios... La ideología suprime el pensamiento».

–¿De verdad se enteró de su nombramiento el pasado domingo en la catedral?

–Hay centenares de testigos. Estaba concelebrando con Don Jesús, el obispo de Málaga, y después de la comunión algún canónigo que lo había escuchado por la radio en la sacristía se lo dijo a él y me preguntó si podía hacer pública la noticia. Yo le dije gesticulando: «¿Qué noticia?». Y fue cuando me lo contaron, Don Jesús lo hizo público y la gente me dedicó un aplauso muy cariñoso. Llegué a la sacristía un poco mareado de la emoción.

–Ser elegido a los 84 años no le permite votar en un cónclave, ¿le alivia o le da pena?

–Ni una cosa ni la otra, aunque más bien me alivia porque es una gran responsabilidad.

–¿En estos días no ha pensado: «Con lo tranquilo que yo estaba en mi jubilación...»?

–No sé en qué va a cambiar mi vida. Si el Papa me llama y quiere que haga algún servicio, con cardenalato o sin él, estoy enteramente a su disposición.

–Teniendo en cuenta cómo es Francisco, no tiene pinta de que sea un título honorífico. Le va a hacer trabajar...

–Lo que el Papa quiera, se hará. He intentado poner mi vida entera al servicio de la Iglesia. A estas alturas, no me voy a echar atrás. Ser cardenal implica servir a la Iglesia hasta derramar la sangre, algo que por otra parte es exigencia para todos los cristianos.

–Se ha acuñado el término «Revolución Francisco». ¿Le gusta?

–No. En la Iglesia no caben las revoluciones, hay que hablar de renovación, de entusiasmo... Cada Papa trae a la Iglesia un impulso nuevo que responde a su carisma y a la providencia de Dios. Él sabe muy bien qué necesita la Iglesia en cada momento y nos manda al hombre que mejor puede actuar según sus designios. Todos los Papas han supuesto una gran novedad: de Pío XII a Benedicto XVI.

–¿Qué aporta de manera singular este Papa?

–Una cercanía, autenticidad y una capacidad de adivinar lo que los fieles están esperando y necesitando. Está impulsando una renovación espiritual dentro de la Iglesia, una renovación misionera cuyo éxito depende de nosotros más que de él. La Iglesia que quiere renovar el Papa somos nosotros. Si nos dejamos renovar, todo seguirá adelante.

–Así lo muestra en la «Evangelii Gaudium»...

–En la exhortación se puede ver su nuevo estilo. Es muy personal, práctico, refleja las preocupaciones y el deseo de autenticidad y de acercamiento a la problemática real de las muchas buenas personas que hoy viven angustiadas. Las encíclicas y las exhortaciones de los demás Papas eran más doctrinales. Las de Francisco han sido como una conversación, una catequesis práctica, como si tuviera a un grupo de cristianos delante. Tiene el don de personalizar sus intervenciones: habla delante de 100.000 personas y la gente tiene la sensación de que está hablando personalmente de cada uno, porque se acerca mucho con la mirada y es muy persuasivo en sus gestos, en la expresión del rostro. Todo expresa la sinceridad de su corazón.

–Este aire fresco no es bien visto en algunos. ¿Los hay más papistas que el Papa?

–Siempre hay quien se quiere aprovechar de las circunstancias. Es evidente que los gestos de apertura, misericordia y humanidad que Francisco hace, desde algunos puntos del laicismo, son interpretados como si diera la razón doctrinalmente a los disidentes. Si el Papa dice que hay que tener misericordia con los divorciados o con los homosexuales, interpretan que está defendiendo la homosexualidad, pero es una manipulación del magisterio del Santo Padre.

–En referencia a los divorciados, sí ha expresado su voluntad de buscar una salida...

–La situación se resuelve confesándose y volviendo a la vida santa de la Iglesia. El Papa ha mostrado compasión, deseo de acercamiento, de hacerse cargo de lo que una persona en esas condiciones puede estar sufriendo. Pero la solución no está en que cambie la Iglesia, sino en ayudar a cambiar a aquel que se marchó de la Iglesia.

–Por su trayectoria uno percibe que se ha sentido libre y ha sido valiente a la hora de expresar sus ideas: en Pamplona, en la Conferencia Episcopal... ¿Le ha pasado factura?

–Facturas que no se puedan pagar, no... Alguna que otra me ha llegado, pero en todos los sentidos. Hay gente que me lo agradece, otros que se sienten molestos y me dan un poco la espalda. Vaya lo uno por lo otro. No tengo la sensación de ser especialmente valiente. Siento el compromiso de que, cuando uno habla, es para decir algo que sea verdadero. Sí he tenido la preocupación de no dejarme influir por el eco de mis palabras, he tratado de decir siempre lo que mi conciencia y en la presencia de Dios me parece que es la verdad dicha con sencillez, con respeto, con amor y con ganas de hacer el bien. Sólo la verdad sana. Salir al público para decir algo que no es verdadero es estropear más la situación.

–Pero plantarse en Navarra, en plena oleada de atentados y asegurar ante los obispos vascos que estaría junto a las víctimas y que oficiaría todos los funerales, tiene su riesgo...

–Era ir contracorriente, pero estaba ligado a mi significación. Ante un atentado, tenía que estar cerca de las víctimas. Eso requería estar al lado de las familias, consolarlos y luego presidir la eucaristía.

–¿Cómo ve la resolución sobre la «Parot»?

–Es complicado, porque, a mi juicio, la «doctrina Parot» es un parche que viene a remediar de mala manera las deficiencias de nuestro Código Penal. Los políticos tendrían que haber actuado de tal manera que la «doctrina Parot» no fuera necesaria y los asesinos tuvieran las penas justas y correspondientes a sus delitos sin necesidad de que los de Estrasburgo tengan que decirnos lo que tenemos que hacer en nuestra casa.

–Como secretario general del Episcopado español, estuvo al frente de la negociación de los acuerdos Iglesia-Estado. ¿Es posible repetir esa escena hoy?

–Si estuviera en las mismas condiciones, intentaría hacerlo. Recuerdo que cuando tuvimos una entrevista con Don Gabino Díaz y yo con los dirigentes del PSOE en la víspera de que viniera Juan Pablo II a España, Alfonso Guerra muy solemnemente dijo: «¿Se dan cuenta de que esta es la primera vez que se sientan alrededor de una mesa los dirigentes de la Iglesia y del partido socialista?». Teníamos el peso de la guerra y del anticlericalismo secular y comenzó a solucionarse. Poco a poco íbamos buscando respuestas a los problemas. Ahora, con otras dificultades, también hay que intentarlo y estoy seguro de que mis compañeros que están en la Conferencia Episcopal lo han hecho. No creo que los socialistas de ahora sean más inasequibles.

–Algunos están pidiendo precisamente un cambio de dichos acuerdos...

–Lo han pedido siempre. Los acuerdos Iglesia-Estado están vigentes, aunque suelen echar mano de la misma amenaza: «Que los denunciamos». Pues que los denuncien. No se necesita nada más que el Gobierno respete de verdad la libertad religiosa. Los acuerdos son simplemente un refuerzo de este derecho, pero no dan ningún privilegio.

–Ha dado con la palabra clave: «privilegio» asociado a la Iglesia.

–Privilegios son las subvenciones que tienen los partidos y los sindicatos, muchos más que los que dicen tener la Iglesia. Por desgracia, hay quien se divierte dándole pataditas a la Iglesia. Para bien de España, la izquierda española debe reconocer la libertad religiosa de una vez, la historia católica de este país y que nos considere a los católicos ciudadanos comunes de la sociedad española a los cuales hay que atender con la misma solicitud que a los demás.

–Usted ha vivido en primera persona la Guerra Civil, el franquismo, la Transición... ¿Cómo anda de salud nuestra democracia?

–No estoy en condiciones de responder a eso, pero sí puedo decirle que considero que es muy importante para la solidez de la democracia que desaparezca el resentimiento contra la religión: que vivamos sinceramente el artículo 16 de la Constitución. Hay millones de católicos que se sienten heridos cuando algunos partidos les niegan la plena ciudadanía y la libertad de vivir de acuerdo a sus convicciones.

–Alguno de esos partidos le dirán que viva su fe en la intimidad...

–Y en público. ¿Quién ha decretado que la religión es sólo para la vida privada? Eso es imposible: la religión configura la vida en todos sus ámbitos. Nos vendría muy bien a todos que muchos de los que están en la vida pública tuvieran una conducta más católica. La doctrina de la Iglesia prohíbe mentir y prohíbe robar. Si ningún político mintiera ni robara, la nación iría mucho mejor.

«La Iglesia española se ha olvidado demasiado de Tarancón»

–Al repasar su trayectoria, resulta indispensable el cardenal Tarancón...

–Lo tengo siempre muy presente en mi recuerdo. Cuando me hicieron cardenal pensé que él se habrá alegrado en el cielo. Él tuvo mucho interés en que yo llegara a ser obispo y me enseñó cómo funcionaba la vida de la Iglesia. Al hacerme cardenal a mí, que trabajé tanto con él, de alguna manera supone reconocer su liderazgo en la Iglesia de España en unos años muy difíciles, de los que salimos medianamente bien.

–¿Cree que la Iglesia española de hoy se mira en su reflejo?

–La Iglesia española se ha olvidado demasiado del cardenal Tarancón, aunque eso es inevitable por el relevo generacional. Pero no podemos obviar que el esfuerzo tremendo que significó reorientar la Iglesia de España según las enseñanzas del Concilio Vaticano II lo impulsó él dolorosa y fielmente, acompañado de muchos obispos, sacerdotes y cristianos. Él estaba en un punto clave y le tocó la gloria y el dolor.

–Usa el término «dolorosísimo». ¿Fue difícil esa tarea dentro de la Iglesia?

–Recuerde aquel grito terrible de «Tarancón, al paredón». Lo decían católicos. Eso fue muy doloroso para él porque se sabía expuesto. Pero, aun así, fue posible salir hacia adelante.

–Como colaborador, ¿cómo lo vivió?

–Era complicado, porque llevaba consigo mucha responsabilidad. Aun así, lo viví con mucha naturalidad, tranquilidad y sencillez, porque no me daba cuenta de la importancia de lo que estábamos haciendo.

–En estos años escuchamos de forma repetida la llamada a recuperar el espíritu de la Transición.

–Eso se dice más en clave política que en clave religiosa. Los políticos y la sociedad se han olvidado bastante de la contribución de la Iglesia a la Transición pacífica y reconciliada que vivimos. La Iglesia apostó decididamente por el reconocimiento de los derechos civiles de los españoles para que fuera posible aquel milagro de reconciliación que hoy estamos echando a perder un poco entre todos.

–¿Teme que le hagan la pelota en la Conferencia Episcopal ahora que es un purpurado respaldado por Francisco?

–No lo creo, porque no tengo poderes especiales para nada.

–A lo mejor le escuchan más...

–Si me escuchan más y yo digo cosas buenas, será un bien. Procuraré rentabilizar este nombramiento para bien de la Iglesia y de España, para servir mejor al Señor y para ganarme su misericordia.