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¿Miraba el hombre primitivo a las estrellas?

¿Desde cuándo existe en nosotros esa necesidad de idealizar figuras identificables en el cielo estrellado? La investigadora francesa Chantal Jègues-Wolkiewiez cree tener alguna respuesta. Según ella, en las paredes de una de las cuevas con pinturas rupestres más bellas del mundo, la cueva de Lascaux, pueden albergarse los restos del primer «planetario» de la historia de la Humanidad. Si sus tesis son ciertas, los hombres y mujeres que habitaron estos lares hace más de 17.000 años observaban el cielo, reconocían la colocación y movimiento de las estrellas y les atribuían formas mundanas. Esas formas luego eran trasladadas a las pinturas de las paredes, como parte de los conjuntos de figuras animales y vegetales.

El proceso creativo podría haber sido muy simple. Tendido boca arriba una noche de verano, un joven cromañón podría haber reconocido entre las estrellas la silueta de un bisonte como el que soñaba con cazar algún día. Seguro que pudo indicárselo a su compañero de hazañas o a otro congénere más hábil en la mezcla de tierras y carbones, capaz de pintar sobre una pared del refugio algo parecido a lo que le habían relatado.

Cuando la cueva de Lascaux, en la región francesa de Perigord, fue descubierta a principios de los años 40 del pasado siglo, los expertos en arte rupestre la consideraron la Capilla Sixtina de la prehistoria. Hoy es, junto con Altamira, el ejemplo de arte de nuestros antepasados más rico y bellamente conservado. Se han dado muchas explicaciones sobre el origen de las figuras aparecidas en las paredes. La mayoría sugiere la práctica de experiencias chamánicas rituales o de celebraciones de ceremonias que pretendían hacer acopio de moral, estímulo y buena suerte para futuras cacerías. Si se trataba de chamanes, los autores deberían tener la intención de capturar, siquiera fugazmente, el espíritu salvaje de las presas que se proponían cobrar. Pero si, como asegura Jègues-Wolkiewiez, las manos que decoraron aquel muro pertenecieron a un agudo observador de las estrellas, la intención de las pinturas debería de ser muy diferente. De hecho, algunas de las figuras animales allí representadas coinciden con constelaciones reales. Hasta hoy, los primeros vestigios de actividad astronómica conocidos corresponden a la Babilonia de hace 5.000 años. Adelantar 12 milenios la capacidad humana de realizar mapas celestes es mucho adelantar. Por eso, las teorías de Jègues-Wolkiewiez no terminan de ser aceptadas por la mayoría de sus colegas.

¿Hay algún ser vivo hijo de la luna?

Una vez al año, en primavera, siempre después de un episodio de Luna llena, millones de corales parecen ponerse de acuerdo para expulsar una nube de esperma y óvulos en una ceremonia sinfónica sin precedentes. El coral, una especie animal única, carente de cerebro y de ojos, parece saber cómo coordinar sus ciclos reproductivos con las fases lunares y debe de ser capaz de sincronizar ese conocimiento con el resto de sus congéneres. Durante lustros, las razones íntimas de esta coreografía sexual fueron un misterio hasta que en 2007 un equipo de científicos pareció haber descubierto un mecanismo de actuación: la genética. El culpable es un gen, conocido como Cry2 que se reveló capaz de acelerar su actividad según la cantidad de luz lunar que recibe. Así lo han demostrado las investigaciones de científicos australianos e israelíes sobre la Gran Barrera Coralina de Australia, en concreto sobre la especie Acropora. El gen parece responsable de una increíble habilidad de los corales: detectar diferentes tonalidades de luz azul y generar, en virtud de esas luminosidades, una catarata de reacciones bioquímicas únicas en la naturaleza.

¿Existe el «efecto placebo»?

Una de las pruebas más espectaculares del poder de la sugestión la obtuvo el biólogo Richard Arder en su laboratorio de la Universidad de Rochester (Nueva York). Durante semanas estuvo alimentando a un grupo de cobayas con agua y azúcar hasta que comenzó a introducir en el preparado una sustancia que provocaba náuseas, bajaba las defensas de los animales y conducía definitivamente a la muerte. Pronto comenzaron a experimentarse las primeras bajas. Lo más sorprendente es que cuando dejó de introducir el veneno y volvió a la dieta inocua, los ratones siguieron falleciendo. En su mente ya se había instalado para siempre la idea de que el agua con azúcar era un vector de muerte y los propios animales, sugestionados fatalmente, repetían los síntomas del horror que habían visto en sus compañeros de jaula. Entre seres humanos ocurren cosas similares. Varios experimentos con personas alérgicas a una hiedra en Japón lo demuestran. Al frotarles el brazo con una hoja de esa especie y comunicarles que se trata de una rama de una planta inofensiva, las erupciones cutáneas dejaban de desaparecer. Si se realiza el experimento contrario (se frota con una hoja inofensiva y se advierte que es venenosa) las reacciones alérgicas afloran.