Sí, ver Netflix también contamina

El ambientólogo Andreu Escrivà explica en su libro “Y ahora yo qué hago” cómo combatir el cambio climático sin volverse loco

El libro de Andreu Escrivà “Y ahora yo qué hago” (Capitán Swing) tiene un subtítulo sugerente: guía rápida para evitar la culpa climática y pasar a la acción. Como si últimamente no tuviéramos ya que cargar con suficientes patologías, al parecer hay una relativamente nueva. La ecoansiedad es la neurosis que te produce escuchar tanta información apocalíptica sobre el calentamiento global, tanta que te abruma y sientes que no puedes hacer nada. Te paralizas y acabas cogiendo el mando para evadirte, por ejemplo, con tu último hallazgo de Netflix. Que, por cierto, también contamina. Pero no todo está perdido, con mucha pedagogía y algo de humor, Escrivà nos explica cómo aportar nuestro granito de arena sin perder la cabeza.

-¿Qué es eso de la ecoansiedad?

-Es el agobio que nos entra cuando pensamos que no podemos hacer nada ante algo tan grave como el cambio climático. No sabemos por dónde tirar y nos bloqueamos. Todo lo que oímos al respecto es negativo y, a largo plazo, las perspectivas son aún peores. Nos sentimos insignificantes y desorientados. En este sentido, a mí el libro me ha servido de terapia. Algunas veces uno sabe lo que tiene que hacer y se pone excusas porque cree que no va a servir para nada y se justifica diciéndose que ya tiene mucho encima...

-Dice que el ecologismo se ha equivocado caricaturizando a los negacionistas.

-Claro, mucha gente ha reforzado su identidad de ecologista haciendo burla a los que rechazan el cambio climático, sobre todo porque se asocia a la derecha, sobre todo en EE UU. Eso es un error. Si en lugar de explicárselo sólo te ríes de su postura, lógicamente se defienden y se radicalizan.

-Pero es que suenan tan convincentes a veces...

-Tiene razón, los negacionistas saben pulsar bien los resortes humanos, los sesgos, y apelar a la incertidumbre, que, por otra parte, es un concepto que para un científico no significa lo mismo que para un ciudadano normal. Desde luego, muchos son excelentes comunicadores, cosa que algunos científicos no, y saben debatir.

-¿Me dice algunos argumentos irrefutables para sacarlos en la próxima discusión?

-Un dato irrefutable, por ejemplo, es que desde que nací hace 38 años los días de calor de más de 32 grados en Valencia se han duplicado. Todos los termómetros no pueden estar equivocados. Ha habido pueblos, por ejemplo Batea, en Tarragona, que han tenido que adelantar sus fiestas de agosto para que no coincidieran con la vendimia, que solía ser en septiembre e incluso en octubre. Yo cuando leí que el verano se había ampliado cinco semanas desde los 80 no me lo creía, pero cuando echas la vista atrás te das cuenta. Tenemos una memoria meteorológica muy corta, de unos cinco años, y acabamos normalizando todo. Otro dato: si has nacido después de 1976, no has visto nunca un mes más frío que la media histórica.

-Usted dice que el cambio climático afecta más a la paella que al oso Polar.

-Es una forma de acercar el problema, pero es verdad que el arroz es un cultivo que se puede ver afectado por el calentamiento global y que también emite mucho metano. Las gambas rojas, los mejillones, las verduras que añadimos... todo es susceptible de sufrir las consecuencias. Por eso digo que el cambio climático también afecta a la paella.

-También le he oído que la plataforma Netflix no es un producto sostenible.

-Critico algunas noticias que aparecen en algunos medios y dicen cosas como que ver Filmin o enviar un correo electrónico contamina, pero la realidad es que la vida digital contamina. Creemos que todo está en la nube, pero no olvidemos que hace falta una base física para todo ello, extraer minerales, agua, energía... Es verdad que ver una serie no es un acto neutro en carbono, consume recursos, pero no hay que criminalizarlo. Si le dices a alguien que todo lo que hace está mal, dejará de hacer las cosas bien. La vida tampoco está hecha para contar gramos de CO2. Si ver Netflix te hace sentir mal, entre el calentamiento global y Netflix, elegirás Netflix.

-Algunos casi confiábamos en que la pandemia hubiera arreglado las cosas, con todos esos animales libres por las ciudades.

-El confinamiento no solo no ha sido positivo, sino que ha perjudicado el calentamiento global. Es verdad que, de pronto, oíamos los pájaros y que el cielo se veía limpio. Pero no estaba mejorando. Muchas de esas imágenes, como la de los cisnes rosados en un canal de Venecia, eran montajes. Parte del movimiento ecologista incluso trató de que circulara el mensaje de que el virus somos los hombres porque cuando nos metemos en casa la naturaleza mejora. Lo que de verdad mostró la pandemia es lo limitado de las herramientas de que disponemos en esta lucha. El 7 de abril fue el día que más bajo la emisión de CO2 en el mundo, un 17% respecto al mismo día del año anterior. En la crisis de 2008 bajó un 1,5%, pero es que aquel 7 de abril prácticamente el mundo entero estaba parado y, aun así, se siguió emitiendo el 80% de gases de efecto invernadero. Así que no hay duda: tenemos un problema.

-Qué lejos quedan los días en los que la calle de Alcalá olía a jazmín, como dijo Guillermo Fesser en este periódico.

-En China ya se han rebasado los niveles anteriores de la pandemia. Además, durante el confinamiento aumentó mucho la deforestación, hasta un 77%. Cuando a la gente le cortas su método de subsistencia, se va al bosque para coger madera con la que calentarse. También se incrementó notablemente la caza furtiva. Además, si la única forma efectiva que tenemos de luchar contra el calentamiento es encerrarnos en casa, nadie se va a apuntar.

-¿Si solo pudiera hacer tres cosas, cuáles me recomendaría?

-Primero, hablar sobre cambio climático. Es de las acciones más transformadoras. Igual que estamos todo el día analizando las pensiones o el tema de Cataluña, podemos intercambiar consejos o acciones que realizamos en nuestro día a día para luchar contra el calentamiento global. Lo segundo es poner el énfasis en reducir el consumo a lo indispensable antes que pensar qué hacemos con los residuos. Hay que hacer durar todo el mayor tiempo posible. Es más ecologista remendar unos pantalones que comprar unos ecológicos. Por último, hay que luchar por controlar nuestro tiempo. Tenemos una sensación de falta patológica que nos hace ir corriendo de un sitio a otro y empeora nuestros hábitos.