La debilidad del asesino de Trotski

Ramón Mercader vivió bajo la influencia de su madre, una mujer de ideas revolucionarias que le empujó a asesinar con un piolet al fundador del ejército rojo.

Un policía sostiene el piolet con que Ramón Mercader asesinó a Trotsky
Un policía sostiene el piolet con que Ramón Mercader asesinó a Trotsky

Ramón Mercader vivió bajo la influencia de su madre, una mujer de ideas revolucionarias que le empujó a asesinar con un piolet al fundador del ejército rojo.

La tarde del 20 de agosto de 1940, en el barrio de Coyoacán (México DF), tuvo lugar uno de los magnicidios más renombrados de la historia contemporánea. La víctima fue nada menos que León Trotski, el otrora todopoderoso caudillo de la Revolución Rusa que osó enfrentarse a Stalin al frente de la llamada Oposición. El verdugo era Ramón Mercader, un joven español cuyo nombre pasaría de inmediato a las páginas de las enciclopedias universales del crimen. Y no precisamente como una simple nota a pie de página...

Lo más insólito es que hoy, casi ochenta años después, este macabro suceso sigue rodeado de una aureola de misterio.

¿Cómo llegó Ramón Mercader si no, con solo veintisiete años, a convertirse en uno de los más conocidos asesinos de todos los tiempos? La respuesta, aunque pueda resultar extraña, es completamente cierta: lo hizo empujado por su influyente madre. Para entenderlo debemos retrotraernos a sus orígenes familiares. Ramón fue el segundo hijo de un matrimonio de la burguesía barcelonesa. Su padre, Pablo Mercader, era un próspero empresario textil que simpatizaba con el nacionalismo conservador catalán. Su madre, Caridad del Río, pertenecía a una familia acomodada de origen indiano, instalada en la Ciudad Condal tras la independencia de Cuba. Ella es, precisamente, el personaje principal de esta rama de la historia con ribetes de tragedia. Caridad del Río creció en un ambiente exclusivo de colegios religiosos. Pasaba las tardes en el hipódromo y las noches, en el Liceo. Desde muy joven latió en su interior un espíritu inconformista muy difícil de dominar. Desposada con dieciséis años, dio a luz a cinco hijos, entre ellos Ramón, nacido el 7 de febrero de 1913. Pero la vida de madre burguesa no estaba hecha para una mujer que sentía claustrofobia en el angosto espacio familiar. De modo que muy pronto buscó alicientes muy distintos fuera...

Caridad frecuentaba la bohemia durante los convulsos años del pistolerismo en Barcelona y no deseaba mantenerse al margen de la misma. Cautivada por las ideas revolucionarias, llegó a colaborar con grupos anarquistas en acciones violentas, ayudando incluso a perpetrar atentados contra las fábricas de su propia familia.

Exilio en Francia

Su marido hizo que la ingresasen finalmente en un manicomio. Desde entonces, ella abominó de los Mercader y de todo lo que ellos representaban. Cuando logró salir de la clínica, se exilió a Francia junto con sus hijos aún menores. Allí entró en contacto con militantes comunistas y tuvo la certeza de haber encontrado su verdadero destino. De regreso en Barcelona, recién proclamada la Segunda República, se dejó ver acompañada de su hijo Ramón, un joven y atractivo deportista con mucho éxito entre las mujeres, quien, por encima de todo, era un comunista redomado. Tras el estallido de la Guerra Civil, Ramón marchó al frente, donde resultó herido y debió ser evacuado a la retaguardia. En el verano de 1937, desapareció de España como por ensalmo. Se creyó que lo habían destinado en Moscú, a instancias de su madre, destacada colaboradora de los órganos soviéticos de seguridad.

Seducir a una trotskista

Ramón Mercader fue adiestrado como espía, en espera de objetivos más ambiciosos en su nueva carrera. En 1938 regresó a París, haciéndose pasar por ciudadano belga. Su exitosa misión consistió en seducir allí a una trotskista americana, de nombre Silvia Ageloff, para infiltrarse en los círculos del antiguo dirigente bolchevique, entonces en el exilio.

Llegó así la gran ocasión de su vida: la americana iba a convertirse en la secretaria personal de León Trotski. En México, el fundador del Ejército Rojo residía atrincherado en una casa protegida por guardias armados. Sabía que Stalin le había condenado a muerte y temía que su largo brazo tarde o temprano le alcanzase. Y ese brazo resultó ser el de Mercader. El joven español actuó de modo sibilino, sin despertar sospechas. Hasta que un día se las arregló para quedarse a solas con Trotski en su casa. Le pidió opinión sobre un artículo suyo sobre la Segunda Guerra Mundial. Y mientras el viejo líder lo leía con interés, le clavó el pico de un piolet en la nuca. Trotski bramó de dolor, alertando a los guardias.

Mercader fue detenido poco después y condenado a veinte años de cárcel. Al salir de prisión emigró a la Unión Soviética, donde fue condecorado. Falleció en La Habana (Cuba) el 18 de octubre de 1978, a la edad de sesenta y cinco años, sin que el terrorífico grito de su víctima, en el mismo instante de recibir el terrible impacto, dejase de resonar en su cabeza.