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¿Vale todo con tal de tener un hijo?

Un informe de Harvard pone en cuestión algunas de las más modernas técnicas de reproducción asistida, como la IVG, debido a los problemas que plantean desde el punto de vista científico, legal y ético.

Un informe de Harvard pone en cuestión algunas de las más modernas técnicas de reproducción asistida, como la IVG, debido a los problemas que plantean desde el punto de vista científico, legal y ético.

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Puede que vivamos en la primera generación de la historia en la que tener hijos no sea meramente una decisión personal, familiar o un mero accidente. Por primera vez, la ciencia pone a disposición de los humanos todo un arsenal de herramientas para elegir cuándo y cómo se procrea. Las técnicas de reproducción asistida han supuesto una de las mayores revoluciones científicas y sociales de la historia de la humanidad. Convertir el acto de la concepción en un objetivo deseable para un número cada vez mayor de hombres y mujeres antaño excluidos de él a causa de un déficit natural no sólo se antoja un avance, sino que parece corresponder al deseo de cualquier amante de las ciencias: que éstas sirvan en bandeja herramientas universales capaces de facilitar un acto tan enriquecedor y libérrimo como el de tener descendencia.

Pero la ciencia avanza tan deprisa que las revoluciones, de repente, se vuelven obsoletas. Hoy el concepto de reproducción asistida pensado como técnica de apoyo a la fertilidad en parejas infértiles parece superado. La manipulación y congelación de gametos, la conservación de células sexuales masculinas y femeninas, la capacidad de indagar en el material genético embrionario... facilitan nuevas aplicaciones. Hablamos, así, en estos días, de uso de embriones para la ciencia, de selección de embriones antes de su implantación pensando en futuros transplantes entre hermanos, de donación de células sexuales congeladas para terceras personas, de hijos con tres padres genéticos. Una de las últimas novedades en el terreno de la reproducción es la llamada gametogénesis in vitro (IVG) que ha venido para marcar una nueva era clínica en esta disciplina, aunque, de momento sólo ha tenido éxito en ratones de laboratorio. Se trata de la reprogramación de células adultas para convertirlas en células embrionarias de las que se puedan extraer espermatozoides u óvulos. En otras palabras, de confeccionar embriones a partir de material genético de, por ejemplo, la piel o la grasa abdominal. Para tener hijos yo no es necesario el sexo, ni siquiera es necesario que se extraigan células sexuales de las dos partes implicadas para fusionarlas en laboratorio... cualquier célula del cuerpo sirve para tal fin.

La técnica es tan novedosa que aún no sabemos bien cómo catalogarla. La comunidad científica no ha realizado un planteamiento demasiado profundo de las implicaciones éticas que el uso de la IVG pudiera tener. Por eso es de gran importancia la publicación ayer en la revista «Science Translational Medicine» de la primera crítica bioética de esta nueva tecnología realizada por científicos de la Universidad de Harvard. La conclusión es clara: «La IVG es una técnica prometedora no sólo en el campo de la reproducción asistida, sino en la lucha para combatir algunas enfermedades de origen genético. Pero las promesas vienen acompañadas de algunas preocupaciones graves en el terreno de la eficiencia científica, la legalidad y la ética», asegura el informe.

Y es que esta tecnología va a pervertir, como ninguna antes lo ha hecho, nuestra concepción cultural de qué es la paternidad y la maternidad, de cómo ocurre y qué fin tiene.

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La IVG promete ser demoledoramente eficaz en algunos aspectos. Podría ayudar a los científicos a descifrar ciertos mecanismos aberrantes por los que la naturaleza genera daños en el ADN que se transmiten de generación en generación y producen enfermedades congénitas. Es una estrategia de gran valor en mujeres que tienen que someterse a tratamientos de quimioterapia en edades muy tempranas y que ven dañadas sus células reproductoras para siempre. Algunas formas heredadas de infertilidad masculina y femenina podrían curarse. Y reduciría la necesidad de estimulación hormonal en los tratamientos de fertilidad in vitro –cosa que a menudo es muy doloso para la mujer tratada–.

Pero los autores del trabajo, liderados por el profesor de derecho y bioética Glenn Cohen y el doctor George Daley especialista en reproducción, ambos de Harvard, alertan de los peligros que corremos si aceptamos ciegamente esta tecnología. De momento, la IVG sólo se ha probado en ratones y no hay suficiente literatura acerca de su seguridad. Para comprobarla en seres humanos sería necesario crear embriones de laboratorio con el fin de matarlos. Esta técnica permite la creación rápida de grandes cantidades de embriones, lo que aumenta los temores de que pueda ser utilizada como «granja de embriones» para la investigación, en lugar de como método de reproducción para parejas que lo requieren. Además, permite la selección de células mejoradas genéticamente. ¿Sería posible elegir las características físicas, musculares e incluso intelectuales de un niño? ¿Es eso éticamente permisible?

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El resultado del análisis deja una conclusión clara. Parece evidente que no todo es admisible con tal de tener hijos y que, a medida que la tecnología avanza y sus posibilidades se expanden, también crece la preocupación por su uso ilícito. ¿Estamos a tiempo de poner el semáforo rojo en la carrera por la reproducción asistida del futuro?