Cerco a un tumor cada vez más vulnerable

Actualmente, la identificación de factores genéticos ha salvado la vida a miles de mujeres debido a la heterogeneidad intratumoral.

Actualmente, la identificación de factores genéticos ha salvado la vida a miles de mujeres casfemeninosistinto debido a la: heterogeneidad intratumoral.

Sabemos que un cáncer es el resultado del comportamiento descontrolado de una célula que anteriormente funcionaba con normalidad. Y que ese comportamiento extraño está provocado por alguna modificación genética. Así de sencillo, así de cruel.

Los genes varían repentinamente, su set de instrucciones y las pacíficas células se vuelen agresivas, descontroladas y dañinas. Por eso, los mayores avances médicos contra los tumores (como el de mama) se centran en el estudio de esos genes precursores. Pero ¿y si no todo fuese una cuestión genética?

De un tiempo a esta parte, ha aumentado la evidencia que muestra que el microbioma humano (no sólo el genoma), es decir, la población de microorganismo que llevamos todos dentro del cuerpo en forma de bacterias, virus u hongos, puede jugar un papel fundamental en el comportamiento de las células tumorales e, incluso, fabricar algunas de ellas.

La semana pasada, un equipo de científicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pennsylvania identificó por primera vez una asociación directa entre señales microbianas del organismo y la aparición de un tipo de cáncer de mama especialmente agresivo, el llamado«triple negativo». Utilizando una técnica de escaneo conocida como «PhotoChip» que contiene 60.000 muestras moleculares de un tejido, analizaron todos los virus, bacterias y hongos encontrados en tejidos de 100 pacientes de cáncer de mama. El equipo descubrió que las mujeres que padecían un tumor «triple negativo» presentaban una firma microbiana diferente al resto. Eso no quiere decir que la presencia de esos microorganismos sea la causante del cáncer. Quizás haya otras relaciones aún desconocidas entre el tumor y los hongos y virus encontrados. Pero es evidente que la investigación abre una prometedora vía para el diagnóstico y el tratamiento precoz. Quizás pronto, además de observar la huella genética de una mujer y realizar los controles mamográficos y fisiológicos habituales, podamos contar con un marcador microbiómico que alerte del desarrollo de un futuro cáncer de mama cuando aún se está a tiempo de detenerlo.

Una buena noticia para añadir al ingente montón de avances contra esta enfermedad que hoy, Día Mundial del Cáncer de Mama, viene bien recordar.

El cáncer de mama representa el tipo de cáncer más frecuente en la mujer, con una incidencia anual de más de 25.000 casos en España, el 29 por ciento de todos los tumores femeninos. Además, supone la primera causa de mortalidad por cáncer en mujeres, con más de 6.000 fallecimientos al año. Una de cada ocho mujeres vida. El envejecimiento de la población y la mejora de las técnicas de diagnóstico están provocando un lento pero inexorable aumento de los casos detectados en el mundo occidental. Pero al mismo tiempo, la ciencia está avanzando sobremanera en el tratamiento del mal. Cada año mejora en un 1,4 por cien la supervivencia de las mujeres afectadas. Hoy, en España, la supervivencia global a los cinco años del diagnóstico es del 82,8 por cien, por encima de la media de Europa.

Una parte importante de este éxito se debe a la mejora de las pruebas de diagnóstico. La identificación de factores genéticos como las mutaciones de los genes «BRCA1» y «BRCA2» y otros genes implicados ha salvado la vida de miles de mujeres. Cada uno de estos genes por su cuenta puede tener una incidencia muy reducida en la enfermedad (quizás un 10 por cien), pero varios de ellos juntos se convierten en un marcador realmente útil para prevenirlo.

Se trabaja duramente también en la identificación de factores ambientales que aumentan la probabilidad de padecer cáncer. La dieta, el ejercicio físico o el peso empiezan a estar en el punto de mira. Por otro lado, desde sus orígenes, las técnicas de diagnóstico por imagen no han dejado de mejorar y hoy permiten una detección más eficaz de los procesos previos al desarrollo del tumor.

Pero si algo preocupa a una mujer afectada y su familia un día como hoy, es qué se puede hacer para curarla. Y es ahí, en el terreno de las nuevas terapias, donde la ciencia está ofreciendo los resultados más espectaculares. Las recientes terapias dirigidas a «HER-2» son una muestra de ello. Esta proteína (el receptor de factor de crecimiento epidérmico humano 2), promueve el aumento de tamaño de las células tumorales. Está presente en uno de cada cinco tumores de mama que, desde que se conocen medicamentos capaces de detenerla, son curables.

Los test de expresión genética permiten determinar qué tipología de gen se activa en cada cáncer. En cierta medida, dan pistas a los médicos sobre qué tipo de paciente requiere un determinado tratamiento. Es como ofrecer una medicación personalizada para cada caso, lejos de las terapias generalistas y menos eficaces de hace 30 años. La terapia hormonal no es nueva, el tamoxifen lleva usándose más de tres décadas, pero cada año se mejora su eficacia lo que reduce la necesidad de quimioterapia en muchos casos.

El cáncer de mama sigue siendo uno de los retos más importantes de la medicina actual. Y los próximos años serán clave para el desarrollo de algunas estrategias destinadas a ofrecer resultados aún más espectaculares. Hoy tenemos la certeza de que no hay dos tumores mamarios iguales. Debe haber una larguísima lista de variaciones genéticas que individualizan cada caso, es lo que se llama, «heterogeneidad intratumoral». La ciencia no ha hecho más que empezar a entender esta heterogeneidad, esa peculiaridad única que hace que un tumor sea el resultado del un proceso exclusivo dentro del cuerpo de una sola mujer, diferente al del resto. Esa marca persona que, cuando sea desvelada del todo, convertirá al cáncer de mama en una enfermedad mucho más vulnerable, fácil de atacar, curable.