Las virtudes de la unidad

Es un buen momento para revitalizar la política, su utilidad social, sus líderes, y el mundo parlamentario. O quizá para todo lo contrario

AUMENTAN LAS PROTESTAS CONTRA EL GOBIERNO DE PEDRO SÁNCHEZ EN LA PUERTA DE LA SEDE DEL PSOE DE MADRID
Un hombre sostiene una bandera de España durante una manifestación frente a la sede del PSOE en MadridOscar J. Barroso / AFP7 / Europa Press Oscar J. Barroso / AFP7 / Europa

Todo sabemos que no es la primera vez que la Humanidad se ve azotada por la plaga de un virus que conquista la categoría de pandemia. Pero también es cierto que gracias a la globalización y a la capacidad de traslado que hemos adquirido en la contemporaneidad, es la primera vez que la velocidad del contagio ha alcanzado unas proporciones tan vertiginosas. Tanto que realmente puede hablarse sin miedo a error de un verdadero apagón planetario alcanzado en menos de tres meses. Estamos, pues, ante un inesperado momento de excepcionalidad histórica que ha provocado en el mundo un verdadero estado de hibernación colectivo que viene a demostrar lo que siempre hemos sabido y nunca hemos querido prevenir de verdad: la permanente vulnerabilidad de los humanos ante las fuerzas de la naturaleza.

España está siendo uno de los países más azotados por este nuevo jinete de la Apocalipsis. Tiempo habrá para analizar el porqué, pero ahora toca derrotarlo con todas las armas a nuestro alcance para impedir que vuelva a presentarse en nuestras vidas o que si lo hace estemos preparados para que no las paralice nuevamente. Por fortuna, un Estado y una sociedad moderna como la nuestra tiene variadas armas para el combate. No imagino ninguna de ellas que no se haya puesto en funcionamiento por parte de las diversas autoridades.

Armas que están en las manos ejecutivas de un ejército de héroes que son quienes están demostrando en primera línea de combate cuán imprescindibles resultan para mantener nuestra vida cotidiana. La lista es afortunadamente muy grande y no quisiera ahora dejarme a nadie sin su merecido homenaje. Dos me parecen cuando menos imposibles de no mencionar. Primero: la gran responsabilidad cívica que está demostrando la sociedad española al hacer caso de forma mayoritaria de las exigentes recomendaciones de las autoridades. Y segundo: aquellas personas que hacen posible que nosotros estemos confinados y que nuestros enfermos puedan ser atendidos para minimizar las funestas consecuencias del ataque biológico.

Sin embargo, hay algo que nos está faltando gravemente: la unidad. Un arma sin la cual todas las demás pierden eficacia para detener la infección viral y, sobre todo, para saber salir de ella con nuestra calidad de vida prontamente recuperada. Una unidad por la que estoy seguro que clama casi toda la sociedad española al margen de la ideología de cada cual. Que reclaman quienes combaten en los hospitales, fumigan residencias, controlan a los incumplidores, transportan mercancías indispensables, elaboran nuestros alimentos, despachan en tiendas y supermercados, nutren de noticias, entierran a nuestros muertos…. Los balcones de España aplauden al margen de las ideologías. Y lo hacen para rendir pleitesía a los “imprescindibles” pero también para darse fuerzas y ánimos sin preguntarse a quien votan.

Entre ellos hay gentes afines a los diversos partidos del arco parlamentario, pero estoy seguro que casi nadie comprende por qué en estos momentos sus máximas autoridades no son capaces de alcanzar una unidad de acción contra el común enemigo biológico y para salir airosos lo antes posible de esta contienda desigual a la que nos está sometiendo la pandemia. Cuesta entender que no se pongan en cuarentena las banderizas politicas para poder minimizar las brutales consecuencias económicas y sociales que a todos nos esperan. Cuesta entender que no vean que su desunión todavía angustia más a la ciudadanía.

Y no será porque la necesaria unidad practicada por supuesto con generosidad, lealtad y espíritu de estadista no tenga virtudes. Todos los lectores saben cuáles son. Permitanme recordar al menos cuatro que se me antojan las más evidentes e importantes. Primera: ante una situación tan dramática y excepcional se necesita que la necesaria unidad del pueblo venga acompañada (incluso me atrevería a decir que inducida) por la obligatoria unidad de sus dirigentes.

Si se desea pedir a la ciudadanía que se mantenga unida en los sacrificios, necesitamos que nuestros políticos demuestren que son capaces de entenderse en la búsqueda de las mejores soluciones. Ninguna de ellas será definitiva ni estará exenta de errores, porque ante un fenómeno como el actual nadie puede presentarse con la cualidad de ser infalible. Pero al menos sabremos que se están proponiendo con el consenso mancomunado de nuestros líderes para la reconstrucción de España.

Eso no significa que no haya diversas ópticas y diferentes alternativas, sino que lo que debe hacerse es propiciar la reflexión serena y ecuanime en torno a las posibles propuestas y luego demostrar unidad de acción en el momento de realizarlas. Y, sobre todo, asumir las posibles equivocaciones de una manera solidaria y resolviendo las críticas de forma reservada. Sin reproches parlamentarios, sin redes sociales inducidas, sin aplaudir editoriales incendiarios, sin buscar el rédito electoral para después de una victoria en la que nos quedará un campo de batalla con miles de muertos, millones de parados, un 9% menos del PIB, un déficit público del 10% y una sensación de fragilidad civil que puede afectar incluso a algunos de los valores que creíamos arraigados en el funcionamiento de nuestra sociedad democrática.

La segunda virtud es que si queremos pedirle amparo a la Unión Europea, y además le exigimos con toda razón que se muestre unitaria, generosa y solidaria en su respuesta, me parece muy mal ejemplo el ofrecer una imagen de división y enfrentamiento en España. Si deseamos tener fuerza en Europa en estos momentos, es imprescidible mostrar en nuestro país la fortaleza política que da el consenso y la unidad. Creo que ver a todos los eurodiputados españoles actuar al únisono sería una imagen impagable y de una gran robustez política para la defensa de nuestras posiciones.

La tercera virtud es que la unidad ayuda a una mejor coordinación de las diferentes administraciones, demostrando que el Estado de las Autonomías es un acierto, que cuando nuestra Constitución proclama unidad con diversidad no se equivoca, que autonomismo no es sinónimo de fuerzas centrífugas sino que también entiende de solidaridad entre las regiones y nacionalidades de España. Que España y las Españas son compatibles a la hora de mantener un Estado que trate a todos sus ciudadanos con los mismos derechos.

Necesitamos decisiones rápidas, consensuadas, fuera de la lucha partidista y con una ejecución eficaz y bien coordinada. Y necesitamos eso porque debemos estar preparados para si es el caso que la crisis vuelva. Entonces debe encontrarnos bien preparados. Por favor, tomemos todos buen ejemplo de la unidad existente en la mayoría de nuestros ayuntamientos.

Y la cuarta virtud es de orden sistémico: no creo que haya otra oportunidad mejor para que los partidos políticos refuerzen su credibilidad social y la del sistema democrático. Pienso que algo que viene revindicando a voces la sociedad española, que dicho en roman paladino es que no se peleen tanto y que se entiendan más los políticos, tiene ahora una oportunidad de oro para llevarse a cabo.

No se trata de una forzada unanimidad, sino que los ciudadanos necesitan comprobar que la democracia es un sistema de protección de las libertades capaz de resolver con solvencia las grandes catastrofes a las que la Humanidad está y estará siempre sometida. Ahora no es el momento de que los partidos políticos desconfien entre ellos, sino de que aparquen diferencias y que no busquen salir de todo esto siendo los primeros de la fila. Estamos, aunque no lo parezca, ante un buen momento para revitalizar la política, su utilidad social, sus líderes, la administración pública y el mundo parlamentario. O quizá para todo lo contrario.

Necesitamos la fortaleza de la jefatura del gobierno, pero sobre todo precisamos un sólido liderago compartido por todos nuestros principales dirigentes para trazar unos objetivos que sean apoyados por una gran mayoría social. Lo que sobran son combates efectistas en busca de réditos demoscópicos o que las huestes propias digan que somos los mejores porque hemos vapuleado al contrario político. Necesitamos sumar y no restar porque la normalidad tardará mucho en volver y no podemos errar en cómo conseguirla. Necesitamos, en definitiva, de la buena política para de forma unitaria (que no acrítica) salir todos juntos hacia el día después de la pandemia en el que vamos a ser menos, más pobres y más vulnerables.

El pacto por la unidad se lo debemos a nuestras propias vidas y sobre todo a las generaciones venideras que no deberían podernos reprochar que no estuvimos a la altura de las circunstancias históricas más graves desde las guerras mundiales. Por favor, señoras y señores políticos, tengan suficiente temor por el futuro que se nos viene encima como para buscar la mejor fórmula para hacer efectiva una unidad de acción que los españoles demandamos y exigimos. Y tengan la absoluta certidumbre de que la inmensa mayoría pensamos que pactar la unidad no es rendirse, es vencer.