Historia de Sota: cruz de navajas por una perra

La muerte del animal ha provocado una revolución social cuando los hechos aún no están claros. Mientras unos valoran que estos sucesos de maltrato ya no pasen desapercibidos, otros condenan la agresividad de los grupos violentos

Sota, en una imagen que circula por las redes sociales
Sota, en una imagen que circula por las redes sociales

La muerte del animal ha provocado una revolución social cuando los hechos aún no están claros. Mientras unos valoran que estos sucesos de maltrato ya no pasen desapercibidos, otros condenan la agresividad de los grupos violentos.

La imagen de la agonía de la perra Sota abatida en un charco de sangre ha causado estupor a toda la sociedad. Tampoco deja indiferente a nadie el dolor de Tauri Ruusalu, su dueño desde hacía año y pico. Ambos vivían y dormían juntos en las calles de Barcelona. Este joven estonio, que ha viajado como mochilero por varios países de Europa, fabrica pulseras que vende a los transeúntes, dejando que sea el comprador quien ponga precio a su obra. Perra y hombre estaban a punto de incorporarse al proyecto #Millors Amics de la Fundación Faada para evaluar su vínculo y proporcionarles ayuda. Poco se sabe de lo que pasó realmente el 19 de diciembre, cuando un agente de la Guardia Urbana acabó con la vida de Sota de un disparo. Una patrulla rutinaria pidió a Ruusalu identificarse. Según el informe del atestado policial, el joven se alteró. La discusión entre los agentes y Tauri provocó que la perra, nerviosa, se abalanzarse sobre el agente, de 43 años, causándole erosiones y una rotura en el uniforme. Al ver que se dirigía a zonas vitales –cara y cuello–, disparó mortalmente a la perra. El joven respondió golpeando al agente con un monopatín. Su versión difiere: «Subió sus patas delanteras al brazo del policía, pero no le mordió. Movía la cola todo el rato. Pensaba que estábamos jugando».

Hasta aquí, dos versiones y una única respuesta. Más de 3.500 personas se concentraron unos días después en la plaza de Sant Jaume de Barcelona para mostrar su repulsa. Las manifestaciones de indignación se han repetido en diferentes ciudades de España y las asociaciones animalistas exigen que se aclaren los hechos. Hoy, las redes se empeñan en rescatar imágenes que dibujan un perfil de Sota como el de una perra afable y acostumbrada a una vida callejera con todo tipo de estímulos.

«Estas protestas evidencian que, afortunadamente, estos sucesos ya no pasan desapercibidos. La sensibilidad hacia el animal, sobre todo en las generaciones más jóvenes, está consiguiendo castigar con máxima dureza el maltrato y crear leyes que velen por su bienestar. El suceso destapa también la falta de protocolos adecuados y de formación y manejo de los cuerpos policiales para gestionar las actuaciones con animales en la vía pública», declara a LA RAZÓN Kepa Tamames, portavoz de la Asociación Trato Ético a los Animales (ATEA).

Si esta perra transitaba suelta por la calle y sin bozal, podía contravenir las normativas municipales y poner en riesgo la vida de los transeúntes. Y está por demostrar si Tauri cumplía las exigencias que se piden para cualquier ciudadano (seguro, licencia municipal específica, microchip, inscripción en un registro municipal, etc.). Pero queda la duda de si no hubo un modo mejor de calmar al perro. ¿Fue desproporcionada la respuesta del agente? ¿Por qué no disparó en una zona no vital?

El caso es que la solidaridad por la perra ha acabado enturbiada por los altercados violentos en las concentraciones y los ataques de odio que crecen en las redes: rumores falsos, amenazas, insultos y expresiones como «políticos potencialmente peligrosos». En una carta dirigida a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, el sindicato CSIF denuncia que la Guardia Urbana, el agente y su familia están siendo objeto de todo tipo de calumnias, injurias, insultos e, incluso, amenazas de muerte.

Detrás de esta ola de rabia irracional se dice que están las asociaciones y partidos políticos animalistas que organizan movilizaciones con protestas violentas incitando al odio contra los cuerpos policiales. «Pacma saca rédito electoral de la muerte del animal», dicen algunos titulares. En las últimas elecciones municipales, los animalistas se quedaron a una décima de obtener representación en el Ayuntamiento de la Ciudad Condal. Ahora, podrían haber visto una oportunidad para hacerse oír y comenzar su campaña electoral. Preguntada por LA RAZÓN, Laura Duarte, portavoz de Pacma, se defiende: «Desde nuestro partido nunca hemos incitado a la violencia o al alboroto callejero ni aprobamos este tipo de actuaciones. Tampoco tenemos intereses partidistas en nuestras manifestaciones ni utilizaríamos un episodio tan deplorable con el fin de ganar votos». Asegura que lo que les importa es esclarecer los hechos de modo urgente y cree que las cámaras de los establecimientos próximos podrían aportar mucha información. Mañana entregarán al Consistorio más de 200.000 firmas exigiendo responsabilidades por la muerte de Sota.

En medio de esta guerra ciega que no distingue entre derechos humanos y animales, cabe preguntarse si el ser humano es de verdad un animal racional. Si es la furia humana, más que la del animal, la que se convierte en una fuerza destructora. ¿Qué nos marca como racionales? ¿No estaremos perdiendo peligrosamente el norte? Javier Elzo, catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto, brinda a esta crónica una reflexión: «Sin entrar al detalle de lo realmente sucedido en el episodio de la perra que mordió al policía urbano y que, según la versión oficial, intentó volver a morderle, versión que, de entrada, no veo por qué no he de creer, los incidentes posteriores al hecho en sí me parecen mucho más graves que el propio hecho que está en proceso de esclarecimiento. En las redes sociales se ha amenazado de muerte al policía que abatió a la perra. Además, en la manifestación de protesta se exhibieron pancartas de asesino dirigidas al policía. Y, como sucede con demasiada frecuencia tras una manifestación pacífica, un grupo de violentos se dedicó a lo suyo: romper lo que tenían a mano. Por eso les llaman en Francia «casseurs» (rompedores), los mismos que en España etiquetan, a mi juicio equivocadamente, como radicales cuando, en realidad, son violentos». A juicio de Elzo, han hecho de un epíteto un sustantivo que los define. «Van encapuchados y en las redes sociales no firman sus mensajes. Es la deriva de un anonimato que hemos aceptado en nuestra vida. Comunicarnos sin saber con quién nos estamos comunicando. Así nos va. Es la banalización de la desrresponsabilidad». Las nuevas generaciones están encontrando en este tipo de contextos nuevas maneras de sentirse en la sociedad haciendo activismo. La muerte de Sota deja claro que una de sus banderas es el animalismo, utilizando herramientas masivas como las redes sociales. Pero, como indica el sociólogo, es importante mantener la frontera visible entre humanos y animales. De poco servirá defender a otras criaturas si, en lugar de aprovechar el privilegio de la conciencia y de las capacidades que concurren en la razón, cargan con violencia contra los policías que custodian la puerta del Ayuntamiento y les lanzan con violencia desmesurada toda clase de objetos, incluidas las vallas de metal utilizadas para el cordón policial. Si la defensa de los animales es un principio de la dignidad humana, también puede acabar siendo la deformación más grotesca del amor humano hacia ellos.

Es innegable que el animalismo gana fuerza en la sociedad, pero sus corrientes más radicales apelan a un mecanismo primitivo para imponer una verdad conforme a sus intereses, manipulada por opiniones y emociones. Un usuario en redes se pregunta si, en esta situación de imbecilidad, tendría el mismo éxito una campaña para salvar las cucarachas asesinadas cada verano en las casas. La sensibilización hacia el mundo animal no va acompasada de una empatía hacia el hombre, en este caso, hacia un agente.

Asistimos al embrutecimiento que nace del juicio irracional. ¿Y si de tanto humanizar a los animales nos acabamos animalizando los humanos? Sin ponderacion, corremos el riesgo de acabar igual que los personajes de Juan de Maldonado en «El mariscal de Virón», donde las damas de la Corte parecen ranas, el Rey es un pollino, el Conde amenaza con moler a coces al Mariscal y éste con ponerle a él una noria para que la arrastre como un burro. La investigación determinará si la conducta con Sota estuvo justificada o fue desproporcionada, pero viendo los altares que llenan la Gran Vía de Barcelona, da la sensación de que hemos creado un mundo de animales pensantes y sufrientes.