Ana Pastor: «Como madre soy muy Merkel»

Ana Pastor, en la imagen con un ejemplar de LA RAZÓN, consulta toda la Prensa a diario y asegura que «no me pierdo ni un editorial de Marhuenda».
Ana Pastor, en la imagen con un ejemplar de LA RAZÓN, consulta toda la Prensa a diario y asegura que «no me pierdo ni un editorial de Marhuenda».

No le gustan los adjetivos baldíos ni las aclaraciones pueriles. Y detesta los circunloquios. Por eso Ana Pastor se define en su Twitter como periodista. Punto. El signo ortográfico al final de su profesión no es una licencia expresiva, lo escribe ella, por convicción: le sirve para acotar el término, añadir contundencia y desterrar las mútliples interpretaciones que podrían generar unos puntos suspensivos, una coma o el siempre inquietante vacío. Evita las dudas: ni siquiera se las permite a sus entrevistados. Es incisiva, sí. Y formula preguntas como quien lanza un obús: se hizo experta en eso de incomodar a los políticos mucho antes de que se pusiese de moda llamarlos casta. Con ellos y contra ellos, Ana Pastor regresa hoy, a las 21:30 horas, con una nueva temporada de «El objetivo» en laSexta.

–¿Se acostumbra una a ser la que recibe las preguntas?

–No. Lo poco que sé es hacerlas y responderlas cuesta más.

–Algún que otro entrevistado la ha acusado de no dejar hablar, ¿le dicen lo mismo en su casa?

–La verdad es que yo soy lo que parezco en la televisión. Tiendo a interrumpir, me sale de manera natural. En casa tenemos intensos debates políticos e ideológicos y pocas veces estamos de acuerdo. Es más, incluso competimos: si puedo conseguir antes un invitado que Antonio [García Ferreras, su pareja y presentador de «Al rojo vivo»], lo hago.

–También le han llegado a decir que es más protagonista que el entrevistado, ¿cómo encaja eso?

–Asumo las críticas y más si son constructivas, lo que no tolero son los insultos. Pero el periodismo del que yo quiero aprender pone el acento en el entrevistado y lo que dice y es lo que pretendo. Ahora sí, estoy convencida de que esta profesión tiene que ser incómoda.

–¿Qué significa que Pedro Sánchez llame a Jorge Javier Vázquez en directo?

–No lo sé, habría que preguntárselo a sus asesores. Lo que sí me parece es que los políticos de partidos tradicionales se han llevado un susto y eso hace que ahora quieran salir más, cuando antes les costaba muchos estar en los medios.

–Y las tertulias políticas, ¿se están convirtiendo en una especie de «Sálvame»?

–A mí me gusta diferenciar los programas informativos y las tertulias. «Al rojo vivo», por ejemplo, tiene información y además opinión, también es una tertulia en la que te informas, pero no buscan la polémica por la polémica, forma parte de la pasión que se pone en España al debatir.

A pesar de que le reprochó al presidente de Ecuador, Rafael Correa, que la interpelase así, ¿en la intimidad se deja llamar «Anita»?

–Salvo mi madre, nadie lo ha hecho nunca. Lo de Correa tiene que ver con que no tengo ningún vínculo personal con él, era la primera vez que lo veía en mi vida y no me parecía apropiado. Pero lo he entrevistado otras veces y jamás lo ha vuelto a hacer.

–¿Qué hay más en España, casta o caspa?

–Necesitamos una limpieza a fondo de todo. La sensación que te da cuando hay un escándalo de corrupción y se piden indultos y no entran en la cárcel cuando hay gente dentro de ella que también los ha reclamado son privilegios que la gente en la calle no entiende.

–Populismo también es otra palabra de moda...

–Las dos se utilizan en tono crítico: la casta es no estar con la gente, a mí no me gustaría que me dijeran eso, pero tampoco que me llamaran populista, eso es decirle a las personas sólo lo que quieren oír. Prefiero el sentido común, la transparencia y la regeneración, pero que se pongan ya en marcha: menos hablar y más hacer.

–Dígame la verdad: consigue sentar a una política francesa como Marine Le Pen en su programa sabiendo que hace algo que muchos políticos españoles no se atreven a hacer, ¿y no se ablanda, aunque sea por un momento, al tenerla delante?

–No. Además, el mérito de traerla no fue mío, sino de una crack que se llama Raquel Villaécija. No me ablandan, a Antonio Basagoiti, por ejemplo, le tenía incluso cariño a nivel personal, pero a mí eso me daba igual cuando lo entrevistaba. Tienes que hacer tu trabajo independientemente de tus filias y tus fobias.

–¿Estaría Ana Pastor a la altura de una entrevista con Ana Pastor?

–No lo sé, pero no me interesaría nada lo que pueda opinar. Y ya bastante hay con una para que haya dos. Bueno, si hablamos de Ana Pastor, la ministra, sería genial, pero si es la otra me da pereza.

–Cuando fue madre, ¿se dio cuenta de cuántos engaños rodean a la maternidad?

–Totalmente, para bien y para mal. Es algo en lo que no funcionan las sensaciones previas ni las experiencias de otros, sólo tiene que ver contigo. La maternidad me parece el reto más apasionante y difícil y el que, a mí, desde luego, más horas de sueño me quita. También hago lo que hago en mi trabajo por mi hijo, quiero que esté orgulloso de mí. Ahora tiene cuatro años y quizá no lo entiende, pero sí cuando sea mayor.

–Al hablar de su niño sí que se enternece, oiga...

–Pues la verdad es que yo como madre soy muy estilo Merkel: si me pides un yogur, te lo comes. Y si no lo comes, lo cenas. Y la ropa es heredada de sus primos. Me he criado en esa cultura, la de una familia de clase media muy ajustada, y él tiene la suerte de que a su madre le va bien, pero se trata de aplicar el sentido común. Eso sí, supongo que mi hijo preferiría otro dirigente como madre, pero a pesar de todo, creo que me quiere.