Como los dos leños de la cruz

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Como los dos leños de la cruz
Como los dos leños de la cruzlarazonLa Razon

Lectio Divina del evangelio de este domingo XXX del tiempo ordinario

“¿Y cómo me puede llenar algo que no puedo coger?”, preguntó un chico a un joven amigo mío después de escuchar su testimonio de fe. Este narraba con sencillez y alegría cómo colma su vida el vivir como cristiano coherente, orando y celebrando los sacramentos, manteniendo su pureza de cuerpo y alma, sirviendo a cuantos puede y viviendo sin disimulos lo que cree. Estas palabras suscitaron en su oyente el deseo de volver a la misma fe que estaba dejando perder, porque había encontrado a alguien que se lo hacía gustar con su propia vida. Al darse cuenta que lo que colma nuestros anhelos es mucho más que lo que podemos coger y manipular a nuestro antojo, volvían a encajar todos los fragmentos en que venía dispersándose su vida. Esta unificación personal, que nos hace encontrar armonía y sentido en cuanto somos, brota del centro mismo del mensaje de Cristo, sintetizado por siempre en el evangelio de hoy:

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Él le dijo: «"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente". Este mandamiento es el principal y primero.  El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas» (Mateo 22, 34-40)

Las cientos de prescripciones sociales, rituales y religiosas que los fariseos propugnaban como signo de fidelidad a Dios en verdad mostraban la división del ser humano cuando aún no conoce quién es Él. La persona se dispersa y se pierde detrás de tantas cosas “que puede coger”, pero que no le pueden responder ni mucho menos llenar sus búsquedas más elevadas y significativas. Por eso, ante la pregunta sobre cuál es el mandamiento principal, Jesús ofrece una respuesta límpida: amar; pero no amar de cualquier modo, sino desde la unidad y totalidad de lo que somos: todo el corazón como centro unificado de nuestra dimensión física y temporal; toda el alma, que es nuestro principio espiritual y eterno; toda la mente como vértice de una y otra dimensiones, inseparables y complementarias, que actúa como eje de los propios criterios, elecciones y acciones concretas. Así Cristo reconduce a la unidad todo lo disperso de una existencia hecha pedazos, unificándola en el amor y haciéndola verdadera imagen y semejanza de Dios. Por eso, nuestra capacidad de amar ha de dirigirse ante todo a Él, buscándole y queriéndole responder como personas enteras que, en consecuencia, pueden amar a los otros con sentido sobrenatural.

Lo que Dios manda al hombre no es la imposición de unos caprichos externos, que le esclavizarían e impedirían vivir autónomamente. Lo que somete a la persona es dividirla y hacer que su corporalidad se ciegue por la seducción de lo material, su alma flote en una espiritualidad sin asideros y su mente se disperse entre las cambiantes opiniones del momento. El único mandamiento del amor a Dios a través del hombre, como los dos leños vertical y horizontal de la cruz, es la clave unificadora de la vida humana, y por eso mismo la condición de su auténtica libertad, felicidad y trascendencia. Amor comprometido que pasa por la entrega de sí y el sacrificio esperanzado, fecundo y renovador, anclado en lo más profundo y dirigido hacia lo más alto. Porque el don objetivo de lo que Dios manda vivir no contradice, sino que lleva a plenitud los anhelos subjetivos del ser humano, que se encuentra a sí mismo al responder a quien va más allá de sí mismo y ofrecerse en la caridad a quienes más cerca de sí encuentra. Son esas realidades que “no podemos coger” las que, curiosamente, llenan toda la existencia de quien las vive, haciendo que, como en el caso de mi amigo que daba su testimonio a aquel chico, la sencillez de la fe puesta en práctica, nutrida por la oración y la Eucaristía, purificada por la Penitencia y la reparación, mantenida en la pureza de cuerpo y alma y verificada en la caridad efectiva y el testimonio hacia los demás, colme nuestros anhelos más preciosos.

Es necesario entonces que nos examinemos sobre cómo vivimos el centro de nuestra fe en sus dos direcciones, hacia Dios y hacia el hombre, que es el prójimo y somos nosotros mismos. El joven que no entendía cómo le puede llenar algo que no puede coger expresa muy bien esa necesidad de sentido y de un bien mayor que van más allá de lo material y utilitario que pasa por nuestras manos. «En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas», es decir, todo lo que Dios tiene para enseñar al hombre, de tal manera que este se encuentre a sí mismo como verdadera imagen y semejanza de Él.