«El agobio no es por mí. He arrastrado a mucha gente»

Este es el relato en primera persona de cómo me contagié de Covid y los efectos que provocó en mi salud y en mis seres queridos

Diario de una infectadaLa RazónLa Razón

Sábado, 3 de octubre.

Fue el día que me infecté. No podía ser otro. De lunes a viernes teletrabajo y no veo a nadie. El sábado quedé para cenar y tomar unas cervezas con mi amiga. Fuimos a un bar de Ponzano que por supuesto respetaba las restricciones de aforo. Pero en una mesa no hay distancia de seguridad y te quitas la mascarilla. Error. Lección aprendida.

Martes, 6 de octubre

Salí a correr por la mañana y noté que me costaba más que otros días. No le di importancia. Por la tarde empecé a toser, una tos seca que asocié al tabaco. Soy fumadora pero no paso de los cuatro cigarrillos al día. Ese día ya no fumé.

Miércoles, 7 de octubre

Desperté bien, pero me notaba algo cansada. Lo achaqué al estrés. La tos seca persistía, pero era más suave que el día anterior. En mi mente ya empezaban a sonar las campanas del Covid. Pero soy una hipocondríaca profesional y me negué a relacionar los síntomas con una posible infección de coronavirus. Hasta que la amiga con la que cené el sábado me escribió para decirme que le habían hecho una PCR (trabaja en una clínica) y había dado positivo. Enseguida llamé al teléfono de información del Covid. No me dijeron nada que no supiera: aislamiento domiciliario y que contactara con mi centro de salud. No podía esperar. Ese día estuve en casa de mi padre. Cuando recibí la llamada de mi amiga eran casi las diez de la noche, así que la única opción era acudir a las urgencias del hospital de mi seguro privado para lograr que me hicieran una PCR. A la una de la mañana salí de allí con el test hecho y el cuerpo como un saco de boxeo. No sé si esa noche tuve fiebre porque el termómetro de mi casa tenía la pila agotada.

Jueves, 8 de octubre

Me levanté como si el día anterior me hubiera ido de copas en una de esas noches legendarias pre Covid. Pero me puse a trabajar para mantener la mente ocupada. Increíblemente no tuve hambre en todo el día. Definitivamente estaba enferma. No quise abrir ni el fuet que me dejó mi padre en el descansillo del portal. Me hizo una compra de alimentos saludables y otros de primera necesidad como el fuet, los Doritos y el pack ahorro Mahou 24 latas. Y un termómetro nuevo. Esa tarde me subió la temperatura, pero no pasaba de los 38. Para celebrar que empezaba mis libranza, abrí mi adorada y helada Mahou. No me supo a nada. Probé con los Doritos. Tampoco. Eso no me podía estar pasando. Fui a oler café. Sí, había perdido el gusto y el olfato. Me fui a dormir sin el resultado de la PCR pero sabiendo que era positivo como un castillo.

Viernes, 9 de octubre

Me despierto después de haber dormido 10 horas cuando lo raro es que no aguante en la cama más de 6. Como si lo de la noche anterior hubiese sido un mal sueño, corro a la cocina a oler amoniaco. Pesadillas confirmadas. Aviso a mi familia de que lo más seguro es que esté infectada para que estén pendientes de su sintomatología. El agobio no es por mí. He arrastrado a mucha gente. Al malestar físico se une una culpabilidad muy pesada que solo me permite estar en el sofá. A las diez de la noche llega la confirmación del laboratorio. Sí, soy positivo oficialmente. Vuelve a subir la fiebre y empieza la congestión nasal. Cansancio.

Sabado, 10 de octubre.

Solo me sabe el plátano. ¿Qué he hecho para merecer este castigo? Adiós, querida Mahou.

Domingo, 11 de octubre

Me ha dado un tirón en el cuello. Pero mi hipocondría no me deja tomarme un ibuprofeno. Son más fuertes en mi cabeza las palabras del ministro francés de Sanidad advirtiendo de que puede agravar la Covid que el dolor en las cervicales. La sobreinformación es un asco. Quiero drogarme en paz. Han hecho PCR a mi padre. No me voy a fiar del resultado. Los estudios dicen que es a partir del quinto día del supuesto contagio cuando más fiable es. No paro de llamarle para chequear sus síntomas. Me ha dicho que, por favor, deje de controlarle.

Lunes, 12 de octubre

Ya me he desatado por completo. He llamado de madrugada a mi padre, a su teléfono fijo, para comprobar que no le han trasladado a la UCI. Le he vuelto a llamar a las ocho de la mañana buscando alguna señal de fatiga en su voz. Nada. Respiro tranquila. ¿Respiro tranquila? No sé, ay Dios, quizá no me está llegando el aire a los pulmones. Llamo al teléfono de información del Covid de Castilla-la Mancha para alertarles de mi estado. Me cogen datos y me aseguran que me llamará un médico y que si estoy muy mal mandan uno de urgencia a mi casa. Me digo que no es para tanto. Realmente no lo es. Le comunico que no es necesario, que no me ahogo. Basta.

Martes, 13 de octubre

Vuelta al trabajo. He decidido aplicar el «covipositivismo», pensar que todo irá bien.

Miércoles,14 de octubre

Mi padre sigue sin los resultados. ¿Se los darán cuando ya termine los 10 días de cuarentena y no sirva para nada saber? No tengo fiebre, pero sigo sin gusto ni olfato y ya me empieza a cansar. Hastío vital. Creo que cuando termine la cuarentena necesitaré un programa de reeducación. Mi casa es la selva.

Jueves, 15 de octubre

Todo funciona mal. Y lento. Seguimos sin los resultados de mi padre ni mi hermana (ayer nos comunicaron que mis sobrinas son negativo). Así que he pedido el favor a una amiga que trabaja en el centro de salud en el que está centralizada la realización de test que haga el favor de mirar qué pasa. En cinco minutos me aclara que están libres de Covid. ¿Era tan difícil? Mi padre ya creía que el «pecerrero» –el hombre que le hizo la PCR– había perdido su muestra. Ahora que sabe que no tiene coronavirus cree que lo mío ha sido un falso positivo. Que he «somatizado». Ahora está feliz porque voy a dejar de llamarle 5 veces al día. Por cierto, me sigo fatigando.

Viernes, 16 de octubre

Llevo 9 días sin ver a nadie. Hoy ya se me ha cruzado el cable. Estoy de mal humor y no me soporto. He intentado evitarlo, pero me he fumado un cigarrillo.

Sábado, 20 de octubre

Mañana es mi último día de cuarentena. Y ahora me da pereza salir de la burbuja y tener que vestirme normal. No me apetece tener que seguir las reglas que rigen el comportamiento social.

Domingo, 21 de octubre

Último día de encierro. He llamado a mi seguro privado para preguntarles si no me van a hacer otro test para comprobar que ya no soy infectiva. Y que no hace falta, me dicen. Las evidencias científicas sobre este virus todavía son pocas. Uno de mis mayores miedos es que me deje secuelas que tarden un tiempo en aparecer. Por favor, si tengo que padecer alguna, que sea la caída del pelo. Que tengo para abastecer a una clínica de Svenson.