Elsa Punset: «La soledad mata como el tabaco, pero es más nociva»

Asegura que estamos sufriendo una «epidemia de soledad». Y como vacuna, propone echar mano de la inteligencia social. Tras el éxito de «Una mochila para el universo», Elsa Punset trata en «El mundo en tus manos» de dotarnos de herramientas suficientes para alcanzar algo tan difícil de definir y experimentar como es la felicidad.

–Para no iniciados: ¿qué es la inteligencia social?

–Es el conjunto de habilidades y competencias que nos permiten convivir, comunicarnos bien con los demás. Son los ladrillos de nuestras relaciones con el resto del mundo... ¡Para no iniciados!

–¿Los españoles somos inteligentes desde el punto de vista social?

–Somos muy conscientes del valor del afecto. El afecto y la falta de él tienen un impacto no sólo emocional, sino físico, en la salud. Somos excelentes dándonos este cobijo. Pero tenemos la misma epidemia de soledad que en el resto de países. En la capacidad de colaborar, ser flexible, tomar decisiones, de comunicarnos, de hablar en público... nos pasa como en el resto de sistemas educativos: no lo aprendemos desde pequeños. Sí aprendemos el afecto de la familia. Eso sí que lo hacemos bien. Si todo lo hiciéramos así, ganaríamos las olimpiadas de la inteligencia social.

–Dicen que somos envidiosos, cainitas...

–Eso es falta de inteligencia social. En España, nuestros círculos de empatía, la capacidad de identificarte y ponerte en la piel del otro, son un poco pequeños. Aquí tenemos redes sociales pequeñitas y tribales: una familia, un grupo de amigos de toda la vida... Tendemos a no diferenciar más allá de nuestro pequeño círculo.

–Si en lugar de tanto PIB midiéramos esa Felicidad Interior Bruta de la que habla en el libro, ¿qué resultado nos daría?

–Le puedo decir que la que tuviésemos no se debería a ninguna política consciente. La huella de la infelicidad, el daño social y emocional que crean las políticas medioambientales, económicas... Eso no lo medimos nunca. Si estamos bien no es gracias a ese tipo de políticas. Y podríamos estar muchísimo mejor si tuviéramos en cuenta algo tan importante en la salud física como nuestro bienestar social.

–¿Hasta qué punto es importante que nuestros políticos prediquen con el ejemplo de la inteligencia social?

–Los políticos no lo tienen en cuenta. Siguen centrados en algo muy trasnochado, que es la supervivencia física de las personas. Hemos dedicado décadas a las políticas de supervivencia física. Sabemos que necesitamos unos mínimos para estar bien. Pero más allá, no hay un impacto importante en nuestra salud mental. Los políticos van a tener que cambiar, porque la sociedad empieza a tener la información en sus manos y van a poder reclamar ese cambio. Mi esperanza no es que cambien los políticos, sino que las personas pongan nombre a lo que necesitan, y que sepan unirse para reclamarlo. No hay quien se resista a esa marea. Mire el poder de las redes sociales: la unión de gente que hace circular ideas y que genera demandas. Espero que el libro contribuya al debate social.

–Honestamente, qué es más nocivo: ¿el tabaco o la soledad?

–(Ríe) Es curioso: es mucho más fácil renunciar al tabaco que a la soledad, con lo cual es más nociva la soledad, aunque mate igual que el tabaco... El tipo de sociedad que creas, en la que la gente se siente sola, en un mundo hiperpoblado e hiperconectado, es una paradoja tan grande... Con respecto al tabaco, lo único que tiene que tener una persona es la voluntad de no fumarlo. Pero la soledad requiere cambios más de fondo. Y hay muchas ideas en el libro para lograrlo.

–¿Por qué tenemos tantos amigos en las redes sociales y tan pocos en la vida real?

–Nos decían que las redes sociales iban a arreglar el problema de la soledad. No lo han hecho, porque trasladamos nuestra forma de relacionarnos a la red. La gente extrovertida, que tiene muchos amigos, utiliza internet como una forma más de relacionarse con sus amistades. Y los que son tímidos simplemente pasan por ahí pero no les alimentan. La red corta la capacidad de los seres humanos de comunicarse de forma natural a través de las emociones, que es la empatía. En la red no nos miramos, no nos sentimos. Es una forma extraordinaria de intercambiar ideas, pero una conexión no es una relación.

–En el filme «Her» se narra la historia de amor entre un hombre y su sistema operativo. ¿Llegaremos hasta ese punto?

–Sí, porque el cerebro no distingue bien entre realidad y ficción. Si al cerebro le das todos los síntomas de una relación cariñosa, y tienes delante una máquina perfecta que te entiende, te quiere y te cuida, ¿dónde vas a encontrar algo mejor? Una de las cosas que sabemos es a que nuestra inteligencia biológica se va a ver enriquecida en las próximas décadas por una extensión tecnológica. Y yo no le tengo miedo a eso. A lo que le tengo miedo es a que vivamos de espaldas a lo que nos hace ricos, sanos y ser lo que somos. El afecto y el amor de los demás es fundamental.

–Entonces las relaciones a distancia, el cibersexo... ¿cómo lo ve?

–Es puro placer, no es afecto. Tomarte una coca-cola es muy agradable, pero no te alimenta.

–¿Le incomoda la etiqueta de «autoayuda»?

–Está muy denostada, pero me parece maravilloso que la gente pueda hablar de ayudarse a sí misma y no tener que acudir siempre a expertos. La autonomía de este nuevo ciudadano activo al que quiero defender y armar de buenos instrumentos para entender... es autoayuda. Pero en la autoayuda se ha escrito de forma muy poco científica. Son etiquetas al final.

–Habla también de la importancia del entorno familiar a la hora de perfilar nuestra personalidad. ¿En qué medida su padre, Eduard Punset, ha sido decisivo para armarle con estas herramientas de inteligencia social?

–Absolutamente, como cualquier padre. Los padres y las madres tienen un impacto brutal en nuestra relación futura con el resto del mundo. En casa he aprendido a no tener miedo, a pensar y apreciar lo que es la libertad. Me ha equipado con esa educación para el mundo en el que estamos ahora, en el que tú eres el que tienes que decidir.