La vida sin Julen un año después: «Aún oigo a mi niño llorar»

Hace un año que el pequeño Julen Roselló cayó a un pozo en Totalán y mantuvo en vilo a medio mundo durante 13 días de agónico rescate. Su padre recuerda cómo vivieron aquellos momentos

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Ya habían experimentado el dolor más brutal al perder en 2017 a su hijo Oliver cuando solo tenía tres años, pero cómo iban a esperar que la vida les tenía preparado otro zarpazo, acompañado, además, de una agónica espera. Mañana se cumple un año desde que el pequeño Julen Roselló, aquel niño de dos años que robó el corazón a toda España, cayera a un pozo ilegal de 110 metros de profundidad y solo 25 centímetros de anchura en una montaña de Totalán (Málaga). Comenzaron entonces 13 días de angustioso rescate que sus padres, Vicky y José, apenas recuerdan ahora en una nebulosa a causa del estado de shock y la medicación que les recetaron. Medio mundo estuvo pendiente de la que calificaron como la mayor obra de ingeniería civil realizada –aunque no lo pareciera– a contrarreloj y donde se removieron 40.000 toneladas de tierra, se rebajaron 30 metros de ese dichoso cerro de la Corona, participaron decenas de empresas de forma altruista y cientos de profesionales se dejaron la piel y el alma durante jornadas maratonianas: guardias civiles, bomberos, psicólogos, ingenieros y los famosos mineros asturianos hasta que a la 1:25 horas de la madrugada del 26 de enero llegaron, por fin, hasta el cuerpo del pequeño. Sus padres recuerdan ahora lo duro que fue ese momento aunque «por dentro» únicamente era una confirmación a lo que ya sentían. «Yo en cuanto dejé de escuchar a mi niño llorar dentro del pozo, me dio un pellizco el corazón», explica José Roselló, que recuerda aquel fatídico día en el que el plan inicial solo era comer una paella en la finca que acababa de comprar el novio de su prima. «Al llegar, el único peligro que vi era que mi hijo cayera por un terraplén, por eso lo tenía dentro de la zanja, porque ahí estaba seguro y sabía que no podía salir. Yo iba con él andando por ella y vi un palo en el suelo. Lo cogí y me di la vuelta para echarlo a la candela. Entonces oí “¡el niño, el niño!”, y mi instinto fue salir corriendo para que no saliera de la zanja, no que se hubiera caído a un agujero». «Me eché al suelo y mi niño estaba atascado en los primeros metros porque yo lo escuché llorar. Le dije: “Julen, tranquilo porque papá está aquí y el hermanito nos va a ayudar”. Intenté escarbar con las manos hasta que me las reventé. Luego dejé de escucharle. Llegaron los senderistas, llamaron a la Guardia Civil y lo único que recuerdo ya son cabezazos contra las piedras».

«Me buscas la ruina»

En esos primeros instantes de pánico y caos a su alrededor, José asegura tener «grabado a fuego» lo que David Serrano, pareja de su prima y propietario de la finca, le dijo: «Por favor, di que estaba tapado, que me buscas la ruina». «Él mismo ya asumía la culpa, pero luego ha cambiado varias veces de versión: primero era culpa del pocero, luego de los bomberos y después de nosotros». Serrano es el único imputado en la causa y se sentará en el banquillo el próximo día 21 acusado de homicidio imprudente. «Lo que le ha pasado es que la palabra homicidio se le ha hecho grande. Mi opinión la sabe todo el mundo, es que es evidente: que eso fue un accidente. Pero si yo digo que el responsable era él, a saber qué hubiera pasado. Todavía le doy muchas vueltas a la cabeza porque yo sigo escuchando a mi niño llorar, aunque no sabía que estaba eso ahí (el pozo) ni cuanto medía». Aunque la pareja trata de quedarse con la parte positiva de la tragedia por la oleada de solidaridad y el cariño de la gente que siguen recibiendo (les continúan enviando regalos desde distintas partes del mundo), es cierto que también han vivido un año muy duro no solo por la pérdida del niño. Acaban de pasar las peores Navidades de su vida, vieron cómo salía absuelto un individuo que se mofó de la tragedia en Twitter haciendo chistes sobre Julen y han comprobado «hasta dónde llegan las mentiras de los políticos». «Cuando todo esto acabe, voy a hablar y a más de uno le van a temblar las piernas», advierte José. «El alcalde de Málaga, por ejemplo, nos dijo que nos iban a ayudar con un kiosco para que podamos trabajar, pero nadie se ha puesto en contacto con nosotros y yo no voy a ir a recordárselo. Que quede en la conciencia de cada uno». Su mujer tampoco le recuerda con cariño del día del entierro. «Decía “Aquí está todo pagado”. Y mi madre le dijo: “No, no. Ya lo estamos pagando nosotros”». «También nos iban a dar un piso de protección», apunta José. Pero nada de eso ha llegado y la pareja se ha mudado a otra zona de El Palo, la barriada de Málaga donde siempre han vivido, gracias a una ayuda del Ministerio de Vivienda «concedida antes de que pasara todo esto», donde pagarán un alquiler reducido durante los tres primeros años. Por eso a Vicky, que no le renovaron en el McDonalds donde trabajaba cuando le cumplió el contrato, le urge encontrar trabajo. «Por mí empezaba mañana mismo, donde fuera», asegura, aunque de momento sigue en el paro.

«No era el niño de todos, era el mío»

Pero de las cosas que más les ha molestado ha sido la publicación de un libro por parte de la directora de comunicación de la Delegación del Gobierno en Andalucía, Ana López, titulado «Julen, el niño de todos», del que no tenían conocimiento que se estaba preparando. La pareja se muestra molesta porque alguien a quien no conocen «de nada» y que no se ha molestado ni en hablar con ellos, trate de lucrarse con su caso sin, ni siquiera, avisarles al menos de que lo iba a editar. Vicky, además, se muestra indignada con el título: «Que todos estaban pendientes, vale. Pero, ¿cómo que el hijo de todos? ¡Era el mío!». José, que ha leído el libro, matiza: «Es que, además, menos cuatro cosas del caso, todo el libro es política». La principal «mentira» del ejemplar, según José, es que se enteraban de todo de primera mano y por los responsables del rescate. «Mentira. Yo me enteraba de todo por la Prensa, porque lo miraba en el móvil». Los padres de Julen tuvieron la sensación de que muchos políticos subían allí para salir en la foto: «Gómez de Celis –entonces delegado del Gobierno en Andalucía– ni me miró a los ojos. Juanma Moreno, el primer acto que hizo fue ir allí. Y a mí, en las condiciones que estaba, me dijeron: “Perdona, ¿puedes salir a recibirlo?’’. Me salió del alma la respuesta: “¿Pero tú eres tonto?”». La tensión vivida durante aquellos días y el cansancio que se iba a acumulando hicieron mella en la pareja, que veía atónita cómo la Guardia Civil buscaba con los perros por el campo. «Segunda mentira del libro: dice que los investigadores siempre barajaron que el niño estaba en el pozo. ¡Pero si yo veía cómo pasaban los perros por el campo!», confiesa José, que sintió que los investigadores «pensaron que tenían un caso como el del niño Gabriel y eso a mi me ponía negro». El padre de Julen destaca lo rudimentario de los medios que se pusieron los primeros días y recuerda «cómo un bombero me lloraba porque necesitaba una cámara Go-Pro y yo pensaba: ¿En serio no hay presupuesto para una de esas? ¡Que yo vi con mis ojos que lo primero que bajó ahí era un móvil con linterna atado a una cuerda!». José recuerda además lo angustioso que fue para ellos el error de cálculo sobre la estimación del rescate. «Vinieron muchas eminencias, pero todo el rato me decían que quedaban 24-48 horas. Al día siguiente otra vez: 24-48 horas. Y así 10 días». Desgraciadamente, nada se podía hacer ya por salvar al pequeño Julen porque, según revelaría la autopsia más tarde, murió durante los primeros minutos tras su caída a causa de un severo traumatismo craneal. De todos esos momentos de locura se quedan con el cariño de la gente de Totalán (su alcalde ha declinado hacer declaraciones) y de ayuda, como la que les brindó Juan José Cortés, el padre de Mariluz, que recuerda «con mucho dolor» aquellos días. La pareja vive ahora el duelo de forma diferente. Mientras Vicky acude casi a diario al cementerio, a José no le viene bien pisar por allí y ha rehusado la terapia psicológica. «Solo fui un día: me dijo que únicamente podía darme apoyo moral y para eso ya tengo a mis amigos y mi familia». Se siente más cómodo en casa, con Leyton, un cariñoso perro PPP y con todas las fotos de sus hijos que han transformado en un altar el salón de casa.