Preocupación

Benedicto XVI: el susto que nadie se esperaba después de Navidad

El empeoramiento de la salud del Papa emérito de 95 años cogió por sorpresa a sus colaboradores cercanos

Desde hace varios meses, en el Estado más pequeño del mundo se da por hecho que la fragilidad de Benedicto XVI es extrema y que lamentablemente poco se puede hacer para frenar el lento deterioro físico que padece y que ahora se ha agudizado. Lo verbalizaban quienes han tenido la oportunidad de visitarle en su residencia, el monasterio Mater Ecclesiae, y lo certificaban quienes dejaban huella de sus encuentros en las redes sociales a través de imágenes.

Sin embargo, nadie en el entorno del Papa emérito imaginaba que precisamente en estos días podría agravarse su salud de forma significativa como para temer por su muerte. Como un susto inesperado lo han afrontado quienes están diariamente al tanto de su evolución. Es más, su secretario personal, el arzobispo germano Georg Gänswein, se encontraba a miles de kilómetros de Joseph Ratzinger cuando se desató la crisis que tiene a toda la Iglesia en vilo.

La persona de mayor confianza del Papa emérito durante toda su trayectoria vital en Roma permaneció a su lado hasta el día de Navidad, después de celebrar la Misa del Gallo con Francisco en la Basílica de San Pedro. Confirmada la estabilidad del cuadro clínico del pontífice, Ganswëin decidió poner rumbo hasta su Alemania natal para rematar las fiestas navideñas con la tranquilidad de que su «jefe» y amigo estaba atendido perfectamente por las Memores Domini, las cuatro consagradas del movimiento Comunión y Liberación responsables del cuidado cotidiano de Benedicto XVI. Son ellas los «ángeles custodios» del pastor desde su compromiso de vivir en castidad y obediencia, y poniendo los bienes en común.

Todo parecía desarrollarse con cierta normalidad, como otras tantas escapadas de Gänswein. Sin embargo, las alarmas se desataron en la mañana de este miércoles, cuando Francisco verbalizaba ante los cientos de peregrinos que le escuchaban en la Sala Nervi del Vaticano que su predecesor en el cargo estaba «muy grave», por lo que instaba a los católicos a rezar para acompañarle «hasta el final».

Primer vuelo de vuelta

De inmediato, cuando tuvo constancia de este bache en la salud de Benedicto XVI, Ganswëin tomó el primer avión de vuelta a Roma para tomar de nuevo las riendas de su acompañamiento. Una vez allí, confirmó el empeoramiento de su estado de salud, y comprobó de primera mano la necesidad de ofrecerle asistencia respiratoria. A la par, suscribió que se encontraba «estable dentro de la gravedad», tal y como manifestaría a su entorno más cercano. Prueba de que la situación estaba más o menos bajo control es la decisión del equipo médico de no trasladar al Papa emérito al Hospital Gemelli de Roma, centro de referencia para los pontífices. Desde la prensa alemana, tanto «Sueddeutsche Zeitung» como «Spiegel» exponen que previamente ya habría manifestado su deseo de no ser trasladado a ninguna clínica en caso de empeorar, una apreciación que no habría sido confirmada hasta la fecha por la Santa Sede.

A lo largo de todo este proceso, Benedicto XVI está siendo atendido por un enfermero, Fra Eligio, y por Patrizio Polisca, su médico personal oficialmente desde 2009, aunque ya le trataba de antes como especialista en cardiología, anestesia y reanimación. Fue precisamente Polisca quien le planteó la necesidad de ponerse un marcapasos, justo en el año previo a su dimisión.

Ayer, el director de la Oficina de Prensa del Vaticano, Matteo Bruni, confirmaba este extremo en un parte médico en que se detalla que «aunque su estado sigue siendo grave, la situación en este momento es estable». «El Papa emérito consiguió descansar bien anoche, está absolutamente lúcido y alerta», añadía Bruni que, además, renovaba la invitación de Francisco a toda la Iglesia para rezar por él y «acompañarle en estas horas difíciles». Según el diario italiano «La Stampa», que cita fuentes cercanas a la residencia Mater Ecclesiae, el Papa emérito está «respondiendo positivamente al tratamiento». El hecho de que no haya una patología específica que haya desatado esta crisis en su salud hace pensar en los pasillos vaticanos que la situación podría prolongarse varios días y no sería cuestión de horas.

Por su parte, el pontífice argentino, consciente de la excepcionalidad de la situación en la que se encuentra la Iglesia universal, mantuvo ayer su agenda prevista sin alteraciones. Entre otros, se reunió con el nuncio en Madagascar, Tomasz Grysa; el obispo auxiliar de Roma, Benoni Ambarus, el comandante de la Guardia Suiza, Christoph Graf, y con el teólogo de la Penitenciaría, el jesuita Padre Ján Dacok.

En cualquier caso, en la Santa Sede dan por hecho que el desenlace se producirá antes o después debido a su avanzada edad, en tanto que cumpliría 96 años el próximo mes de abril. Lo cierto es que, cuando dio un paso al frente con su dimisión hace casi ya una década, hay quien dio por hecho que su renuncia venía acompañada de una dolencia severa con consecuencias inmediatas. De hecho, uno de los motivos que le llevaron a precipitar su renuncia fue el informe médico que le desaconsejaba viajar a Brasil con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud de 2013. Sin embargo, el freno en seco de sus responsabilidades y de su agenda pública como Obispo de Roma a cambio de una rutina de retiro y oración le ha permitido mejorar su calidad de vida hasta el punto de haber permanecido más tiempo como emérito que en activo.

De esta manera, tal y como llegó a compartir públicamente Gänswein en 2016, Benedicto XVI «se apaga como una vela: lenta y serenamente». Y así ha sido. Aunque su lucidez intelectual ha permanecido intacta, como han demostrado los múltiples escritos, cartas y entrevistas de estos últimos años, su movilidad se ha ido reduciendo poco a poco a la vez que su voz se ha ido perdiendo en un leve hilo. Su visión también se habría visto mermada con el paso del tiempo.