Mozart y la Covid persistente

Trabajadores sanitarios revisan test de antígenos de pasajeros en el aeropuerto Charles de Gaulle de París
Trabajadores sanitarios revisan test de antígenos de pasajeros en el aeropuerto Charles de Gaulle de París FOTO: CHRISTOPHE PETIT TESSON EFE

Wolfgang Amadeus Mozart sufrió a lo largo de su vida ataques frecuentes de amigdalitis, que en 1784 le desencadenaron un síndrome de Schönlein-Henoch post-estreptocócico, con su nefritis glomerular e insuficiencia renal crónicas. Por los síntomas descritos, esa púrpura de Schönlein-Henoch, a la que no beneficiaron en nada las sangrías y las sales de metales pesados nefrotóxicos como el mercurio o antimonio, que probablemente le aplicaron los últimos días, acababa con su vida a los 55 minutos del día 6 de diciembre de 1791, por hemorragia cerebral y bronconeumonía. Tenía 35 años.

La púrpura de Schönlein-Henoch o vasculitis IgA con nefritis, es una enfermedad que se produce por una respuesta anormal del sistema inmunitario en personas que han tenido una infección en las vías respiratorias altas en las semanas previas. No es de extrañar que, aunque esté vinculado a otro tipo de infecciones, como las producidas por estreptococos en el caso de Mozart, también se haya descrito para el SARS-CoV-2.

Producir anticuerpos es lo que nuestro cuerpo hace normalmente para defenderse cuando tiene lugar una infección, pero a veces también desarrolla autoanticuerpos que pueden atacar a nuestros propios órganos y tejidos. Es lo que se produjo en la enfermedad de Mozart, porque cuando una infección se acompaña de inflamación y muerte de las células pueden aparecer anticuerpos contra nuestras propias proteínas al ser reconocidas como extrañas originando un problema autoinmune.

El SARS-CoV-2 también produce ambas cosas, inflamación y muerte celular, y como en el caso de Mozart, ya sabíamos que esos autoanticuerpos podían producirse en casos graves de Covid-19. Pero lo que ahora han descrito investigadores del Cedars-Sinai de Los Angeles es que ese fenómeno también puede ocurrir en personas que han sido asintomáticas, o que han tenido síntomas leves y, además, que esos autoanticuerpos se mantendrían incluso hasta seis meses después de la recuperación. La importancia de este hecho es que podría explicar los síntomas que caracterizarían a una Covid persistente, un síndrome que, hasta la llegada de ómicron, padecía entre el 10% y el 20% de las personas que habían pasado la Covid, es decir, millones de ellas, que incluye hasta más de 200 síntomas diferentes, y frente al que pacientes y facultativos no saben qué hacer.

Mozart fue el mayor genio musical de la humanidad, pero no pudo beneficiarse de los extraordinarios avances biomédicos que la humanidad ha conseguido. Un día antes de morir, Mozart repasaba su Requiem en la cama, de la que ya no se levantaría. Basta escucharlo para entender por qué, al llegar a la Lacrimosa, rompió a llorar. Dio a su discípulo Franz Xaver Süssmayr los consejos para acabarlo, sabiendo que él ya no podría hacerlo, y a Constanze, su mujer, las instrucciones sobre el anuncio de su muerte. La música de Mozart podría haber sido concebida por Dios, pero la medicina de entonces, definitivamente no; así que su médico, el Dr. Thomas Franz Closset, se limitó a recomendar una fricción en su frente con una compresa, y le dio un sedante.

Es posible que nosotros podamos hacer algo más por la Covid persistente. Si los autoanticuerpos son realmente en este caso los responsables de la misma, no solo podría beneficiarse del tratamiento aplicado a enfermedades autoinmunes conocidas, sino que ese síndrome podría llegar a prevenirse en personas con mayor susceptibilidad o riesgo de padecerlo.

Rubén Moreno es senador del PP y ex secretario general de Sanidad