Algeciras

«Arrojé al niño contra el suelo hasta que dejó de llorar»

Fabila, con su hijo fallecido Imran
Fabila, con su hijo fallecido Imranlarazon

La trágica muerte de Imran, de sólo dos años, comenzó a gestarse en diciembre de 2013. Fue entonces cuando Fabila, de 21 años, soltera y con un hijo de pocos meses, se enamoró de David, de 33. Por entonces, vivían en Algeciras y subsistían de la caridad de algunas ONG. «Al final me salió trabajo de mecánico en Oviedo. Lo encontré por internet. No teníamos un duro para el viaje, así que María Ángeles, una antigua pareja mía, nos trajo a los tres en su coche hasta Oviedo. Llegamos hace poco más de un mes, en octubre de este año», relata David en su declaración policial, a la que ha tenido acceso LA RAZÓN. El joven comenzó a trabajar en el taller Pit-Stop, a las órdenes de sus jefes, Emilio e Iván.

«El viernes 24 de octubre salí de trabajar y me fui a comprar coca con el dinero que me habían adelantado del sueldo. Me pasé toda la noche drogándome. Para consumir me escondía en los portales. También compraba cerveza en los kioscos y me la bebía solo por la calle», recuerda David. Cuando se le acabó el dinero y la droga se desesperó. «Necesitaba más», reconoce. Regresó al piso que habían alquilado y le pidió dinero a Fabila. «La insulté, le exigí que me diera para comprar coca, pero ella me dijo: ‘‘No te puedo dar dinero. No sé para que vienes si sabes que no tengo nada’’. Entonces, bajé a la calle y paré un taxi». Poseído por la necesidad de esnifar, fue hasta el taller donde trabajaba: «Sabía que había cámaras de seguridad que me iban a grabar, pero me dio lo mismo. Le dejé mi DNI al taxista para que me esperase y entré. Me llevé 240 euros de la caja y dos ordenadores». El taxista lo llevó a un barrio en Oviedo donde David sabía que podía vender los objetos y comprar droga. «Por los dos ordenadores me dieron 50 euros. Y, claro, me lo gasté todo en cocaína», explica.

David cabalgó en la vorágine de droga y alcohol durante horas. Iba sólo. Si veía a alguien por la calle, lo insultaba a gritos. Estaba descontrolado. Y, nuevamente, llegó la última raya, el último trago: «Cuando se me acabó, regresé a casa. Volví a pedirle dinero a Fabila. Serían las tres de la madrugada del sábado 25 al domingo 26. Estaba muy mal. Quería más cocaína. Ella me dijo: ‘‘No hay dinero. ¡Me das asco!’’. La empujé con fuerza contra la puerta principal. Ella gritó: ‘‘¡Me voy!’’ y se fue. Salió huyendo. Me asomé a la ventana y cuando la vi, chillé: ‘‘Regresa aquí. No te hagas la tonta’’. Ella no hizo caso y me volví loco. Comencé a dar golpes contra todo y rompí una mesa de madera». Lleno de rabia por el abandono y la necesidad de drogarse abrió la puerta de la habitación de Imran: «Estaba despierto. Tumbado en la cama con su osito de peluche al lado. Me miraba asustado. Empecé a abofetearlo. Cuanto más lo abofeteaba más lloraba y más fuera de mis casillas estaba yo. Le di puñetazos, lo zarandeé con violencia. Lo arrojé contra la cama, contra la pared y contra el suelo hasta que dejó de llorar», susurra David entre lágrimas, consciente de la salvajada de su comportamiento.

Pasó un rato y «decidí llevarlo al Centro de Salud. Lo envolví en una manta, y me fui andando con él en brazos. Me di cuenta de que no sujetaba la cabecita, no respiraba. Parecía inerte. Paré en un parque y trate de reanimarle debajo de unos columpios, pero cada vez que le apretaba el pecho, le salía sangre por la boca. Entonces me di cuenta de que estaba muerto». Su primer pensamiento fue ocultar lo ocurrido. Sabía que había cometido un asesinato, un hecho brutal y despreciable. «Lo escondí por allí y regresé a casa a por una maleta azul que tenía las ruedas rotas. La llené de la ropa del bebé que vi a mano y luego la tiré en varios contenedores diferentes. Después, fui a por Imran. Estaba frío y tieso. Lo metí dentro de la maleta y lo tiré entre los zarzales». David comenzó a deambular por la zona. Iba y venía, como un loco, sin rumbo ni destino. «Me acerqué a donde había arrojado la maleta varias veces, a ver si se me ocurría algo, pero nada».

Al final, regresó a casa. Fabila lo esperaba sentada en un banco cerca del portal. «Me preguntó dónde estaba el niño y le dije: ‘‘Sube arriba que tenemos que hablar’’. Me hizo caso. Le expliqué que estaba muy malo por la cocaína y que, como siempre me pongo violento, había llamado a mi hermana para que se llevase al niño. Le dije que ella vino y se lo llevó a La Coruña. Fabila me preguntó por qué había tomado esa decisión sin su permiso. Yo respondí de forma muy agresiva, para amedrentarla y que dejase de interrogarme». David la asustó y se metió en la cama. Fingió dormir para que su pareja no lo molestara. A la mañana siguiente, lunes, se presentó en la casa Ibán, el jefe del taller. Al abrir el negocio había descubierto que les habían robado y al revisar las cámaras supo que David, su empleado, era el ladrón. «Me ofrecieron o denunciarme o que trabajase sin sueldo hasta resarcirle por el robo. Elegí la segunda».

Durante la siguiente semana, David trabajó y Fabila no dejó de preguntar por su hijo. No podía llamar a su cuñada por teléfono porque su pareja, en uno de sus ataques poseído por la droga, lo había estrellado contra el suelo. El domingo 2 de noviembre, decidió romper el trato con Ibán y huir (justo al día siguiente encontraron el cadáver). «Vámonos a León. Allí mi hermana nos entregará al niño», convenció a su pareja, loca por estar con su hijo. No tenían dinero, así que Fabila se prostituyó, por primera vez, para poder pagar los billetes. «Al llegar, fuimos a un locutorio cerca del parque de San Francisco. Miramos en internet y encontramos un trabajo de contactos sexuales. Fabila se ofreció y la señora aceptó. También la convenció para que me dejara estar con ella en la casa, a cambio de que yo también me prostituyera. Nos dijo que allí también llamaban clientes homosexuales. La dueña del piso se quedaba el 40 por ciento de nuestros ingresos».

Se encerraron entre aquellas paredes desde el 3 de noviembre hasta el día 8. En ese tiempo, según relata el joven, ahorraron entre 160 o 180 euros. «Fabila hizo 6 servicios y yo dos». Y una vez más, David se gastó el dinero en cocaína. «Con el dinero haz lo que quieras pero yo quiero a mi hijo. Tú me das asco», afirma que le dijo Fabila. «Nos fuimos del piso y nos llevamos tres teléfonos móviles, un ordenador y un televisor LCD de pantalla plana pero no muy grande. Lo vendí todo por 100 euros que me gasté en cocaína. Quería quitarme de la cabeza lo que había hecho, matarme con la droga. Todo se estaba destruyendo y Fabila quería dejarme y marcharse. Entonces llamé al 112 desde el móvil, porque no tenía saldo y me entregué», explica.

Le rompió el fémur de un golpe

Tanto al comienzo de su declaración como al final, David reconoció la autoría del crimen. «Me declaro culpable de quitar la vida al hijo de Fabila, mi compañera sentimental. Se llama Imran e iba a cumplir dos años en febrero. Consumo cocaína inhalada siempre que puedo. Si 2.000 euros tengo, 2.000 euros me gasto. A veces también hachís y heroína. Consumo desde que tenía 16 años. Estuve en Proyecto Hombre. Aunque salí limpio me diagnosticaron trastorno de la personalidad. A los seis meses de salir recaí otra vez». Más allá de justificarse también pidió ayuda: «Cuidad de Fabila, ella no sabía nada. Tiene sólo 21 años y está embarazada de meses. El bebé es mío. Yo no la he dado buena vida. La he pegado y la he maltratado psicológicamente. La he insultado, vejado, le he dado bofetadas, cachetes. Al niño también. Siempre cuando estaba drogado. Una vez le di un puñetazo muy fuerte en la pierna». Fruto de aquella agresión le rompió el fémur. No lo llevaron al médico y el pequeño, aunque se había recuperado sólo, se había quedado cojo.