Los orígenes de la guerra

Excavaciones a las orillas del lago Turkana
Excavaciones a las orillas del lago Turkana

Encontrado el resto más antiguo de una matanza entre humanos.

No sabemos muy bien cuándo tuvo lugar la primera guerra de la historia ni desde cuándo el ser humano o sus ancestros han tenido capacidad para autoorganizarse en grupos con el propósito de atacar a otros grupos y masacrarlos. Pero todo hace sospechar que, por desgracia, este impulso infernal lo llevamos dentro desde hace mucho, mucho tiempo. Los antropólogos se debaten entre dos posibles respuestas a esta pregunta. O bien la capacidad de guerrear es innata al género homo y de algún modo se produjeron batallas más o menos coordinadas desde quizás hace cientos de miles de años, o bien fue la aparición de la agricultura y el sedentarismo los que instalaron en nuestra conciencia el sentido de la propiedad y el territorio y dieron origen a los primeros conflictos bélicos.

Un nuevo hallazgo publicado ayer en «Nature» puede arrojar luz sobre el caso. En los yacimientos de Nataruk, a unos 30 kilómetros al oeste del lago Turkana, en Kenia, investigadores de la Universidad de Cambridge han descubierto los restos de 27 humanos de hace cerca de 10.000 años: ocho mujeres, seis niños y el resto hombres.

Doce de esos esqueletos estaban en muy buen estado de conservación, lo que ha permitido determinar que al menos diez muestran claros signos de muerte violenta. Algunos tienen traumas óseos producidos por objetos romos, como palos o piedras redondas, en cráneo y cara. Otros cuentan con fracturas graves de manos o piernas. En otros casos, se encuentran trazas evidentes de herida con objetos afilados: muescas de punta de flecha en la nuca, proyectiles lanzados desde la distancia en el pecho... En dos individuos se aprecia que quizás murieron estando atados. Tal es el caso de una mujer muerta en avanzado estado de gestación.

Los cuerpos no habían sido enterrados. Quedaron depositados a la intemperie o cayeron al lecho de un lago hoy desecado donde fueron cubiertos de sedimentos. Todo parece indicar que estos individuos eran miembros de una misma familia o tribu que pudo ser atacada por otro clan. Teniendo en cuenta la datación temporal de los huesos, parece evidente que se trataba de grupos humanos preagrícolas, comunidades de cazadores recolectores nómadas. De ser así, estos restos son la prueba más antigua jamás encontrada hasta ahora de un conflicto armado: la precursora de todas las guerras.

Según los autores del hallazgo, los huesos podrían evidenciar que el ataque intencionado y organizado entre grupos puede ser parte de las conductas sociales típicas de los cazadores recolectores primitivos.

Hace 10.000 años, el área de Nataruk, que hoy es tierra árida de matorrales y arbustos, fue un suelo fértil regado por un lago que servía de paso y refugio para muchas familias nómadas. Debió de tratarse de un lugar codiciado por sus recursos hídricos y los árboles llenos de frutos que lo rodeaban. Allí se han hallado restos de cerámica que sugieren que era un lugar de aprovisionamiento.

La Masacre de Nataruk pudo ser el resultado de un intento de apropiación de utensilios, comida almacenada o incluso miembros jóvenes de la tribu que pudieran engrosar las propias huestes. De ser así, supondría un embrión de los comportamientos que más tarde sí han quedado habitualmente demostrados en sociedades más estables, las que los ataques violentos a los asentamientos prójimos formaban parte de la vida. Diez de los esqueletos hallados mostraban lesiones que claramente habrían sido letales de manera inmediata. Además se han encontrado restos de tres artefactos con forma de arma. Dos de ellos están confeccionados con obsidiana, una piedra volcánica que adquiere fácilmente formas punzantes y rasgantes.

El cuerpo más estremecedor es el de una mujer en avanzado estado de embarazo al que se ha podido también extraer el esqueleto del feto. Presenta fracturas en ambas piernas y señales de haber muerto con las manos atadas. Las primeras huellas del horror humano.