El hombre que pulsó el último botón de Chernóbil

26 de abril de 1986. Ocurrió el peor desastre radioactivo, cuyos efectos aún persisten. Miles de muertos y cientos de pueblos evacuados. Aquella tragedia tuvo un protagonista: Alexey Breus, ingeniero jefe. He aquí su historia

Alexey ha vuelto al lugar donde trabajaba: el reactor IV. Recibió 120 REM (unidad de medición de radiación). El máximo anual que un humano puede soportar es cinco
Alexey ha vuelto al lugar donde trabajaba: el reactor IV. Recibió 120 REM (unidad de medición de radiación). El máximo anual que un humano puede soportar es cinco

26 de abril de 1986. Ocurrió el peor desastre radioactivo, cuyos efectos aún persisten. Miles de muertos y cientos de pueblos evacuados. Aquella tragedia tuvo un protagonista: Alexey Breus, ingeniero jefe. He aquí su historia

Alexey Breus se resiste a esbozar una sonrisa. El recuerdo le martillea. De pie, con sus potentes ojos azules, contempla silencioso los vestigios de su evaporada vida próspera. Una existencia plasmada en un museo del centro de Kiev, en Ucrania, cuyo eslogan reza: «Hay un límite de la tristeza. La ansiedad no tiene límites». Él no se puede desprender de aquella frase. Tampoco de la memoria, anclada en la misma fecha, el aciago 26 de abril de 1986, la noche del fin del mundo.

Quiso escapar de su pasado. Dejó la ingeniería nuclear para convertirse en artista, aunque su obra emblemática, «Titanic», lo delata: un mar pintado de rojo. En medio del cuadro, una embarcación en llamas, que se parece a su antiguo lugar de trabajo, la planta de Chernóbil. «La silueta de la central se refleja en el agua. Tal vez no es agua, sino sangre. Sin embargo, el humo y las llamas no cubren todo el cielo: hay manchas azules, un ápice de esperanza». Él fue el último en salir del reactor IV, epicentro del peor desastre radioactivo de la historia, 200 veces más letal que las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki.

Alexey tenía 27 años, un lujoso apartamento, buen salario y una hija por nacer. Vivía en Prípiat, símbolo del ideario socialista: ciudad de 50.000 habitantes, la más nueva y elegante de la Unión Soviética, a 110 kilómetros de Kiev. Prípiat, adonde los expertos nucleares querían llegar, porque a pocos pasos se erigía The Chernobyl Nuclear Power Station o la Central Eléctrica Nuclear Memorial Vladímir Ilich Lenin, el orgullo soviético.

El proyecto empezó en los años 70 y el plan que operaran ocho reactores. El IV iba a cumplir dos años. El V y VI estaban en construcción avanzada. De haberse completado, el complejo de Chernóbil hubiese sido la mayor central nuclear del planeta. «Era mi aspiración y la de mis compañeros de la Universidad de Bauman, en Moscú. Llegué a Prípiat en 1980. Conocía la tecnología de los reactores porque los diseñadores que los crearon habían sido mis profesores». Una ilusión que terminó cuando explotó el reactor IV. La radiación se extendió al 40% de Europa y tuvieron que ser evacuadas medio millón de personas de 500 pueblos. La nube de polvo radioactivo se elevó un kilómetro y fue detectada incluso en China y Estados Unidos.

Alexey Breus, cabello rojizo, espigada figura y rostro enjuto, residía en la avenida Lenin de Prípiat, flanqueada por monumentales edificios de apartamentos. Muy cerca estaban el centro cultural, el polideportivo con piscina olímpica, el restaurante exclusivo que acababa de abrir; las 15 escuelas, los cinco colegios, las guarderías. Y, por doquier, la hoz, el martillo y la estrella, la marca comunista que se iluminaba en la noche. De día, unos rosales daban color a los anchos caminos. La última novedad era el parque de atracciones, con noria y coches de choque, que los niños –la tercera parte de la población– esperaban estrenar el 1 de mayo de 1986. Faltaban solo cinco días.

«Pensar que todo se acabó en un pestañeo». El ingeniero nuclear murmura las palabras, porque 36 horas después tuvieron que irse a la fuerza, sin tiempo para hacer las maletas. Vidas arrancadas para siempre, huyendo de un enemigo invisible, la radiación. El régimen soviético puso 4.300 buses, tres trenes y miles de militares para evacuar Prípiat, al igual que la ciudad de Chernóbil y cientos de poblados de Ucrania y Bielorrusia, cuya frontera está a solo 16 kilómetros de la planta nuclear.

Los cultivos están envenenados, como la leche y la carne de las vacas. Nadie puede sentarse en el césped. Peor tocar las flores. O besar al ser que ama. Había que dejarlo todo. La casa recién inaugurada. La existencia. «Prohibido irse con las mascotas. A los animales hay que abandonarlos». Alexey suspira: «No hay palabras para explicarlo. Todo está contaminado». Regresar a Prípiat 30 años después estremece. Hay señales de radiación por todos lados, aquel símbolo en rojo, sobre fondo amarillo, de lo que parecen aspas de un ventilador. Una imagen que mantiene en vilo a cualquiera. Los visitantes deben ir con un guía que lleva un dosímetro, un medidor que comienza a emitir un sonido ensordecedor cuando atraviesa las zonas más peligrosas. Prípiat es una ciudad fantasmagórica, devorada por una vegetación agresiva, con árboles que crecen fuera y dentro de las edificaciones. En las guarderías, cunas vacías y juguetes esparcidos. En las escuelas, libros envejecidos con la imagen del camarada Lenin, cuadernos a medio llenar, máscaras anti gas, mapas del poderoso imperio soviético. En los apartamentos, vidrios rotos, portarretratos rotos, cajones revueltos por los saqueadores que llegaron tras la evacuación y se aprovecharon de la desgracia. Hay una imagen icónica: la noria que se oxida, con sus asientos de amarillo intenso. El nunca inaugurado parque de diversiones es la postal que resume el apocalipsis radioactivo. Resquicios de un soñado sistema comunista que no pudo ser.

Descalzo en el ataúd

Alexey tenía un vecino bombero, Vasili Ignatenko, que acudió a sofocar el incendio que había empezado a la 01:26 horas de ese negro 26 de abril de 1986. Su esposa, Liudmila, recuerda: «Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; los llamaron para una emergencia normal». No lo era. Ella estaba embarazada de seis meses. Su marido, moría, de inmediato, de forma extraña. «Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro. ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!... Todo esto tan querido... Tan mío... Tan... No le cabía ninguna talla de zapatos. Lo colocaron en el ataúd descalzo» («Voces de Chernóbil»). La primogénita de ambos, Natasha, murió a las cuatro horas de nacer, así como cientos –tal vez miles– de bebés cuyas madres embarazadas, o que se quedaron encinta después absorbieron la radiación.

Alexey Breus no sólo conoce esta historia, sino cientos. Ha visto agonizar a vecinos y amigos. Él mismo es una víctima. No pudo tener más hijos. Hoy, a los 57 años, está obligado a tomar un cóctel diario de fármacos para aliviar los problemas en la sangre, corazón, tiroides, sistema nervioso, articulaciones, estómago... «Nada es lo mismo. Cargo un peso eterno».

Él llegó a la planta nuclear seis horas después de la explosión, cuando ya habían muerto 15 de sus compañeros operadores y seis bomberos. «Ayudé a los equipos de emergencia todo el día. Trataba de tirar agua al reactor. Sentí náuseas, otros vomitaban a mi alrededor. Era el ingeniero jefe del lugar. El último botón del reactor IV lo presioné yo. Eso fue 14 horas y 20 minutos después del accidente». Un tiempo letal: recibió 120 REM (unidad de medición de radiación), cuando el máximo anual que un humano puede soportar es cinco.

El dolor no amaina. Aún se desconoce el número exacto de muertos: 31 reconoció la Unión Soviética, aunque 400.000 es la cifra más difundida por organismos internacionales. Greenpeace calculó 90.000. Los soviéticos ocultaron información. «Todo marcha bien», obligaron a decir a los medios y que la población del entonces estado más grande del mundo se tragase la propaganda. Los datos reales pueden resultar monstruosos. Estudios científicos determinan que «en pleno fragor de la batalla contra el reactor, cayeron 9.000 liquidadores en Chernóbil». Liquidadores: así bautizaron a quienes remediaron el desastre. No sólo salvaron a su país. En menos de una semana, Chernóbil se transformó en un problema para el mundo entero.

El 26 de abril de 1986 se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Austria y Rumanía; el 30 de abril, en Suiza y el norte de Italia; el 1 y 2 de mayo, en Francia, Bélgica, Países Bajos, Gran Bretaña y en el norte de Grecia; el 3 de mayo, en Israel, Kuwait, Turquía... «Las sustancias gaseosas y volátiles se dispersaron por todo el globo terráqueo: el 2 de mayo se reportó presencia en Japón; el 4 de mayo, en China; el 5, en India; el 6 de mayo en Estados Unidos y Canadá» (Escuela Superior Internacional de Radioecología Sájarov).

Los mandaban a morir

«Tuve suerte, sigo vivo. Mi esposa, Galina, estaba en San Petersburgo cuando ocurrió esto. Mi hija Anna nació sana», repite Alexey mientras observa las imágenes de sus compañeros fallecidos que cuelgan en el Museo de Chernóbil, en Kiev. Entre 1986 y 1987 fueron convocados cien mil soldados y oficiales reservistas. Tenían 28 años de promedio. Les decían que iban a ser héroes, que les darían la medalla «al valor». Y ellos creían en la URSS. Así, el Ejército de Chernóbil fue mayor que el de Napoleón. Los mandaban a morir.

En dos años los liquidadores se dedicaron a exterminar a los animales del área para que no esparcieran la contaminación; eliminar el polvo radiactivo casa por casa, calle por calle. Una misión clave fue, en seis meses, cubrir el reactor IV bajo una improvisada estructura llamada sarcófago. Una labor asignada inicialmente, en 1986, a robots japoneses, pero la radiación fundió sus sistemas electrónicos, así que las manos obreras soviéticas debieron ser sacrificadas para enfrentarse a la bestia. Los más expuestos, sin embargo, fueron los 10.000 mineros que llenaron con cemento la sala subterránea para evitar que el magma radioactivo se filtrara hacia el subsuelo y contamine las aguas que desembocan en los principales ríos de Ucrania. Todos ellos murieron.

Eran los tiempos de la Guerra Fría. La KGB –agencia de inteligencia– le prohibió a Alexey Breus hablar sobre las causas del accidente. Un silencio que rompió en 1991, cuando cayó la URSS. «Los reactores tenían defectos, fallos en los diseños. Ese día estaban haciendo una prueba de seguridad y los controles no respondieron adecuadamente. Eso sirvió para cambiar los reactores soviéticos que usaban esta tecnología». El ingeniero nuclear escarba en los álbumes. Muestra fotos de él en la otrora animada Prípiat. De fiesta. Con sus amigos. Él casándose, allí mismo, en la ciudad de la perfección comunista, cuando era feliz. «Dos de los operadores que estaban en el reactor IV eran amigos míos y fueron a mi boda. Ambos murieron aquella madrugada. Los recuerdos me invaden a diario. Chernóbil es el principal dominante de mi vida».

Desde la terraza del edificio donde vivía se puede ver el arca, que reemplazará al viejo sarcófago. Es una construcción gigante y multimillonaria que protegerá desde 2017 al reactor IV por al menos un siglo. La humanidad debe seguir a salvo, porque dentro del epicentro de aquel desastre hay aún 200 toneladas de material nuclear, altamente peligroso, que, de liberarse, puede dejar inhabitable toda Europa.

Alexey Breus siente tristeza, a veces ansiedad, como dice la frase del museo. Vuelve a hablar de su pintura llamada «Titanic». Destaca los breves trazos azules. «Hay esperanza. El mundo debe conocer el peligro nuclear. En 1986 fue Chernóbil; en 2011, Fukushima. Ninguna muerte más por la radiación».

Él siente necesidad de compartir su dolor. Es, al mismo tiempo, su cárcel y su escape. Vuelve la mirada a las fotos de los caídos. Luego, abre su billetera y muestra la imagen de un bebé rubio que carga en brazos. Es su nieto. «Se llama Alexey, como yo... Quiero que sea artista». Ni siquiera entonces deja escapar una sonrisa.