Las manos que dan alma a Rozalén

Beatriz Romero y la cantante forman un tándem perfecto: una transmite con la voz y la otra hace llegar las palabras a quien no puede escucharlas. Juntas han logrado incluir a las personas sordas en la música y visibilizar la lengua de signos.

Beatriz Romero y la cantante forman un tándem perfecto: una transmite con la voz y la otra hace llegar las palabras a quien no puede escucharlas. Juntas han logrado incluir a las personas sordas en la música y visibilizar la lengua de signos.

Hacen música y forman un dúo peculiar. La primera canta, pero la segunda no toca ni la guitarra ni la batería ni el bajo. Ambas salen al escenario decididas y con paso firme. La vocalista puede ocultarse en parte tras el micrófono, sin embargo, su compañera no. Ella se enfrenta al público con sus manos, que son su instrumento. Son su forma de expresarse sin palabras, de sentir, de dar voz al silencio total. Son las que le permiten hacer llegar la música a aquellos que no pueden oír. La primera es Rozalén, la segunda es Beatriz Romero. Son una máquina bien engrasada, la química entre ellas es innegable. Son un todo, ya nadie se imagina un concierto de Rozalén sin Beatriz. Porque «Girasoles», «Comiéndote a besos» y «Vivir» no solo se escuchan: también se ven.

Y es que, casi sin quererlo, Beatriz se ha convertido en el símbolo de las reivindicaciones de las personas sordas, un colectivo que quiere alzar las manos para hacerse ver. Ellos también quieren vivir la música y gracias a personas como ella pueden hacerlo. «Intento no pensarlo mucho, es una responsabilidad muy grande. Ver a personas sordas y oyentes disfrutando juntas y a la vez de un espectáculo es muy emocionante. En algunos conciertos les veo signar conmigo en las canciones, incluso en otros países. Intento ser lo más visual posible y utilizar todos los recursos para resultar lo más comprensible», explica a LA RAZÓN. Su colaboración nació de manera casual en un curso de sensibilización sobre el terreno en Bolivia. Lo que empezó como algo excepcional acabó con Beatriz pidiendo una excedencia «del trabajo de mi vida (intérprete de lengua de signos en educación) para dedicarme por completo al trabajo de mis sueños».

Para transmitir la esencia de la música primero hay que sentirla y por eso Beatriz hace las canciones de Rozalén un poco suyas. «Yo hago un trabajo de análisis de la forma, del contenido... Tengo la suerte de poder preguntarle qué quiere decir con sus letras. Hay muchísimas formas de expresar una idea, intento hacer ''justicia poética'' a lo que quiere transmitir. Dar con la manera más visual, fiel y artística que recoja y refleje cuantos más matices de la canción y la cantante, mejor», explica. De hecho, a pesar de que no sabe lengua de signos, alguna vez Rozalén ha corregido algún gesto. «Incorpora algunos signos a modo de coreografía. A veces de forma consciente y a veces de manera natural. Es uno de nuestros sellos», subraya. Según cuenta, esa conexión entre ellas y también con el público ha animado a muchos a querer aprender lengua de signos.

Con estos pequeños pasos hacia delante, la visibilidad del colectivo ha ido aumentado en los últimos años. Dejando de lado las ideologías, Michelle Bolsonaro, la esposa del líder ultraderechista brasileño Jair Bolsonaro, es otro ejemplo de normalización: en la toma de posesión del ex militar, la Primera Dama eligió la lengua de signos para dar su discurso. En la práctica, estos son solo pequeños gestos y por eso los de a pie recuerdan que aún queda mucho camino por andar. «Tener intérpretes en el Congreso o en la Asamblea es muy bonito, muy políticamente correcto. Pero hay que poner recursos para el día a día de las personas sordas», lamenta Gloria Fernández Lijó, una de las responsables de los cursos de Lengua de Signos que imparte Idiomas Complutense en Madrid. «Cada año suelen repetirse problemas en educación; por ejemplo, personas sordas sin intérprete en las aulas durante meses o con las horas lectivas sin cubrir. Ahora mismo hay compañeros en la Comunidad de Madrid sin cobrar varias nóminas», añade Beatriz. Entonces, ¿por qué continúan dedicándose a ello? Todos coinciden en que la lengua de signos engancha. Solo hace falta compartir unos minutos de conversación con Gloria para saber que su profesión le apasiona. Habla de esta forma de comunicación como una parte fundamental, incluso imprescindible, de su vida. Tanto, que cuando pasa unos días alejada de su círculo necesita plantarse frente al espejo y comunicar. Porque de eso se trata, de acabar con las barreras de comunicación. Ella no aprendió lengua de signos de pequeña porque sus padres fuesen sordos, como ocurre en muchos casos. Ella lo hizo porque quería comunicarse con aquellos que no pueden hacerlo con la voz. Ahora se ha convertido en su vehículo de comunicación diario y le sale incluso con más facilidad que las palabras.

Su misión es formar a la cantera. Porque la hay. Se emociona y en sus ojos se intuye una chispa de orgullo cuando habla de sus alumnos. Actualmente, tiene alrededor de medio centenar y son de perfiles variados: vienen de grados como Trabajo Social, Pedagogía, Logopedia, pero también Medicina y Derecho. Insiste en que la lengua de signos puede ser una buena puerta de entrada al mundo laboral, ya que se alza como una alternativa a la hora de diferenciarse del resto. Ella misma cuenta casos de ex alumnos que han logrado un empleo gracias a los cursos que ella impartió. Sin embargo, es realista, no espera que toda la sociedad maneje a la perfección la lengua de signos, «pero si tan solo supiéramos un mínimo... Creo que debería ser una asignatura obligatoria en los colegios. Además, los niños son como esponjas y más con la lengua de signos, que es visual, gestual y espacial. Deberíamos aprender de ellos, deberíamos levantar la cabeza», recuerda Gloria.

De hecho, fue en el colegio donde Beatriz se «enamoró» de ella: «Yo era una niña introvertida y muy expresiva. Me gustaba acercarme al aula específica para los alumnos sordos e intentaba comunicarme con ellos». Tampoco duda a la hora de enumerar sus reivindicaciones. «Los intérpretes estamos mal pagados, mal considerados, no tenemos nada a lo que agarrarnos. Tanto es así que muchos intérpretes no pueden llegar a fin de mes porque no tenemos subvenciones ni ayudas de las empresas», denuncia. Esto perjudica enormemente al colectivo, ya que ve minada su «independencia, personalidad y privacidad»: «Solo quieren ser personas normales, uno más. No es normal que porque no se ponga un intérprete una persona sorda tenga que ir al médico con su hijo y que éste se entere de cosas que igual no debería saber», lamenta.

Falta de contenido cultural

Beatriz añade el reto de mejorar el acceso a los contenidos culturales: «Algo curioso es que no suelen subtitular las películas españolas porque están grabadas en nuestro idioma, así que las personas sordas no pueden acceder al cine español». Lo que son las cosas, precisamente Beatriz es uno de los mejores ejemplos para Gloria. «Solo hay que ver la cara de asombro de los chicos sordos que hay entre el público. Se nota que por fin entienden las canciones. Ella las interpreta, eso no se consigue solo leyendo la letra», afirma. Pero hay otra persona a la que Gloria menciona aún con más cariño que a Beatriz: Mamen, su compañera en Idiomas Complutense. Ella también sabe lengua de signos porque es su forma de comunicarse: Mamen es sorda. Al igual que Rozalén y Beatriz, ellas son un equipo, aprenden la una de la otra, se cuidan y complementan. Aunque no se conocen personalmente, las cuatro tienen algo en común: todas comunican con sus manos cuando, como dice Rozalén en «La puerta violeta», tienen «un nudo en la garganta que ensucia su voz al cantar». Sus manos, que son la imagen de una lucha que no se libra con la voz.