El «privilegio» de ser refugiado

España prevé un nuevo récord de peticiones, muchas de los cientos de inmigrantes que han llegado estos días a las costas. Ashraf y Abdul son de los pocos que han conseguido este estatus excepcional. Ésta es su historia.

España prevé un nuevo récord de peticiones, muchas de los cientos de inmigrantes que han llegado estos días a las costas. Ashraf y Abdul son de los pocos que han conseguido este estatus excepcional. Ésta es su historia.

«Todo empezó a principios de 2011 con manifestaciones en la calle. Pedían una democracia real y cambiar el Gobierno, pero en cuanto empieza a haber sangre, la gente se vuelve loca». Fue al calor de las primaveras árabes y después, en marzo de 2012, llegaron los aviones a bombardear todo. Empezó entonces un goteo de decenas de muertes diarias. «Tíos, primos... mis propios amigos». Ashraf es de Homs (Siria), tiene 27 años y va a hacer dos que llegó a España como refugiado, un estatus muy complicado de adquirir y cada vez más solicitado por quienes huyen de sus países por motivos de persecución política, religiosa o sexual. Ayer se celebró el Día del Refugiado y, según fuentes de la Oficina de Asilo y Refugio, las peticiones no dejan de aumentar. España prevé alcanzar un nuevo récord de peticiones (el año pasado, con 31.700 ya eran un 90% más que en 2016) y muchas de ellas, creen los expertos, vendrán de los cientos de inmigrantes que han ido llegando a las costas españolas en las últimas semanas. Ashraf reconoce que es un «privilegiado» y por eso ahora ayuda a otros inmigrantes. «¿Por qué a mi me han dado la oportunidad y a otros no? ¿Qué pasa con Palestina, Sudán o Somalia? ¿También están en guerra, ¿no?» Ash, como todos le llaman aquí, critica el sistema de concesión de asilo político en España. «Este país tiene cosas maravillosas, pero en ésto funciona muy mal». Él hizo de traductor de árabe para los inmigrantes del «Aquarius» el día de su llegada al puerto y sospecha que «lo tienen difícil». «Si aprovechan el tiempo pueden reconstruir su vida. No van a tener otra oportunidad. Lo tienen mal pero, créeme, mejor que en sus países». Sabe bien de lo que habla porque él ha vivido una guerra, pero ahora es autónomo y trabaja de recepcionista en un hotel. Bromea con el dinero que cobra ahí y la posibilidad de tener que dormir en la calle. «No pasa nada, es un país seguro, aquí no llueven bombas». Y es que las percepciones cambian mucho si te ha tocado vivir en el infierno. «Yo he venido sin querer. Vivía mejor que muchos españoles aquí pero es la guerra. ¿Qué podía hacer? No puedes permanecer impasible: tienes que colocarte en algún bando y matar», dice. «El 80% de los que luchan, lo hacen obligados y no saben ni contra quién lo hacen, salen de sus pueblos sin saber nada. Así de triste». Ash estaba estudiando la carrera de Energía Solar Térmica en Damasco pero no pudo terminarla. «El Gobierno de Al Ásad me obligaba a luchar con ellos, igual que los kurdos. No pude ni terminar los exámenes». Además, tenía que pagar una especie de cánon para que no le mataran. Decidió irse. Siguió la ruta turca. «De noche y saltando vallas» llegó a Estambul. Estuvo un año trabajando en fábricas, de camarero y de traductor porque este joven habla árabe, turco, kurdo, inglés y un poco de ruso. «En 2015 entré en Bulgaria y estuve una semana en la cárcel porque me pillaron en la frontera. Me golpearon mucho y me devolvieron a Turquía sin nada». Tuvo que tirarse otro año para ahorrar e intentarlo de nuevo. Pero llegó su hermano y, como le hacía «más falta» le dio lo ahorrado. «Él fue por la ruta de los Balcanes a Alemania». Estuvo otros cinco meses ahorrando y el 12 de marzo de 2016 surgió la oportunidad de ir hacia Grecia por mar. Desde allí se les distribuía a distintos países europeos en la famosa cuota de refugiados que cada país de la UE se comprometió a asumir y que ninguno ha cumplido. Él tuvo suerte y en julio de 2016 llegó a España en un vuelo directo Atenas-Madrid junto con otros 36 refugiados. Ahora es feliz en Valencia y está plenamente integrado.

Una historia si cabe más dura vivió Abdul, que también hizo de traductor con algunos del «Aquarius». Él es afgano, tiene 26 años y estudió enfermería en Kandahar. Casi firmó su sentencia de muerte al irse a trabajar al hospital de un campamento del Ejército de EE UU, en un pueblito cercano, Arghandab. Allí hacía de traductor porque los soldados atendían dentro a civiles afganos. Estuvo cuatro años con ellos pero le buscaban los talibán por «colaborar con el enemigo». «Amenazaron a mi hermano y escribieron en la fachada de casa de mi madre “último aviso”». Los talibán pagaban a gente para buscar «infieles» y sabía que tarde o temprano le encontrarían. No había otra que irse.

22.000 dólares por llegar

Abdul pagó a una mafia 22.000 dólares para que le llevaran hasta Alemania de la forma más segura posible. Iría él solo. Ese era el «paquete» que compró pero la mafia no cumplió el contrato. Cuando cruzó la frontera y pasó a Irán le juntaron a otra veintena de refugiados. «Para entrar a Turquía andamos durante tres días. Era una zona montañosa. El más pequeño tenía 12 años pero pegaban una paliza a cualquiera que quisiera descansar». En Turquía le esperaba el enlace de su mafia, le juntaron a otras 20 personas y se dio cuenta de que también cruzarían a Bulgaria andando. Le habían estafado: 22.000 dólares para esto. «Nos dijeron que sólo sería una noche andando pero fueron cuatro atravesando un bosque y encima la Policía búlgara nos atrapó». Abdul detalla palizas y humillaciones: le deportaron a Turquía descalzo, sin camiseta y sin nada encima. «Estuve seis horas andando descalzo y con dolores por las palizas hasta encontrar un pueblo». Allí contactó con su familia para que el enviaran dinero a través de Western Union. Para ello necesitaba un pasaporte y la persona que se ofreció a hacerle la gestión le exigía la mitad del importe. No le quedaba otra. La segunda vez que lo intentó, le metieron en un campamento con otros refugiados hacinados. «Nadie había cambiado allí las sábanas en años y la gente tenía enfermedades respiratorias y sarna; estaba muy sucio. Ni siquera nos abrían de noche si teníamos que ir al baño». Logró salir y, ya fuera, llamó a su contacto de la mafia desde un locutorio para continuar el viaje. Le llevaron a una casa de campo, una especie de piso franco que compartían varios de estos grupos para meter a sus «clientes». Después de tres días encerrados, cruzaron a Serbia. Otros cinco días andando con lluvia. «Íbamos 39 personas y parábamos cada ocho horas a descansar una, menos por las noches, que no parábamos». Fue lo más duro del trayecto. «Hasta comíamos hierbas y bebíamos agua de los charcos».

Llegó a Belgrado en noviembre de 2016. Allí durmió en un parque a temperaturas bajo cero hasta que buscó otra mafia, porque la suya ya le dejó tirado. «Les llamaba y en cuanto decía “soy Abdul”, me colgaban». Los precios de la nueva mafia eran 2.200 euros llegar hasta Italia vía Croacia o 1.800 si entraba por Hungría. Mientras su familia trataba de reunir el dinero tuvo que dormir más de medio año en una estación de autobuses abandonada. Había más gente en su situación y varias ONG acudían a ayudarles. Así conoció a una fotógrafa belga que unos meses más tarde volvería en coche con su hermana para sacar a Abdul y a otro amigo del país. La hermana de esta chica iba en un coche lanzadera por delante y ellos detrás. De Zagreb cruzaron a Eslovenia y, de ahí, a Italia, Francia y España. Llegó a Madrid en octubre de 2017 y se acogió en Valencia a un programa especial de asilo. Ahora ha terminado un curso de enfermería y busca trabajo. Lo peor de todo, dice, su infancia: «No había juegos. He pasado mi vida escuchando gritos y disparos».

Nueve meses para una entrevista

Ashraf y Abdul son voluntarios de Valencia es Refugi, una ONG que nació tras los cambios normativos que supusieron dejar a muchos solicitantes de asilo fuera del sistema de ayudas. La fecha de la primera entrevista para estos inmigrantes no es antes de los nueve meses y ahora sólo acogen a familias con menores.