«Me dolió más el desamparo posterior que los golpes»

Isabel Beltrán recibió una paliza de uno de los residentes a los que cuida en un centro de parálisis cerebral

LA RAZON_18/06/2021. (FOTOGRAFÍA: KIKE TABERNER) Maria Isabel Beltrán Blesa
LA RAZON_18/06/2021. (FOTOGRAFÍA: KIKE TABERNER) Maria Isabel Beltrán Blesa FOTO: kike taberner La Razón

Era uno de «sus chicos», de hecho, uno de «sus favoritos». El pasado 5 de enero, mientras Isabel Beltrán, de 41 años, hacía su turno como enfermera en el Centro de Parálisis Cerebral La Nostra Casa del Vall de la Ballestera, en Valencia, un residente le propinó una paliza descomunal. «Él estaba muy agitado, por la mañana había agredido ya a un compañero- a un fisioterapeuta del centro– y llevaba todo el día amenazando y gritando cada dos por tres. Yo, como tengo muy buena relación con él, me acerqué, como suelo hacer, para intentar tranquilizarme. De repente, me agarro por el pelo, me tiró al suelo y empezó a darme patadas como si fuera un muñeco. Es muy corpulento, así que cuando consiguieron reducirle ya me había destrozado la boca, los ojos…».

Isabel mide 1,62 y no llega a los 50 kilos, por lo que la paliza estuvo a punto de matarla. «Suelo defenderme, esto ya me ha pasado alguna otra vez. Pero, fue tan tremendo e inesperado que me quedé bloqueada, paralizada», explica. Sin embargo, le costó muy poco perdonar a su agresor, que le pidió disculpas «hecho un mar de lágrimas» cuando regreso de su baja. «Este pobre chico llevaba más de un año sin salir del centro, por las restricciones de la pandemia, así que, si a muchas personas ‘sanas’ se les ha ido la olla en esta circunstancia, imagínate a ellos», cuenta haciendo gala de una empatía propia de la profesión que ha elegido. Lo que no olvida, ni perdona, es la desprotección que sintió después de la agresión. «Estamos desamparados, no podemos auto-defendernos y, si denunciamos, el proceso no lleva a ninguna parte. Esto sí que duele, mucho más que los golpes», explica.

A lo largo de 2020, pese al confinamiento por la pandemia de covid, hubo 185 agresiones más que el año anterior a enfermeros en España, según el último informe del Observatorio Nacional de Agresiones a Enfermeras del Consejo General de Enfermería (CGE). El documento, que cuenta con la colaboración de todos los Colegios de Enfermería para su elaboración, contabiliza un total de 1.657 agresiones, frente a 1.472 que se notificaron en 2019, es decir, estas actitudes violentas se han incrementado en un 12,5 %.

Las comunidades cuyos profesionales han sufrido más actos violentos han sido Andalucía (583), País Vasco (184) y Castilla y León (182). Además, se observa un gran incremento de agresiones en comunidades como Galicia, donde en 2019 tan solo se comunicaron dos y en este nuevo informe se han registrado 135. «Es importante dejar claro que estas no son las únicas agresiones que han tenido lugar. Son las que se han notificado y registrado, de ahí que cobre tanta importancia hacer promoción de la necesidad de visibilizar las agresiones», puntualiza Florentino Pérez Raya, presidente del CGE.

Menos aplausos, más respeto

A la vista de estos datos, el Consejo ha hecho un llamamiento a la población para aumentar el respeto a los enfermeros: «El respeto ha de ser mutuo; es intolerable que, tras un año de trabajo incansable, se observe este gran incremento de agresiones a nuestros profesionales». «Muchos aplausos y mensajes de apoyo pero, en la práctica, muy poco respeto», afirma Mari Lourdes de Torres, una enfermera de Zaragoza con más de 40 años de experiencia.

«Cuando te dedicas a esto, tienen que saber que hay dos tipos de personas que te van a crear problemas. Unas son las que llegan al límite de sus fuerzas, de su aguante y de su paciencia. Las que están desesperadas o tienen miedo. A esas hay que verlas venir y aplicar el doble de empatía, de educación, de calma y de confianza para que la situación no se dé la vuelta. Las otras son malas, y ya está. Contra esas solo funciona protegerte y mantenerte lo más alejada posible». Ella lo sabe bien. Al igual que ha disfrutado de ayudar a miles de personas, también lleva las cicatrices de los que le hicieron daño.

Amenazas de muerte, agresiones verbales, arañazos, patadas y maldiciones varias comparten espacio en su memoria con todo el cariño que ha dado, y recibido. «Son 40 años de profesión, como enfermera, como supervisora, como jefa de planta... podría escribir un libro. Una vez el patriarca de una familia gitana me amenazó con partirme su bastón en las costillas si su hijo salía mal de una operación. Se trataba de una intervención muy complicada, ya que el chico tenía un cáncer de laringe. El médico, por miedo, no le había dicho que había riesgo de que se dañaran las cuerdas vocales y su hijo no pudiera hablar nunca más. Así que fui yo la que tuve que contarle la verdad, y al final me lo agradeció».

En Estados Unidos, la violencia contra los trabajadores de la salud ha alcanzado proporciones epidémicas. Según un estudio de la Administración de Salud y Seguridad Ocupacional, los sanitarios representan aproximadamente el 50% de todas las víctimas que han padecido violencia en el lugar de trabajo.