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El mejor de los mundos posibles

No hay mayor enemigo del progreso que aquel que se niega a reconocer que el mundo ha mejorado gracias al saber, la ciencia y la razón

No hay mayor enemigo del progreso que aquel que se niega a reconocer que el mundo ha mejorado gracias al saber, la ciencia y la razón.

Suele ser habitual asistir a alguna reunión, supongamos que a un cena entre compañeros de trabajo de las que proliferan estos días, con comidas cuidadosamente elegidas y vinos de cosechas inmejorables; personas con formación universitaria, algún máster, conocimiento de idiomas, habituados a viajar y con una salud envidiable, y oír decir que el mundo va peor que antes, incluso que ellos vivirán peor que sus padres.

Claro, el progreso es un concepto relativo que depende de cuál es el bienestar personal de cada cual, aunque hay datos objetivos que rebatirían ese tipo de pesimismo elitista. De nada serviría decir que ya casi nadie muere por los efectos de un rayo, por citar el más divino de los infortunios. Y si no mueren es por los avances técnicos, previsión metereológica y la educación. La percepción de que el mundo camina por derroteros que no nos gustan no debe ocultarnos una realidad innegable. Por ejemplo: si en el comienzo del siglo XX la mortalidad infantil (antes de los cinco años) era del 36,2%, ahora es del 4,2%.

Quien de manera reciente más se ha esforzado en demostrar que el progreso de la humanidad es un producto de la Ilustración –de la razón frente a las supersticiones ideológicas– ha sido Steven Pinker (Montreal, 1954), profesor Johnstone de Psicología en la Universidad de Harvard. En su último ensayo, «En defensa de la Ilustración» (Paidós), repasa de manera apabullante aquellas conquistas que han hecho un mundo mejor en desigualdad, pobreza, mortalidad materna e infantil, gasto social, educación, sanidad, vacunas, jubilación, respeto por la naturaleza y por los animales, abolición de la pena de muerte, fallecidos por desastres naturales...

Los muertos en Siria están calientes, pero nada que ver con las matanzas de la Primera Guerra Mundial o de la Segunda. España ha sido un ejemplo de este progreso y negarlo es la posición más reaccionaria que puede adoptarse, a izquierda y a derecha. Es sintomático que el campo que más lentamente ha evolucionado el mundo es en el número de habitantes que siguen viviendo bajo dictaduras. Eso sí, de todos los colores.