Pablo Herreros Ubalde: «La política necesita menos chimpancés autoritarios»

Presenta el libro «Yo, mono», en el que compara las actitudes de humanos y primates

Los sonamuh son una especie de primate que vive en manadas en varios continentes. Son amables y altruistas, aunque algunos desconfían de otros miembros y llegan a ser violentos. Las jóvenes hembras cuidan mucho su pelaje, mientras que los machos lo pierden a medida que envejecen. Además, se emborrachan con frutas que fermentan al caer de unas extrañas plantas. Pero, ¿quiénes son en realidad los sonamuh? Lean su nombre al revés y lo sabrán. Así comienza «Yo, mono», libro en el que el antropólogo y sociólogo Pablo Herreros (Torrelavega, 1976) compara, para lo bueno y para lo malo, los gestos y actitudes que hemos heredado de nuestros parientes primates. El resultado es sorprendente.

–¿Nos hemos sobrevalorado respecto a nuestros parientes?

–Sin duda. Nos hemos creído que éramos la ruptura entre lo salvaje y la civilización. Es un pensamiento que procede de la época victoriana. Pensadores y religiones han enfatizado esa diferencia. Por supuesto que los seres humanos somos unos primates excepcionales. Pero al experimentar con otros, vemos que también luchan por el poder, tienen conflictos, piden perdón, son ingeniosos e inventan; también se emocionan y sienten, sufren duelo cuando muere un ser querido...

–Cuando vamos al zoo y miramos a un orangután a los ojos, siempre decimos: «Es como mirar a un ser humano». ¿Qué vemos en realidad?

–Es como mirarnos al espejo. Conectamos con una mente activa como la nuestra y nos produce un «shock». Te identificas con esa mirada y esos gestos.

–Pero pocas cosas nos fastidian más que el que nos llamen «mono».

–Quizá por su cercanía. La misma razón para provocar fascinación, en otros puede causar hilaridad. Aquellos que se molestan quizá desconocen todo de lo que son capaces los monos. En este libro lo intento desvelar: cómo ayudan a sus amigos, auxilian a otros cuando están en peligro, cuidan a los mi-nusválidos, el líder comparte comida con ancianos, hembras y crías... Si conocieran esta parte, les generaría menos rechazo.

–¿Basta con que choquen dos coches en una rotonda para que aflore el mono que llevamos dentro?

–Efectivamente. Muchas de las acciones violentas que ejercemos son para intimidar, disuadir al contrario. Es un ritual, un teatro: dar un golpe, un portazo... Son estrategias para decirle al contrario: «Mira hasta dónde estoy dispuesto a llegar, no me toques las narices». Pero lo último que buscan es la confrontación directa. Es algo paradójico.

–Afirma que los monos son grandes políticos. Por un lado están los bonobos, el mono del «haz el amor y no la guerra», y por otro los chimpancés, mucho más belicosos. ¿Hacen falta más bonobos en política?

–Efectivamente. Los bonobos basan su poder en las alianzas, en el cuidado de las relaciones. Y aunque no siempre, los chimpancés hacen todo lo contrario: consiguen el poder mediante la intimidación. Aquellos líderes que no establecen alianzas cuentan con un poder muy limitado y el grupo los depone en poco tiempo. Los bonobos tratan a los extraños como si fueran amigos, mientras que los chimpancés los atacan y pueden ser xenófobos como los humanos. De hecho, los bonobos prefieren compartir con extraños que con sus amigos, lo que supone una estrategia para evitar conflictos. En política necesitamos muchos más bonobos y menos chimpancés autoritarios.

–La corrupción, ¿también es cosa de primates?

–Sí. El engaño, las falsas alarmas para quedarse con la comida... Es algo omnipresente en la naturaleza. Desde las mariposas, que engañan a sus depredadores haciéndoles creer que son más grandes de lo que en realidad son, hasta los chimpancés, que se tapan las heridas para no mostrar la debilidad a otros líderes que puedan usurpar su lugar. Tal y como hacen muchos dictadores. Un chimpancé alfa con los colmillos deteriorados bosteza poco para que no se vea su mal estado.

–Y como ellos, nos rebelamos.

–El líder déspota genera más problemas que los que resuelve. El grupo deja que un líder emerja porque les viene bien para coordinar los movimientos del grupo, organizar la defensa del territorio... Si causa problemas, el grupo se alía en su contra y lo expulsan. Especialmente las hembras. Y ésta es una lección muy importante para la violencia de género. La violencia de los machos se ve frenada por la coalición de hembras, que se alían entre sí, y pueden llegar a expulsarlo. La razón es que ellas y sus crías son las que están en posición más vulnerable. Por eso, siempre digo que hay que fomentar las alianzas entre mujeres.

–Nuestra afición por los «programas rosas», ¿está presente en los monos?

–Si hay un agujero o una cerradura por la que mirar, siempre tienen el ojo puesto para enterarse de lo que hace el vecino. Esta necesidad de información es fundamental. ¿Cómo elegimos peluquería o taller mecánico? Por el prestigio, la reputación, los rumores... El cotilleo nos da información de la gente que nos rodea. Tomamos muchas decisiones en función de esos rumores. Esto lo hemos extendido a otros contextos que no cumple esa función, como «Sálvame». Pero el cotilleo del día a día nos aporta información valiosa.

–¿Podemos aprender a ligar viéndolos?

–Más que aprender, nos damos cuenta de que muchas estrategias que aplicamos en la discoteca ya están presentes en ellos. Está todo inventado: desde ponerle un piso a tu amante, como hacen algunos pájaros, hasta hacer regalos. Cambiar sexo por comida, impresionar mediante acrobacias o pegar a otro para demostrar lo fuerte que es uno... Todas estas estrategias de «ligoteo» provienen de la jungla.

Por último, pero no menos importante; en «El planeta de los simios», ¿con quién iba? ¿Con Charlton Heston o con los monos?

–(Ríe) Es que eran muy puñeteros. Eran unos monos con una crueldad muy humana. Me lo pone difícil... Ahí el débil era Charlton Heston. Como primate que soy, tengo una debilidad por los que están en una posición más vulnerable. Eso lo hacen mucho los primates: apoyar al más débil para que el conflicto se acabe.