Historia

Nunca le gané al mus

La Razón
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Era el mejor porque era mejor. Era el mejor periodista porque era la mejor persona. Desde luego, mejor que yo, que lo supe siempre y me aproveché de ello, aunque más debiera haberlo hecho en ambas cosas. Lo supe como lo sabíamos muchos de sus amigos y no dispute tal condición, ni en el periodismo ni en la vida, pero sí me atreví a hacerlo en una tercera, el mus. Con un resultado penoso para mi vanidad: no conseguí ganarle nunca.

Lo conocí cuando ya había estado en cincuenta guerras, dado y contado un par de vueltas al mundo y escrito 30 libros mientras que yo andaba tirando por lo alto en aprendiz de plumilla y de juntaletras literarias. Manu me aceptaba a su lado como igual.

La razón de nuestro encuentro fue la Alcarria, nuestra Alcarria, porque si era mía por nacimiento fue suya por entrega, que al fin y al cabo era vasco, de Arruaza, pegadito a Guernica, no lejos de Bilbao y ya se sabe que estos nacen y pacen donde les da la gana. Él optó por Guadalajara y se afincó en El Cañizar. Luego, ya avisando la salud, dejó aquel paraje solitario y se mercó una maravillosa casa en Brihuega. Manu siempre le sacó el jugo a la vida, hasta en el peor momento, cuando al hombre que se había caminado la tierra entera no le sujetaron las piernas.

Se nos ha muerto. Hoy se producirá una tregua en la guerra de trincheras y odios cainitas y miserables que emponzoñan más que nunca la prensa. Le gustaría porque el jefe de la «tribu», el corresponsal de guerra, el maestro de reporteros, amaba la paz por encima de cualquier cosa aunque no a cualquier precio. Amen de por su muerte, me corroe una amargura. No fui a verlo este verano. No me atreví a hacerlo como el otro en que le llevé unos cangrejos de río para que nos los preparara Jesús, el de Morillejo. No me atreví porque ya la vez anterior me había gangrenado la pena por su estado pero hoy el no haberlo hecho es un «deje a pares» que me corroe el alma. Y ya no puedo pedirle perdón, que me hubiera otorgado antes de empezar a abrir la boca. Manu Leguineche fue ante todo y sobre todo un reportero, de esa casta cada vez más en peligro de extinción, de ir, verlo y contarlo... y dar voz a los que no la tienen. De esos que contestó –no sé si fue su amigo Kapuscinski o incluso pudo ser él mismo– cuando le preguntaron en medio del infierno de Vietnam si creía en Dios: «Soy reportero y Dios sólo existe para los que escriben editoriales». Sea así o no, que por lo menos una cosa sepa: jugar al mus. Y que tenga cuidado porque, aunque le condene al infierno, puede Manu que le eche un órdago a Dios... y se lo gane.