«El ébola no es una sentencia de muerte»

Dos afectados que han sobrevivido al ébola y que ahora ayudan a los enfermos desde de Médicos Sin Fronteras cuentan su experiencia en primera persona

Zayzay Mulbah trabaja en el equipo de apoyo psicosocial de MSF en el Centro de Tratamiento de Ébola en Monrovia (Liberia). Ha pasado mes y medio desde que se recuperó de la enfermedad, pero la forma en que contrajo el virus es algo que se planteará durante el resto de mi vida. No sabe si fue un familiar, algún amigo cercano o al tocar algo contaminado por una persona infectada.

“Quedé totalmente desconsolado cuando el resultado de mis análisis, confirmó que era positivo. No podía creerlo, lloré muchísimo. Fue un momento decisivo en mi vida. Al principio del brote, no creía que el ébola fuera real, dudaba de su existencia. Pero aquí estoy, sentado en un centro de aislamiento y confirmado que tengo el virus de ébola”, afirma.

Antes de enfermar, salía a divertirse con sus amigos por su comunidad, tomaban cerveza negra y decían, en tono broma, que era la medicina contra el ébola. “No fue mucho después cuando empecé a sentirme mal, parecían los síntomas de la malaria. Posteriormente, empecé a vomitar y a tener diarrea. Mi madre pensó que me había intoxicado. Aun así, mi familia tomaba todas las precauciones necesarias aunque no estábamos seguros de que tuviera ébola”, indica.

“Cada vez que vomitaba, mi esposa desinfectaba, limpiaba y arrojaba a la basura todo lo que había utilizado. Tanto ella como mi hija dejaron de dormir en la misma habitación que yo. Hasta el día de hoy, soy la única persona de mi familia que se ha infectado, gracias a esas precauciones que tomamos. Mi enfermedad empeoraba día a día. El 23 de agosto decidí ir al centro de tratamiento en ELWA 3. Llegué allí, me hicieron los análisis y confirmaron que era positivo. Recibí atención médica y, tras nueve días, me recuperé y me dieron de alta para volver a casa”, recuerda.

Después de esta experiencia, quiere dejar claro que “la gente afectada por la enfermedad tiene la oportunidad de sobrevivir si acude en busca de atención a un centro de tratamiento. Comparto mi historia para inspirar y contar que tener ébola no es una sentencia de muerte”.

Toda la familia afectada

En el mismo centro que Mulbah, Salomé Karwah cuida a enfermos de ébola. Ella recuerda que todo empezó “con un fuerte dolor de cabeza y fiebre. Más tarde, empecé a vomitar y me dio diarrea. Mi padre enfermó y mi madre también. Mi sobrina, mi prometido y mi hermana habían caído enfermos. Todos nos sentíamos impotentes. Mi tío fue el primero de la familia que se contagió del virus. Lo contrajo de una mujer a la que había ayudado a ir al hospital. Enfermó y llamó a nuestro padre para que lo ayudara y lo llevó al hospital. A los pocos días, nuestro padre también enfermó. Como todos lo cuidamos también nos infectamos”.

Por ello, el 21 de agosto, se dirigieron al centro de tratamiento de MSF en Monrovia: “Cuando llegamos a la unidad de tratamiento, las enfermeras nos instalaron a mi madre y a mí en la misma tienda. Mi prometido, mi hermana, mi padre y mi sobrina fueron colocados en distintas tiendas. Mi hermana estaba embarazada y sufrió un aborto espontáneo. Nos tomaron muestras de sangre y nos confirmaron que tenía ébola. Pensé que era el fin del mundo, tenía miedo porque había oído decir a la gente que si tienes ébola, te mueres.

Después de pasar unos días en el pabellón de aislamiento, empeoró. Su madre también luchaba por su vida, estaba en unas condiciones terribles. En ese momento, las enfermeras decidieron transferirla a otra tienda. Para entonces, apenas comprendía lo que ocurría. Estaba inconsciente e incapacitada. Las enfermeras tenían que bañarla, cambiarla y alimentarla. Vomitaba constantemente y se sentía muy débil. “La sensación era abrumadora. El ébola es como una enfermedad de otro planeta. Causa tanto dolor, tan intenso, que puedes sentirlo en los huesos. Nunca había sentido un dolor como ése en toda mi vida. Mi madre y mi padre murieron mientras luchaba por mi vida. No sabía que habían muerto. No fue hasta una semana después, cuando ya empezaba a recuperarme, cuando las enfermeras me avisaron de que habían fallecido. Me entristecí, pero tuve que aceptarlo. Estaba consternada tras haber perdido a mis padres; pero Dios me había salvado de la enfermedad; tanto a mi como a mi hermana, mi sobrina y mi prometido”, dijo.

Vida después del ébola

Después de esta experiencia, trata de ayudara a los demás enfermos: “Cuando una persona enferma por el virus del ébola, debe tomar los medicamentos, beber suficientes líquidos, ya sean soluciones para rehidratación oral, agua o zumos; pero el organismo no debe quedarse vacío. Incluso si te traen la comida y no tienes hambre, por lo menos, tómate la sopa”.

Tras 18 días en el centro de tratamiento, las enfermeras le tomaron muestras de sangre y las llevaron a analizar. Ese día, como a las 5, le avisaron de que estaba lista para volver a casa porque el resultado de los análisis era negativo: “Entonces sentí que mi vida comenzaba de nuevo. Llegué a mi hogar sintiéndome feliz, pero los vecinos me tenían miedo teniendo miedo. Algunos de ellos me dieron la bienvenida, otros no querían acercarse, decían que todavía tenía el ébola. Había un grupo que bautizó mi vivienda como “la casa del ébola”. Pero, para mi sorpresa, una de las mujeres del grupo vino a mi casa para pedirme que llevara a su madre al centro de tratamiento porque estaba enferma por el virus. Lo hice y me sentí feliz porque, al menos, ella sabe ahora que nadie puede ir al supermercado a ‘comprar’ Ébola. Si alguien se contagia, no es bueno estigmatizarlo porque nadie sabe quién será el siguiente en contraer el virus”.

Salomé indica que “he regresado al centro de tratamiento, donde ayudo a la gente que está sufriendo por el virus a recuperarse. Trabajo como consejera de salud mental. Me causa placer ayudar a la gente y eso es lo que me trajo de vuelta. Las labores que realizo en este lugar pueden ayudar a otros a sobrevivir. Cuando estoy de turno, aconsejo a mis pacientes, hablo con ellos y les animo. Si uno de ellos no quiere comer, le aliento para que lo haga. Si están débiles y no pueden bañarse solos, les ayudo. Lo hago con toda mi fuerza porque entiendo su experiencia, he pasado por lo mismo. Me siento feliz en mi nuevo papel. Trato a mis pacientes como si fueran mis hijos, converso con ellos sobre mis propias experiencias. Les cuento mi historia para motivarles y que sepan que también pueden sobrevivir. Eso es importante y creo que va a ayudarles. Mi hermano mayor y mi hermana están felices de que trabaje aquí. Me apoyan al cien por cien. Aunque nuestros padres no sobrevivieron al virus, podemos ayudar a otras personas a recuperarse”.