Un pontificado a examen

Cardenal Aquilino Bocos: «La mejor encíclica de este Papa es su estilo de vida»

El pontífice jesuita decidió revestir de púrpura a este veterano religioso hace cinco años, no solo como un homenaje a su entrega, sino para reforzarle como un colaborador en activo de su reforma

Aquilino Bocos
Aquilino BocosJesus G FeriaLa Razón

Cuando el Papa creó cardenal a Aquilino Bocos en 2018 este misionero claretiano ya lo había sido todo cuando el viento no soplaba a favor: superior general de los suyos, presidente de los colegios católicos españoles, cofundador del Instituto Teológico de Vida Religiosa... La birreta púrpura le llegó cuando ya había superado los 80. Hoy tiene 84, y lejos de estar jubilado, este religioso continúa al pie del cañón, como investigador, asesorando a diversas congregaciones… Y con algún que otro encargo de Francisco del que no suelta prenda. Y hace bien. Es lo que tiene contar con una discreta confianza del Santo Padre, que el padre Aquilino corresponde con cero boato y sí un apasionamiento sereno, certero don de la palabra y, sobre todo, pasión por evangelizar desde su ser como hijo de san Antonio María Claret. «Ante este décimo aniversario de su elección como Obispo de Roma, me uno a cuantos dan gracias por su testimonio de entrega en el servicio del Evangelio; por su constancia en la defensa de la paz y por su compromiso en favor del progreso de los pueblos», expone por delante sobre el Papa que tiñó de púrpura sus vestiduras.

Se cumplen diez años de pontificado de Jorge Mario Bergoglio, ¿ha cambiado realmente algo en la Iglesia?

Cada Obispo de Roma, cuando asume su servicio al Pueblo de Dios, aporta su peculiar sensibilidad, su modo de ver y su propio proyecto evangélico de gobierno. En los días de reflexión, previos al cónclave de 2013, el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio expresó su deseo de que el próximo Papa fuese un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo, ayudase a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayudase a ser la madre fecunda que vive de «la dulce y confortadora alegría de la evangelización». Sin pretenderlo, estaba retratándose a sí mismo.

La Iglesia está cambiando. No hay más que abrir los ojos para ver que la Iglesia, en su misión evangelizadora, ha ensanchado sus horizontes, está abriéndose a nuevas relaciones y haciéndose presente en nuevos escenarios para defender la paz y la justicia y proclamar la fraternidad. La reforma sigue su curso. Va dando grandes pasos. Se aprecia en la configuración de la Curia Romana, en el empuje dado a la sinodalidad y en el nuevo estilo de gobierno desde la cultura del servicio. Por supuesto que lo más importante es la conversión de la mente y del corazón. Para el papa Francisco la reforma supone una fe viva que ilumine y anime el camino de la Iglesia. Una tarea que nos involucra a todos. El trasfondo que se muestra es el mensaje de la Bienaventuranza; lo que significa para él identificación con Cristo, dejarse guiar por el Espíritu y, por lo mismo, conversión permanente de las personas, de las comunidades y de la Iglesia entera, urgida a anunciar el Evangelio de la alegría.

El Papa nos indica la vía a seguir: caminar juntos (como expresa la palabra ‘sinodalidad’) e iniciar y promover procesos de crecimiento y de transformación. En este contexto subraya la «conversión pastoral», que tanto relieve adquirió en la Conferencia de Aparecida organizada por los obispos latinoamericanos y que se celebró en el año 2007.

Hay quien esperaba una revolución, ¿se tienen que sentir defraudados o no?

Depende de lo que se estuviera esperando de él. Bergoglio como Papa ha seguido una línea coherente, muy en consonancia con lo que decía san Pablo VI: que son más importantes los testigos que los maestros. De hecho, su mejor encíclica es la de su estilo de vida. Su comportamiento se convierte en auténtica profecía. La reforma de la Iglesia que propone es callada y profunda. Basta leer con atención la constitución apostólica ‘Praedicate Evangelium’ que no solo actualiza la estructura de la Curia.

Me parece estéril la comparación que suele hacerse con sus predecesores. Cualquiera que haya seguido las trayectorias de los últimos Papas comprobará que cada uno, siendo diferente, ha aportado su impulso renovador a la Iglesia según el Vaticano II. Son los Pastores a los que, en este mundo cambiante, ha elegido y ha asistido el Espíritu Santo para hacer crecer el reino de Dios entre nosotros. Cambian los Papas, pero «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre».

Otros católicos cuestionan incluso la autoridad de Francisco y se resisten a sus reformas. ¿Tienen motivos?

Tal vez carecen de información sobre quién es el Papa Francisco. Muchos no conocen su vida, la del padre Jorge Bergoglio, la del cardenal de Buenos Aires, y, por eso tampoco entienden al Papa Francisco. A nadie, que se haya acercado a él, se le escapa la agudeza de su inteligencia, que brota de un sólido pensamiento filosófico, teológico y espiritual. Es jesuita y se nota en su espiritualidad ignaciana. Si se observa su comportamiento o se leen sus encíclicas y exhortaciones apostólicas es fácil apreciar cómo valora la dignidad de la persona y su sentido trascendente; la importancia que da a la proximidad, al encuentro, al diálogo, al respeto, al discernimiento, a la armonía y a la alegría. Invito a que quienes cuestionan sus orientaciones a que lean la biografía intelectual de Jorge Mario Bergoglio, escrita por el profesor Massimo Borghesi, o las obras del periodista Austen Ivereigh.

Cuando se habla de su liderazgo conviene recordar las palabras que pronunció en el inicio de su ministerio petrino, en las que subrayó que el verdadero poder es el servicio que alcanza su culmen luminoso en la cruz y abre los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios; acogiendo con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños. Decía: «solo el que sirve con amor sabe custodiar».

El Papa Francisco es un apóstol de la solidaridad y comparte la suerte de los más pobres. Las palabras ‘periferias’, ‘hospital de campaña’, ‘marginados’, ‘migrantes’, ‘excluidos’… no son meros términos lanzados al viento. Hace falta tener un corazón samaritano, lleno de misericordia y de caridad apostólica. A pesar de sus dolencias, no tiene miedo y afronta las dificultades de viajes tan comprometidos como los que ha hecho.

Algunos hablan incluso de cisma, tanto por los acelerones que vienen de Alemania como por voces nostálgicas que surgen de Estados Unidos… ¿Ve una fractura real en el catolicismo?

Por lo que escucho y leo, no es fácil prever que se produzcan fracturas o cismas en la Iglesia. Como afirmaba el Concilio Vaticano II, la Iglesia camina en medio de tentaciones y tribulaciones, pero siempre confortada con el poder de la gracia. En el caminar del Pueblo de Dios unos van delante abriendo brecha y otros van en retaguardia. Pero unos y otros pertenecen a la Iglesia peregrina.

Nuestros tiempos son convulsos, pero es la Iglesia entera quien, desde la sinodalidad que le constituye, busca, ora, piensa, dialoga, discierne, confronta y concuerda. Son patentes las diferencias, pero es la presencia del Espíritu Santo quien trabaja por la armonía, por la belleza y por la unidad de la comunidad de los creyentes para que el mundo crea. El Obispo de Roma nos preside en la comunión y el Papa Francisco seguirá trabajando por hacerla afectiva y efectiva.

El Papa de las periferias, de los pobres, de los migrantes, de la ecología, de la lucha antiabusos… ¿Con qué ‘apellido’ define usted a Francisco?

Como verdadero discípulo de Jesús, que escucha su Palabra, que ama a su Pueblo, que privilegia su atención a los más necesitados y excluidos. Asume los contrastes y busca la integración. Es sensible y compasivo ante el dolor dondequiera que se ocasione. Pensemos en su cercanía y preocupación por los migrantes. Por eso, se pone en primer lugar a la hora de ir a las periferias y estar cerca de los que sufren. Padece con la lacra de los abusos sexuales, de poder y de conciencia. Está al lado de las víctimas y no ahorra oportunidad para defender al débil y condenar los crímenes que destruyen la dignidad humana.

Su pasión es ofrecer el Evangelio de la Alegría a todo el mundo. Insiste en que los cristianos seamos «testigos de la alegría». Ama la creación y alerta sobre el cuidado de la casa común. Considera a todos hombres hermanos, como expone en su reciente encíclica ‘Fratelli Tutti’. Para todos tiene un mensaje de esperanza y a todos nos recuerda las palabras de Jesús en el discurso escatológico: «Venid vosotros, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis…».

Como cardenal, tiene la oportunidad de mantener contacto con Francisco con cierta asiduidad, ¿le nota cansado o hay Papa para rato?

A lo largo de estos años nos hemos encontrado en diversos momentos. Es muy cercano y cordial. Ciertamente su rodilla se resiente, pero le resta importancia. Lo que sí es patente es su gran lucidez, resistencia y coraje para seguir adelante en su ministerio. No tengo dotes de adivino para pronosticar su futuro. Me atengo a las declaraciones sobre su disposición de continuar en el servicio que ha asumido en favor de la Iglesia. Que el Señor le conceda, durante muchos años, la ayuda que necesita para llevar adelante sus objetivos en la reforma.