Hawking viaja a los agujeros negros

¿Quién le hubiera dicho a este hombrecillo postrado por el ELA desde bien joven que sus palabras viajarían hasta el agujero negro más cercano conocido?

El científico Stephen Hawking en un acto en Nueva York en abril de 2016 / Reuters
El científico Stephen Hawking en un acto en Nueva York en abril de 2016 / Reuters

¿Quién le hubiera dicho a este hombrecillo postrado por el ELA desde bien joven que sus palabras viajarían hasta el agujero negro más cercano conocido?

Einstein (sí, ese señor que sacaba la lengua) hablaba del «don de la fantasía» como un motor fundamental en su vida y su carrera. Hay algo mágico también en el pensamiento positivo, un multiverso que conecta al hombre y sus pequeñas o grandes aspiraciones con cosas que lo trascienden, incluso si se trata de un ateo como lo fue Stephen Hawking. ¿Quién le hubiera dicho a este hombrecillo postrado por el ELA desde bien joven, que ni siquiera podía ir al retrete por su propio pie, que sus palabras viajarían hasta el agujero negro más cercano conocido, 1A 0620-00? Desde el momento en que un hombre se sienta a mirar las estrellas y se pregunta por qué están ahí, de algún modo ha caminado ya hacia ellas.

Es el «don de la fantasía» el que permite que «un mensaje de paz y esperanza», según su hija, surque a estas horas las «corrientes gravitacionales, el espacio y la luz» (que cantaba Battiato), lanzado desde una antena en España y con una base musical de Vangelis. Y es el emotivo reconocimiento de la Agencia Espacial Europea al científico más popular de nuestro tiempo, muerto en marzo, precisamente el mismo día, ayer, en que sus cenizas ocupaban un lugar de privilegio en el Scientist’s Corner de la Abadía de Westminster. ¿Por qué Hawking y no otro merece tal honor? Hay algo más allá de sus estudios de los agujeros negros, los pulsars, los quasars y lo que sea –muchos otros trabajan oscurecidos en sus laboratorios– que lo han hecho acreedor del título de «genio oficial» de nuestro tiempo.

Solo en lo humano, en las debilidades y fortalezas a nuestro alcance, reconocemos el común de los mortales al genio, ya sea en la vitalidad de un hombre postrado por el ELA que se niega a paralizar su mente, como en la agorafobia de Charles Darwin (décadas recluído en casa peleando con «El origen de las especies») y la mala leche de Isaac Newton, los dos científicos que a esta hora comparten solar en Westminster con Hawking. No sabemos qué o quién estará ahí, en el 1A 0620-00, para recoger el testimonio del hombre que quiso explicar el Todo desde una silla de ruedas. Pero que las palabras de un muerto puedan viajar desde una antena en España hasta donde la imaginación no alcanza, es ya de por sí un triunfo de la ciencia. Y de la fantasía.