«El pánico está generado por la mente y no ayuda a afrontar los desafíos»

Así lo afirma el cirujano y escritor Mario Alonso Puig en una entrevista para LA RAZÓN

La vida en tiempo de coronavirus requiere mirar con otros ojos, ser más comprensivo y paciente y sobre todo más empático. Más aún en las relaciones de pareja, puestas a prueba por las demasiadas horas compartidas, la falta de espacio, la incertidumbre y hasta los hijos.

«Esta es una maravillosa oportunidad para desarrollar esa capacidad de empatía, que necesita ser fomentada», asegura Mario Alonso Puig. Y es solo una de las muchas y estupendas recomendaciones, que nos ofrece en esta entrevista. Pasen y lean.

–¿Y cómo se desarrolla esa empatía en pareja?

–La empatía pasa fundamentalmente, primero, por la humildad de reconocer que uno no está viendo toda la verdad y que no está ni siquiera en el momento más adecuado para apreciar parte de esa verdad. Y en segundo lugar, el deseo o la decisión no de juzgar a la otra persona sino de intentar comprender su sentir, lo que necesita. Muchas veces esta simple actitud de conocer en lugar de juzgar hace que la otra persona se tranquilice y nos pueda decir cómo lo está pasando. Y los dos salen beneficiados. Pero tenemos que entrenarnos porque la escucha no es una cosa habitual en las relaciones humanas y es siempre bastante más fácil juzgar que intentar comprender.

–A veces, el miedo imposibilita la comprensión. ¿Podemos contenerlo en estos días de incertidumbre?

–Hay un miedo en el ser humano que es absolutamente imprescindible, que es el reconocimiento por parte de estructuras cerebrales –fundamentalmente lo que se llaman los núcleos amigdalinos– de que hay un peligro para nuestra integridad física. Ese peligro puede aparecer en forma de un depredador o de un virus. Estamos hablando de un virus peligroso. Es normal que tengamos miedo. El problema, como en casi todo, está en la dosis. Cuando la dosis de miedo supera un nivel determinado se convierte en pánico. El pánico está generado por la mente y no ayuda a afrontar los desafíos.

–¿Hay herramientas para evitar el pánico al COVID-19?

–Primero hay que ir al cuerpo. Allí se expresa tanto el miedo biológico como el mental. Cuando se nota que el cuerpo está tenso, la cabeza no rige correctamente y la respiración está alterada, hay que buscar la serenidad física, respirando con tranquilidad y buscando cinco minutos de aislamiento. Si no se serena el cuerpo no se puede serenar la mente, por una serie de mecanismos biológicos. Hay que buscar fuentes fiables en la marabunta de información, para obtener la visión más objetiva de la situación. En tercer lugar hay que plantearse cuál es el paso más efectivo que puedo dar para protegerme y proteger a los demás. Si hacemos esas tres cosas, calmar el cuerpo, buscar fuentes fiables de información y hacernos esa pregunta, dejaremos de darle vueltas a si nos tocará o no nos tocará, cómo acabará o dejará de acabar...Con esto no conseguiremos que la situación se haga fácil, pero sí posible de gestionar. De la otra manera no lo es. Y lo que no queremos ante un desafío de la envergadura de la pandemia es quedarnos encima sin recursos mentales, fisiológicos y anímicos para hacerle frente.

–Parece que en estos días nos creemos más los bulos.

–La mente humana tiene una serie de desviaciones patológicas muy marcadas. El hemisferio cerebral izquierdo, que es la base de la autoconciencia, no soporta los huecos de información y necesita llenarlos, para ello utiliza la confabulación, que es un proceso muy estudiado desde la época de Freud y Jung, donde el hemisferio izquierdo, rellena los huecos de información con cualquier historia que sea creíble. En un momento de tanta tensión e información muy contradictoria la mente intenta rellenar sus huecos y toma como verdades de manera automática los bulos, mientras la historia y la narrativa sean factibles. Además, la mente se quiere creer lo que se quiere creer. San Juan decía: «La verdad os hará libres», pero no añadió que muchas veces es dolorosa. Para que la mente no tenga que rellenar demasiado lo fundamental es tener la mayor información objetiva y testada.

–¿Ser positivo es decir a todo que sí y no ver ni señalar las cosas que se hacen mal?

–Una cosa es ser positivo y otra ser ingenuo. La persona positiva no es la que se aleja de los problemas y no los quiere ver, sino la que se fija en ellos y da más peso a las soluciones. Si hay un problema y no se está tratando de forma adecuada, ser positivo es ir a buscar la solución mejor a ese problema y no poner una sonrisa y decir que no pasa nada. No me parece que haya una contradicción entre llamar la atención sobre las cosas que no se están haciendo bien para que se hagan y, a su vez, tener una voluntad de ayudar a resolver el problema. Hay que marcar la diferencia. Ser positivo no es estar dormido y pensar que del problema ya se ocuparan otros.

–¿Cómo será la vuelta a la normalidad?

–No volveremos al mundo como estaba. Hay un principio que tiene que ver con lo que se llama estructuras disipativas, según el cual, cuando un sistema es golpeado con enorme potencia por algo externo, necesita pasar a un nivel de adaptación o el sistema se destruye. No sabemos lo que va a ser la «nueva normalidad». Pero la historia del ser humano está plagada de fracasos y errores. Por ambos se paga un alto precio, pero del error se aprende y del fracaso, no. Si nosotros aprendemos cómo mejorar las instituciones, las relaciones, cómo ser gente más cercana, más abierta, más emprendedora…, habremos pagado un alto peaje, pero iremos a un mundo mejor. Si no, volveremos a tener algo, no sé si una pandemia o qué, hasta que nos demos cuenta de qué podemos hacer para mejorar.