«Por 13 razones»: ¿Llegó la hora de hablar del suicidio adolescente?

Esta serie de Netflix, que triunfa entre jóvenes, preocupa a los expertos porque trata este problema como «una venganza», sin abordar los asuntos de fondo como la depresión. «Se debe explicar, pero no de cualquier forma», insisten. Recomiendan que los menores la vean acompañados de sus padres

LA HISTORIA DE HANNAH. El personaje principal de «Por 13 razones» explica qué personas considera que  están relacionadas con su muerte
LA HISTORIA DE HANNAH. El personaje principal de «Por 13 razones» explica qué personas considera que están relacionadas con su muerte

Esta serie de Netflix, que triunfa entre jóvenes, preocupa a los expertos porque trata este problema como «una venganza», sin abordar los asuntos de fondo como la depresión

«Hola, soy Hannah Baker. Estoy a punto de contarte la historia de mi vida». Con esta frase arranca la serie «Por 13 razones» de Netflix y que está causando furor entre los adolescentes. Sin embargo, el éxito de esta ficción también plantea dudas porque trata un tema real, el suicidio, pero que, según los expertos, no se trata con las precauciones con las que se deben abordar este tipo de problemas. «Hablar del suicidio entre jóvenes es positivo. Es una realidad social, una de las primeras causas de muerte, si no la primera, entre menores de 20 años. Y hay que dejar claro que el suicidio no induce al suicidio», afirma a LA RAZÓN Azucena Díez, psiquiatría infantil de la Clínica Universidad de Navarra (CUN) y presidenta de la Sociedad de Psiquiatría Infantil, integrada en la AEP (Asociación Española de Pediatría). Pero añade un matiz: «Hay que hablar bien de este problema, incluyendo testimonios de supervivientes que están contentos de estar vivos y explicando que el suicidio responde a una enfermedad mental, ya que no tienen claridad en el pensamiento. En muchas ocasiones, la acción es una consecuencia de una depresión grave que se puede tratar. Hablar de suicidio es una forma de prevenirlo, si se hace con los mecanismos necesarios».

En el caso de la serie norteamericana, la protagonista deja unas cintas de casete póstumas, en concreto 13, en las que narra qué le han llevado a quitarse la vida y que está muy ligado con el acoso escolar. «Es una aproximación muy dura al problema, de una decisión irreversible, pero se plantea como una venganza. Yo muero y tú lo sufres. Es un discurso muy peligroso y un muy mal refuerzo para los menores que pueden padecer ‘‘bullying’’», sostiene el psicólogo Javier Pérez Aznar, orientador escolar y presidente de la Asociación No Al Acoso (NACE). El experto insiste en la necesidad de que «los menores no vean esta serie solos. Si lo hacen acompañados de sus padres puede ser una lección de vida, pero para adolescentes vulnerables no deja indiferente».

De acuerdo con Díez, uno de los problemas que detectan en la producción de Netflix y en la que insisten expertos y familiares de víctimas es que no se debe explicar los métodos que se utilizan. «Puede llevar a un copia. Es mucho más importante que se hablen de los recursos a los que pueden acudir y no sólo me refiero a los psiquiatras, sino también a asociaciones, teléfonos de la esperanza, enfermeros, orientadores escolares... todos ellos pueden salvar alguna vida». El ciberacoso está presente en el día a día de Hannah, la protagonista, desde el primer episodio, un problema que preocupa mucho a los expertos. «He visto casos parecidos a los que aparecen en la serie. Chicas que se han hecho fotos íntimas y que luego se han difundido entre los compañeros de clase y han acabado teniendo una depresión», explica la experta de la CUN. Es importante recalcar que «se empezó a hablar de acoso escolar hace 15 años, a raíz de un caso de suicidio, el de Jokin, de 14 años. La tapadera de las redes sociales lo ha complicado todo, por eso siempre insisto en la necesidad de que los padres deben saber las contraseñas de los móviles de sus hijos. ¿Alguno de ellos dejaría a su hijo de 12 años solo por la calle? Es lo que permiten cuando les dejan usar las redes sociales sin control», añade.

Los casos de acoso que llegan a las consultas «han aumentado mucho en los últimos años y somos conscientes de que no nos llegan todos los que hay en los colegios. Nos llegan niños desde cuatro años hasta 18, pero la mayoría de los menores que sufren acoso oscilan entre los 10 y los 15», describe Carolina Miguélez, psiquiatra infantil de la Fundación Jiménez Díaz. «En los últimos dos años se ha notado el incremento. Muchos llegan por iniciativa del colegio, otros solicitan venir por determinación propia, pero lo más normal es que sean los padres los que detecten el problema», añade Miguélez.

En lo que se refiere a la prevalencia del suicidio entre adolescentes, «sí que estamos percibiendo una tendencia a aumentar, de acuerdo con los últimos datos (del Observatorio de Suicidio 2015)», afirma Díez. Y es que en 2014, ocho menores de 15 años perdieron la vida por este motivo y casi 300 con edades comprendidas entre los 15 y los 29. Entre los adolescentes, «más del 50% de los casos cuentan con un factor precipitante común: el acoso escolar, al que hay que añadir la vulnerabilidad de la persona que toma esta decisión», prosigue la experta.

Detrás de la mayoría de estos casos existe un problema de depresión porque «lo que más marca para sufrir este trastorno mental es la vulnerabilidad genética. Para una persona cuyos padres padecen depresión, las posibilidades de tenerla se multiplican por cinco», sostiene la psiquiatra de la CUN.

Si los padres perciben cambios en el humor o en el estado de ánimo del niño, insomnio o, directamente, algún gesto de autolesión «son indicativos de que el menor puede tener un problema de acoso e ideas suicidas», añade Miguélez.

Facebook ayuda a superar el duelo

Un estudio publicado en «Nature Human Behavior» y realizado por investigadores de la Universidad de California en San Diego sugiere que las redes sociales ayudan a superar la muerte de un ser querido reforzando aún más los lazos entre los allegados. Estudiaron durante cuatro años unas 15.000 redes de Facebook de personas que habían perdido a alguien, tanto antes como después del deceso. Así, comprobaron que las interacciones entre los miembros de la red aumentaron de forma exponencial tras la muerte, aminoraron los meses siguientes y, finalmente, se establecieron en unos niveles similares a los de antes de la pérdida. Este «efecto de recuperación» fue más pronunciado en jóvenes de entre 18 y 24 años.