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La mediación o el arte de preservar los acuerdos en el tiempo

  • La mediación o el arte de preservar los acuerdos en el tiempo

Tiempo de lectura 4 min.

24 de junio de 2019. 00:07h

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Federico Mayor Zaragoza.  24/6/2019

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Ya lo decían los clásicos: en el término medio está la virtud. El término medio es algo así como la mitad del camino, la equidistancia, un ni sí ni no alcanzable, entendible. En su primera acepción, mediar (del latín mediare) significa «llegar una cosa a la mitad de su curso»; o sea, al término medio, el de los clásicos; el que nos permite la negociación y que no es ni para ti ni para mí... es para nosotros.

Pero para mediar, además de una cultura democrática y una educación apropiada, necesitamos de un tercero, el que se pone en el centro y nos aproxima, el que abre puertas, nos alivia los rencores y nos anima a encontrar puntos comunes. Y ese tercero, el mediador (imparcial en todos los aspectos), es quien debe facilitar el acercamiento y promover una negociación que permita llegar a un acuerdo que, consensuado y aceptado por las partes, ponga fin al conflicto.

«Se entiende por mediación aquel medio de solución de controversias, cualquiera que sea su denominación, en que dos o más partes intentan voluntariamente alcanzar por sí mismas un acuerdo con la intervención de un mediador»; así se define en la ley 5/2012 de 6 de julio, marco legal de una práctica de importancia creciente en los últimos años. ¿Pero es la mediación una alternativa real a las instancias judiciales? Indudablemente, sí.

Como método alternativo para resolver conflictos, la mediación evita el desgaste de todo proceso judicial, es más rápida y conlleva muchos menos costes. Además, los acuerdos son asimilados —somatizados, diríamos—, de tal manera por las partes que se prolongan y mantienen en el tiempo. No hay que olvidar que la mediación se caracteriza por la voluntariedad y participación de las partes y no reemplaza en ningún momento el papel protagonista de los participantes en la resolución del conflicto. Es decir, el tercero, el mediador, carece de poder de decisión; él ayuda a conseguir voluntariamente el arreglo extrajudicial preservando en todo momento la confidencialidad.

Es precisamente ese carácter participativo y protagonista de las partes en conflicto el que hace que se reduzcan los sentimientos negativos asociados al mismo, que aumente la capacidad de autodeterminación y que se produzca un equilibrio entre la razón y la emoción; además, la mediación mejora la autoestima y aporta mayor calidad de vida. Con ella, las personas se sienten responsables, competentes, empoderadas...; en definitiva, capaces.

Hoy día, vivimos inmersos en multitud de problemas, de conflictos, de enfrentamientos; no hay más que abrir un periódico, o acudir a su web, para darse cuenta de ello. No obstante, lejos de los grandes conflictos, de los choques de trenes, en el día a día, nos encontramos con multitud de problemas que solemos sortear con mayor o menor habilidad en un slalom de alto riesgo. Con nuestros hijos por los estudios, los horarios, la disposición...; con nuestros vecinos por la basura a deshora, los ruidos, los gastos de la comunidad...; con nuestros padres por la autonomía, el temor, su cuidado...; o con la pareja —¡ay, la pareja! —, el conflicto de todos los conflictos. Pues bien, la mediación tiene cabida en todos y cada uno de ellos, y el histórico de casos nos habla de un éxito arrollador. Nuestros datos en la Fundación Atyme, pionera en la resolución pacífica de conflictos, nos informan de que, en un 84% de los casos ,se ha alcanzado el acuerdo y que el 93% de los acuerdos se mantienen a lo largo del tiempo. Centrada en un principio en los conflictos de pareja, en los acuerdos de separación o divorcio, la mediación se ha ido consolidando en otro tipo de situaciones; así, por ejemplo, en las adjudicaciones y repartos de herencias; en el cuidado de nuestros mayores e, incluso, en el cuidado de hijos dependientes. Fuera del ambiente estrictamente familiar, el terreno laboral, el ámbito sanitario o el más próximo a cualquiera de nosotros, la comunidad de vecinos, son igualmente parcelas en las que la mediación puede cumplir un papel importante. ¿Cuántas familias se han roto por culpa de una herencia o por discrepancias a la hora de cuidar de los padres? ¿Quién no ha pensado en cambiar de casa por un vecino indeseable? ¿Cuántas empresas familiares se han ido al traste por los conflictos habidos en el relevo generacional?

Son numerosas las controversias en las que la mediación puede y debe ser una herramienta útil, que nos empodere, nos haga partícipes de la resolución, despeje nuestros recelos, nos haga individuos capaces y nos aproxime a esa virtud que los clásicos ubicaron en el centro. Dar entrada a la mediación en nuestras vidas, no solo contribuirá a reducir costes y largos procesos judiciales, sino que, además, nos afianzará en una cultura democrática y tolerante, en unas buenas prácticas que heredarán nuestros hijos, en un legado de pacífica autoafirmación que nos permitirá mirar atrás sin ira.

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