El gran libro de instrucciones de los genes

El mayor estudio europeo sobre el epigenoma, con participación española, explica el comportamiento de las células y promete futuros tratamientos para enfermedades como el cáncer.

El mayor estudio europeo sobre el epigenoma, con participación española, explica el comportamiento de las células y promete futuros tratamientos para enfermedades como el cáncer.

Hace unos años, un grupo de científicos dio un paso de gigante: descifrar el genoma, ese disco duro con diferentes programas que marca el devenir de nuestras células. Sin embargo, existe un segundo nivel, conocido como epigenoma que representa el trabajo de cada una de esas células. El corazón, el hígado, el páncreas... cada uno de estos órganos tiene un epigenoma diferente que les permite seguir las órdenes específicas para cumplir con las funciones que tienen encomendadas. «El genoma lo conocemos. Son letras seguidas unas detrás de otras. Pero no sabemos cómo ordenarlas. Es como si tuviéramos ‘‘El Quijote’’ con todas sus palabras, pero sin signos de puntuación: comas, puntos, etc. Y si no están en su contexto, no lo entendemos. En eso consiste el epigenoma: los procesos químicos que regulan las células. En el genoma tenemos los ingredientes, pero el epigenoma es la receta para elaborar un buen plato», explica a LA RAZÓN Enrique Carrillo, investigador postdoctoral que ha trabajado a las órdenes de Alfonso Valencia en el Programa de Biología Estructural y Biocomputación del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). Junto al Instituto Nacional de Bioinformática de este mismo organismo, constituyen la participación española en el IHEC, el mayor estudio europeo del epigenoma humano. Ayer se publicaron 41 trabajos de forma simultánea, 24 de los cuales aparecieron en varias revistas del grupo «Cell Press». La parte europea, conocida como Blueprint, se ha encargado de hacer accesibles los datos generados, así como de coordinar su análisis entre más de 40 universidades europeas.

El «nivel de complejidad ha sido mayor» en el estudio del epigenoma. No en vano, el genoma es único para todas las células del cuerpo. Pero a nivel epigenómico, cada célula tiene una información diferente: es éste el que va a decidir que una célula pertenezca al páncreas, otra a un músculo... y también, que lleguemos a desarrollar algunas enfermedades. A nivel mundial, se han estudiado más de 2.000 epigenomas de pacientes que sufren males heredados. Así, en el estudio también han buscado las claves que explican cómo las células se alteran en función de una enfermedad como el cáncer. En esta área es en la que se ha centrado un equipo del Hospital Clinic de Barcelona, en concreto el de Mecanismos Moleculares de la Neoplasias Linfoides del IDIBAPS que dirige Elías Campo. Llevan años trabajando en las células de la sangre y, en concreto, en los linfocitos, «los defensores de nuestras células sanguíneas», apunta Campo. Él también forma parte del consorcio europeo Blueprint: «Llevamos seis años trabajando de forma coordinada», añade.

Lo que se habían dado cuenta los investigadores del Clínic es que no todos los pacientes tenían la misma esperanza de vida a pesar de padecer el mismo cáncer, un linfoma. «Unos viven muchos años, mientras que en otros la enfermedad era mucho más agresiva». Como explican en el estudio que han publicado en «Cancer Cell», «la célula del cáncer es diferente cuantitativamente respecto a la célula normal. Así, ser más o menos agresivo está directamente relacionado con los cambios del epigenoma», sostiene Campo. De ahí que, cuando hablamos de alteraciones en el genoma, nos referimos a mutaciones, mientras que las que corresponden a la epigenética se definen como «cambios».

«No existe ninguna evidencia de que existe alguna influencia ambiental para que un linfoma sea más agresivo que otro, pero sí que hemos podido determinar con este estudio que los cambios en la edad de la célula son claves». Algunas viven horas, días, meses o años. Según Iñaki Martín-Subero, del mismo equipo que Campo, «en nuestro estudio, el factor más importante para explicar la agresividad clínica es el grado de evolución del tumor a partir de su célula de origen. Parece que aquellos tumores que han evolucionado mucho se han hecho más fuertes y su pronóstico es francamente adverso».

Estamos ante un comienzo, pero muy prometedor. Aparte de los equipos españoles, un grupo alemán está estudiando las leucemias pediátricas, otro italiano está investigando para desarrollar fármacos destinados a distintos tipos de epigenoma... La comunidad científica no duda de que estas pesquisas darán como resultado nuevas dianas terapéuticas. Pero incluso se podría llegar más lejos: herramientas como los CRISPR, que permiten editar –«cortar y pegar»– partes del genoma, podrían ser aplicables también al epigenoma. «Hemos adquirido muchos datos que nos están permitiendo progresar en nuestro conocimiento. Y una vez que lo hemos adquirido, buscaremos soluciones. Y estoy convencido de que las vamos a encontrar», asegura Carrillo.

¿Cuál es el siguiente reto? «Descubrir cómo se interrelacionan los cambios en el genoma con los del epigenoma», concluye Campo. Así, dentro de esta «huella dactilar» de nuestros genes podrían esconderse futuros tratamientos. El trabajo comienza ahora.